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HABITACIÓN BLANCA

José Omar Parodi

Después que le pintaron la habitación, pidió que lo dejaran otra vez solo. Pasados unos minutos se sintieron unos ruidos extraños que iban incrementándose. Entraron repentinamente en la habitación del viejo y lo encontraron lleno de chichones y mordiscos. Se había percatado que lo único que se podía mover ahora, era él.

Las cosas empezaron a verse de otro modo desde que su compañera murió, y no de cualquier modo. Algo extraño parecía apresar los rescoldos de conciencia que su senilidad le había permitido conservar. Aquella primera mañana el hijo más joven, encontró de forma inusual la silla del tocador de su padre octogenario fuera de su habitación. Hasta ese día él no permitía que sus enseres los sacaran de la alcoba ni siquiera para hacer un aseo detallado. Realmente las cosas no debían andar bien.

—Papá, ¿por qué sacaste la silla de la habitación?

—Hay cosas de las cuales tenemos que prescindir en algún momento de nuestras vidas, hoy le tocó a esa silla.

Su mirada no era la misma, el horizonte parecía alejársele por un instante, el hábito conversador se reducía a órdenes y demandas puntuales para su desplazamiento.

—Hijo, necesito que no me molesten en estos días debo estar más tiempo solo en mi habitación. Yo te llamaré cuando requiera algo de ti.

Siempre había aceptado que ciertas cosas se movieran, de hecho comprendía que el movimiento permitía denominar como inanimados a los objetos que no lo poseyeran. Pero la inquietud de los objetos había invadido, después de la silla, a un porta-sombreros. Hasta las cosas más absurdas tienen explicación, pero como en este caso, diríamos que con sus formas torneadas el movimiento sería su virtud más profunda. Sin ahondar en razones y ante la mirada impávida del viejo, ese objeto dando pasos se llevó su sombrero de ala ancha. Pero no solo aceptaba que eso ocurriera, lo promovía, lo quería con todas las fuerzas, por el odio que le encarnaban las cosas en movimiento, así jamás y nunca se hubiesen movido, el porta-sombreros lo hacía ahora por el temor de perder la propia existencia en medio de algún fuego improvisado.

Prosiguieron las circunstancias como visiones o escozores, daba igual, las unas siempre venían acompañada de los otros. Le correspondió al aguamanil; tenía varios años de no olfatear una gota de agua, pero la mera impresión de haberla contenido en algún momento de su vida útil, de creerse un río en constante transformación, le hacía sentir al viejo las motivaciones metafísicas para alejarlo de sí y expulsarlo del recinto sagrado en que se había convertido su habitación, así pues, ese artefacto salió de allí, con la esperanza de que su vida ahora dejaba de ser estática y pudiese continuar.

Pero no solo esas cosas eran su habitación, la pequeña biblioteca que resguardaba los fragmentos de Heráclito, novelas policíacas, textos de economía y libros que estimulaban en su contenido el movimiento. Con solo pensar en eso, la siguiente mañana le mereció a la biblioteca el exilio. Buscó desesperadamente los fragmentos del filósofo antiguo hasta llegar casi al desquicio, pero no los halló. Al anochecer, como algo imposible, incluso para Andersen, la biblioteca salió de la habitación, pensando en que con otro día más al lado de ese viejo demente terminaría en la pira, a pesar de saber que muchos de sus libros merecían ese final, consideró por el mero propósito de huir, que debía salir del cuarto.

Así siguió pasando con todos los artefactos, aperos y demás enseres que alguna vez fueron útiles al viejo, ahora se tornaban sus enemigos por el simple hecho de inspirarle el movimiento. Solo conservaba en su habitación la cama matrimonial con su colchón de origen francés. Era de detalles burdos pero labrada en su totalidad a mano. Él lo sabía, la había escogido así porque las camas torneadas le parecían femeninas. El lecho nupcial no se había percatado de todo el alboroto que las demás cosas habían provocado al huir, solo lo hizo cuando el viejo con sus últimas fuerzas empezó a darle patadas. Al amanecer, aprovechando el desvelo frecuente y su quinta entrada al baño desde la noche anterior, salió de allí despavorida como quería verla él, sabiendo que su origen había sido en algún bosque de la cuenca del río Limón.

Solo quedó un colchón blanco en medio de la alcoba. Las paredes seguían siendo beige, como lo dispuso la señora, pero en el desenfreno de su desquicia y en la lucha que encarnaba su conciencia con ese lado oscuro que ningún hombre, por muy imbécil que parezca, pretendiera visitar, había logrado conservar el colchón por no aceptar nunca la tradición aborigen de dormir en el suelo. Mandó traer pintura blanca, todo debía combinar con el colchón, el único color que imitaba la quietud era ese, lo hacía pensar en las nubes eternas, en el más allá.

El hijo menor se encuentra aquí para visitar a su padre, está así desde que murió su esposa. Al día siguiente del funeral lo metieron en este sanatorio y desde ese día no ha salido de la habitación blanca y abullonada para que no pueda hacerse daño. Le han quitado la camisa de fuerza y esperan que no vuelva a lastimarse. Con esta visita la preocupación que hace mella en los intersticios de la mente de su hijo es que empiece a recordar aquella habitación.

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