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LA MASACRE DE LA ESPERANZA

Aaron Parodi Quiroga

Desde afuera se escuchaba una voz imperativa que gritaba: ¡Abran la puerta! ¡Abran la puerta o matamos a sus maridos! Las veinte mujeres que se pudieron refugiar en ese oscuro y minúsculo cuarto escuchaban impotentes cómo se incrustaba cada machetazo en la humanidad de sus esposos; los identificaron por los desesperantes lamentos de dolor que penetraban en sus oídos hasta llegar al cerebro donde involuntariamente los imaginaban ensangrentados o mutilados por la irracionalidad de aquellos que tenían el poder de subyugarlos. Sara María escuchó a Andrés en medio de aquel concierto arrítmico de lamentaciones, sangre y muerte. Ella tenía la plena seguridad que el ultrajado una y mil veces era su venerado esposo, porque contrario a lo que sucedía con los demás, él nunca pidió clemencia y sus quejidos, cada vez que acertaba el oxidado acero en su piel, no se semejaban a los de ningún otro.

Dentro del cuarto la situación no podía ser peor, la mayoría prefería taparse los oídos tratando de eludir cada gemido emitido. Sus encharcados ojos eran la prueba incuestionable del reconcomio que produce la incapacidad de auxilio y su inevitable final. Un silencio elocuente se posó en aquel lugar; era evidente que ninguno estaba vivo, a pesar de seguir escuchando improperios de sus victimarios y ese ruido peculiar, semejante al que se lleva a cabo cuando el carnicero despresa con su hacha un pedazo de hueso de res. Sintieron que los militares se alejaban porque el golpe que producían sus botas sobre la rechinante madera vieja era cada vez menos perceptible; pero estaban equivocadas.

—Se han ido —susurró una joven.

Secando sus lágrimas se acercó sigilosamente a la puerta para certificar por un pequeño orificio que fuese así. Apenas posaba su ojo en el objetivo cuando un acertado golpe la lanzó al fondo del cuarto envuelta en un mar de nervios y mucha sangre que emanaba de su cara. Los gritos de pavor regresaron, los militares seguían obstinados en las afueras de la habitación tratando de abrir la puerta con una viga que sostenían entre varios soldados, impulsándola para destrozarla y acabar su trabajo. Se podía percibir la sevicia a través del sudor que desprendían, en pocos segundos los trémulos cuerpos de esas mujeres quedaron esparcidos por toda la habitación, quemados y mutilados.

La única niña que pudo estar en ese infernal lugar era la hija de Sara, tenía trece años y se llamaba Micaela. Es inadmisible que una pequeña padeciese del horror a tan corta edad, pensó Sara, así que en un gesto de resignación la abrazó fuertemente, alzó la vista al techo de la habitación como buscando alguna explicación de lo absurdo y solo pudo ver una pequeña ventana donde el sol luchaba por penetrar a través de ella en medio del moho que la cubría. Inmediatamente se dio cuenta que esa era la respuesta a sus plegarias, esa era la salida. Ya casi adentro los militares, Sara se levantó rauda y alzando a su hija deseó que alcanzara la salida en el techo, dándole la oportunidad de poder escapar y vivir. El tiempo era implacable, los soldados lograron derrumbar la puerta cuando la niña tocó el marco para asirse y luchar por su vida, solo era cuestión de segundos.

La Esperanza es uno de esos municipios olvidados del tiempo, no se sabe en qué momento de la historia apareció ni quién fue su fundador; lo que sí está claro es que sus gentes eran extremadamente pacíficas y todo tipo de conflicto era solucionado en comunidad. No existían proyectos individuales sino colectivos; sus exiguos ingresos provenientes del trabajo del campo eran suficientes para ser infinitamente felices. El desarrollo visto desde burócratas centralistas no cabía en este territorio. Los fines de semana se llevaban a cabo las reuniones entre los jefes de cada hogar para determinar las tareas de los siguientes días, también tratar asuntos relacionados con el agro, conflictos entre parejas y demás.

No existían líderes porque a cada uno de los habitantes se les consideraba igualmente importantes. Nunca fue necesaria la presencia de la fuerza pública en el municipio de La Esperanza porque no existía nada que cuidar ni ladrones que capturar. A la Registraduría Civil cada cuatro años le tocaba retirarse con los votos sellados ya que ninguno salía a ejercer el sufragio, ellos razonaban que este mecanismo solo servía para envilecer las almas y traer disputas entre sus conciudadanos. Siempre rechazaron la presencia de politiqueros y, cuando se designaba a un Alcalde desde la capital era colocado en un campero de regreso a la ciudad. Se respetaba todo uso de creencias, se veneraba fervientemente a la madre tierra, pues ella les proporcionaba lo suficiente para su subsistencia. Libertad era el nombre que le colocaron a su caudaloso río por la forma imperante de atravesar las tierras del municipio, garantizando prósperos cultivos.

Jacinto Bonivento regresaba de la capital con la novedad que el gobierno había tomado la determinación de instaurar bases militares y una estación de policía en cada uno de los municipios del país. Por supuesto eso alertó inmediatamente a todos los ciudadanos de La Esperanza, los cuales fueron citados a una Asamblea General para precisar las medidas que se debían tomar al respecto. Durante muchas horas de discusión se enlistaron las consecuencias de tener una base militar, la conclusión fue unánime: no permitirían que esa alocada disposición del gobierno central llegara hasta sus hogares. Tenían la absoluta certeza que les traería serios problemas, sin embargo, gracias al espíritu recio, soportarían cualquier situación con tal de no franquear la paz construida por años de luchas y sacrificios, mucho menos permitir la vulneración de su autonomía.

Conscientes de la desigualdad para confrontar a militares y policías con los meros azadones que poseía la mayoría, se optó por estrategias que impidiesen su presencia; se nombró un comité que sería el encargado de organizar una marcha de protesta, la cual recorrería las principales calles con carteles que representarían la inconformidad generalizada. Sara sería la encargada de convocar a las mujeres para el evento y su esposo a los campesinos de la zona.

Un día antes de la llegada de los militares, todos los del pueblo se pusieron de acuerdo para que nadie colocara en arriendo lugares destinados al alojamiento de ellos, tampoco se les brindaría comida, menos cruzar palabra alguna con los invasores; en las noches apagarían la planta de energía y todos al unísono tocarían sus tambores.

Con un séquito pomposo, se presentaron temprano el Gobernador, un delegado de la Presidencia y más de cien policías y militares. Se colocaron al inicio de la calle principal del poblado y comenzaron a caminar lento queriendo saludar a sus habitantes, pero nadie salió de sus casas, por un momento fue un pueblo fantasma, solo se escuchaba el golpe causado por las botas al pisar el suelo bruscamente. Al finalizar la marcha se encontraron con un grupo de mujeres que llevaban carteles que rechazaban su presencia, lo peculiar del momento es que no se escuchó un solo grito, nadie dijo nada. El Gobernador con un ademán de menosprecio dijo a sus seguidores: 

—Hemos llegado a La Esperanza a poner orden, somos la autoridad y acá nos quedaremos porque es una orden de nuestro presidente. 

Las mujeres se retiraron sin emitir palabra alguna. El Gobernador y sus subalternos desconcertados por la situación mandaron a un soldado a buscar comida y alojamiento para la tropa, pero no consiguió nada. Decidieron entonces armar carpas en las afueras del pueblo donde permanecieron por un buen tiempo.

Todos los días, después de la intromisión de los extraños, la gente salía a protestar con el objetivo de sacarlos del lugar, pero la respuesta de la fuerza militar fue de violencia y represión contra los habitantes de La Esperanza. Instalaron un retén permanente para solicitar la identificación de todo aquel que entrara o saliera del pueblo; hacían todo tipo de burlas contra los moradores, ya fuera por su forma de vestir o simplemente por no decir una sola palabra. Las agresiones se incrementaron, hasta violaciones a las niñas y desapariciones de algunos líderes de la región. 

Cansados de los abusos a que eran diariamente sometidos, se reunieron algunos a escondidas para planificar la venganza por los excesos cometidos por la fuerza pública. Una de las medidas fue la de verter un potente purgante en el agua de la fuente donde los militares sacaban el líquido para preparar sus alimentos. Durante una semana entera se pudo ver a los soldados corriendo en busca de un baño o un lugar donde descargar su malestar. Todos reían al ver tan dantesco espectáculo.

Una silenciosa noche entraron a la casa de Sara y se llevaron a su esposo hasta la plaza principal, lo golpearon, lo escupieron y se orinaron en él todos los soldados; nadie salió a ver. Uno de los comandantes del batallón gritaba en medio de aquella oscuridad:

—¡La próxima vez que alguno de ustedes atente contra mis hombres, les cortaremos las cabezas y quemaremos sus ranchos!

Cuando se retiraron, Sara y su hija Micaela fueron a socorrer a Andrés que parecía muerto de la paliza que le dieron.

Durante días no se supo nada, el miedo comenzaba a hacer su trabajo en las mentes de los habitantes; eran muy esporádicas las reuniones y nadie se comprometía con las tareas de resistencia. El plan militarista ya estaba cosechando sus frutos, comenzaron a quemar ranchos y a desalojar a la gente de sus tierras. Eran acusados de delincuentes sin un juicio y se les condenaba a abandonar el pueblo en menos de veinticuatro horas. Aparecieron unos listados con los nombres de las personas que estaban siendo investigadas por su relación con grupos guerrilleros y cada día era asesinado alguien acusado de subversivo.

A pesar del panorama tenebroso que se posaba sobre La Esperanza, algunos lograron encontrar un sitio alejado de la base militar para planificar lo que sería la última acción de reivindicación. Lo primero sería interceptar los camiones de alimentos que llegaban para abastecer a la tropa. Para ello, derrumbarían el puente sobre el río Libertad, lo que ocasionaría un aislamiento total. Seguidamente, otro grupo de habitantes se manifestaría en silencio por la calle principal lo que ocasionaría que los policías y soldados salieran de sus campamentos a repeler la marcha. Otro grupo, entraría a las cabañas y quemaría todas sus pertenencias y municiones. Finalmente, la marcha terminaría en la plaza, donde los demás pueblerinos cerrarían todas las entradas al lugar y les prenderían fuego a los militares.

Todo estaba listo y preparado, se corrió la voz y cada uno sabía qué misión cumplir. La estrategia comenzaría a las doce de la noche, justo cuando pasaban los camiones por el puente. Pero antes de que el reloj marcara las once de la noche se comenzaron a escuchar gritos y mucha bulla en medio de aquella oscuridad. Los militares habían sido avisados de lo que iba a suceder y decidieron adelantarse, sacando violentamente a todos los hombres del pueblo a la plaza, los hicieron desnudar, amarraron sus manos y los hincaron en forma de círculo. Las mujeres armándose de valor, salieron corriendo a refugiarse a un viejo cuarto ubicado detrás de la plaza; desde ahí pudieron escuchar los miles de improperios a los que eran sometidos sus hombres. Un militar en evidente estado de embriaguez sacó un machete y comenzó a cortarles la cabeza uno a uno gritándoles que eran guerrilleros. La sangre bañaba la plaza, los gritos eran desesperantes. El comandante del pelotón encargado de las ejecuciones notó que la muerte era muy rápida de esta forma, así que decidió mejor imprimir más sufrimiento en los aldeanos antes de terminar con su vida. Por ello dio la orden de cortarles los brazos primero, luego las piernas y finalmente la cabeza.

El traidor contó al comandante sobre la huida de las mujeres al rancho de don Jacinto Bonivento, por lo que dio la orden a un grupo de soldados que las fueran a buscar y las mataran también. Los militares llegaron y comenzaron a tirar la puerta y aunque desde adentro opusieron resistencia, fue inútil. Los soldados echaron gasolina y prendieron por fuera el cuartucho, el humo se hizo constante y terminó asfixiando a la mayoría, las restantes fueron cercenadas a machete.

Ya casi a punto de sucumbir, Sara alza la vista y ve una pequeña ventana en el techo y piensa que es la salvación para su hija. Con las últimas fuerzas que le quedaban la alzó y logró que saliera de la habitación. Micaela estira la mano para ayudar a su mamá a salir, pero fue inútil, un soldado disparó en el pecho a su querida madre. Todos los habitantes de La Esperanza murieron, hasta el traidor; menos Micaela, quien cuenta la masacre.

Todo quedó convertido en cenizas. Los militares se retiraron de aquella región, convencidos de no haber dejado testigo alguno. Tiempo después, la empresa British Petroleum Company llegó hasta el lugar, comenzó las excavaciones y a llevarse el crudo en lo que antes se llamaba La Esperanza. 

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5 comentarios en «La masacre de La Esperanza»

  1. Mi estimado Aarón, que historia bien contada y bien narrada, no se te escapó un detalle, aprecio la forma de disipar en el lector la duda de saber qué pasó con el traidor y responder la pregunta ¿quién contó?. !Felicitaciones!

  2. María Elena Cano Hernández

    Desgarradora historia contada con maestría, nos introduce en el horror que desgraciadamente es una realidad, la ambición de los poderosos y la crueldad de los que los sirven.
    Felicidades

  3. Aaron, me has estremecido de dolor, de aflicción, de indignación y de admiración a la vez. Encanto por el denuedo y valentía del pueblo entero, capaz de otorgar su vida antes de renunciar a su dones más preciados: la libertad, la paz, la unanimidad (rota su humanidad por el desconocido traidor) y por supuesto LA ESPERANZA.

    La presentación de la historia in media res, soltando al lector- observador justo en el momento álgido de la masacre para ir rebobinando en la misma y terminar de nuevo en el mismo punto con una potencia ya elevada a cien. Uno se siente indignado ante tamaña crueldad cuyas razones no se entienden al principio y que provocan la búsqueda de alguna justificación razonable (ya que es el ejército y no una banda de ladrones los que llevan a cabo la matanza, casi se les priva de culpabilidad antes de conocer los detalles de tal escena), pero al entender la sinrazón y crueldad infinita de un estado totalmente totalitario y dictatorial la ira que se desboca en el interior de lector es abrumadora.

    Me ha encantado la manera sencilla en que has presentado la convivencia y hermandad entre los conciudadanos de La Esperanza, sin necesidad de que alguno sea más que el otro, todo se decide democráticamente. Una democracia utópica porque la maldad en el ser humano siempre acaba saltando cuando enferma de miedos. Es curioso que justo cuando el miedo empieza a adueñarse de ellos es cuando aparece el traidor quien priva en primer lugar a sí mismo de la libertad que él o ella entiende en preservar físicamente la vida, sacrificando la vida física del pueblo entero, pero que sin embargo, a pesar de la sangría preserva la Esperanza a buen recaudo, porque no consiguen doblegar su espíritu.

    Dejas al lector con un sabor agrio en la boca, porque se ansían los ríos de sangre del enemigo, pero a la vez con un sabor agridulce, porque desde luego “LA ESPERANZA” no se preserva derramando sangre sino empujándola a veces por los recovecos más diminutos e insospechados en búsqueda de una salida al exterior de manera desesperada y anhelada, como la pequeña Micaela. Sí, los adultos siempre tenemos puesta nuestra esperanza en las Micaelas innumerables del mundo en cuerpecitos diminutos, pero su destino estará solo en sus manos. La crueldad adulta marca a cada uno de manera diferente, algunos perpetran el círculo vicioso, mientras otros deciden romperlo.

    Te agradezco de corazón que no revelaras el nombre del traidor. He pensado muchas veces que en la historia humana se ha dado y se sigue dando más popularidad y bombo a las manzanas podridas que a los héroes sin nombre. Muchos jóvenes desconocen los nombres de grandes hombres pero se conocen al dedillo nombres que no merecen ni una sola línea, ni una sola mención en la historia humana por la infinidad de nombres que borraron para siempre del mapa de la vida y de los recuerdos de sus descendientes. Es una pena que el ser humano sea así de retorcido. ¡Así que GRACIAS por quitarle de una vez el protagonismo!

    Por cierto, me encanta el nombre para la niña portadora y última habitante de La Esperanza: Micaela. Micaela lo mismo que Miguel significa el/la que se asemeja a Dios, y el modo de vida del que ella haya sido testigo es lo más parecido a la justicia y bondad divina que se pueda ver en un estado común más allá de la vida personal y decisiones propias de cada ser humano.

    El último párrafo deja traslucir las razones, las verdaderas razones para la masacre. Como dijo Sebastiao Salgado “el hombre una vez toca el oro ya nunca vuelve”. Y el oro hoy en día se encuentra en mil formas y colores, el “líquido” es desde luego uno de los más codiciados. Pero Micaela sigue allí y la justicia divina es mil veces más aterradora que cualquier justicia humana, la Esperanza siempre encontrará su camino para perpetrarse.

    Hay mucho más que se podría decir pero lo dejo aquí, que si no me extenderé demasiado.

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