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La otra María

Aaron Parodi Quiroga

María Gertrudis Epiayú tenía setenta años aproximadamente, pertenecía al clan Epiayú. A pesar de los avances y desarrollo que se vivía entonces en todo el mundo, era una comunidad unida, respetuosa de la naturaleza y muy feliz. Ella representaba la dignidad del indio; su férrea voluntad y amor por esa tierra le hicieron merecedora del respeto del resto del clan. Cuentan algunos de la tribu que, incluso el propio Cacique, le consultaba en reiteradas ocasiones sus determinaciones.

María Gertrudis se hizo célebre a los treinta años cuando resistió valientemente la arremetida efectuada por Julio Pérez, un terrateniente que tenía la malévola intensión de arrancarles como fuese sus tierras y así poder agrandar sus dominios en esa región. Él ofreció comprárselas a unos precios infames, pero la respuesta de los indígenas siempre era la misma: La tierra es de todos, no se podía comprar ni vender, a ella se vuelve tarde o temprano. Esto lo enfadó, manifestando todo su odio hacia los indios juró mil veces apoderarse de esa tierra a como diera lugar.

En una de esas tantas noches de borrachera y lujuria, Julio, envalentonado por los whiskis que había ingerido hasta la saciedad, ordenó a sus peones ir por las armas para que lo acompañaran hasta la ranchería y sacar a los indígenas “a punta de plomo” de las tierras que él obstinadamente pretendía. Efectivamente, a la media noche más de cincuenta hombres armados y a caballo, quemaron las humildes viviendas construidas con barro, bahareque y techo de palma. Durante el vergonzoso asalto se dieron cuenta que no había ni un solo indio ni un solo chivo, la ranchería estaba sola.

Julio equivocadamente pensó que al ver las antorchas venir por el camino principal, los indios salieron despavoridos a refugiarse en otro lado. Totalmente convencido, envió por más whisky para celebrar en su nueva posesión. Formaron el gran desorden; bebieron de tal forma que antes de la aparición del sol, todos ya estaban durmiendo atrapados por la desenfrenada ingesta de alcohol.

 Al sentir el látigo atroz de los rayos del astro rey en sus caras, uno a uno fueron despertando; pero grande sería su sorpresa cuando se miraron semidesnudos y totalmente amarrados de pies y manos. Frente a ellos había unos indígenas apuntándoles con las únicas armas que poseían: un par de piedras. La consternación de Julio y sus hombres fue enorme. Se hallaban apresados por los indios, de quienes se sabía que eran totalmente apacibles, ahora la situación era diferente; en sus ojos negros y pronunciados labios se podía evidenciar todo el odio acumulado por años de atropello.

A los prisioneros se les desataron para que pudiesen caminar. Fueron conducidos hasta el cacique para escuchar sus sentencias. En lengua nativa, se les condenó a ir casi desnudos amarrados de manos y cintura para que fueran en fila hasta la plaza del pueblo, donde los hicieron jurar ante todos no volver a trasgredir los territorios de los indios. El inusual castigo fue traducido al español por una joven que mantenía firme en su mano derecha un arco y una flecha. Más tarde Julio Pérez recordaría a María Gertrudis, no por su forma deficiente de hablar el español, sino porque ella fue la encargada de armar toda la estrategia para apresarlos. 

La historia de María Gertrudis se regó por toda la comarca. Julio no volvió a salir de su hacienda por la vergüenza que le tocó pasar. Sus hijos fueron siempre blanco de burla de sus paisanos. Mientras tanto, los indígenas seguían viviendo felizmente en su territorio.

Cuando mis padres me matricularon en el último año del bachillerato, el rector del colegio nos reunió en un aula para informarnos que este año deberíamos, además de aprobar las materias correspondientes, formar parte del Programa Nacional de Alfabetización, razón por la cual el colegio había asignado a cada alumno una comunidad donde se desarrollarían las actividades los días sábado; sin este requisito no podríamos obtener el diploma de bachiller.

El primer sábado del proceso fuimos acompañados por el profesor a cargo de la actividad; nos presentó y después debíamos continuar solos las capacitaciones. Los lunes se tenía que rendir un informe de nuestra gestión como alfabetizadores; para mí la situación era supremamente difícil, me tocó una comunidad indígena que no entendía nada español, por más esfuerzo que hacía para transmitir mi mensaje no encontraba respuesta en ellos, no obstante, continuaba con mi tarea ante la preocupación de no graduarme ese año. Le comenté mi inconveniente al docente encargado, pero solo mostró una actitud desdeñosa.   

A la siguiente cita con la comunidad indígena fui recibido por una mujer de edad avanzada, de cabello extremadamente largo y blanco y, con una expresión de enojo.

—Querido hijo —me dijo—, no queremos que vuelvas por estas tierras a sembrarnos tus costumbres y tu lengua, ya ha sido suficiente el daño que ustedes (refiriéndose a los blancos) han causado sobre nuestro pueblo; unicamente vete, déjennos vivir pacíficamente como hasta ahora.

Así terminó su discurso. Inmediatamente un joven indígena la condujo hasta su sitio de labor.

Ensimismado por la situación, en fracciones de segundo, por mi mente pasaron varias imágenes; la primera, la imposibilidad de recibir el cartón de bachiller, lo que impediría entrar a la Facultad de Medicina como lo planificaron mis padres desde el mismo momento en que nací; la segunda, el resentimiento vi en los ojos de la anciana y que me avergonzaba, cuánto daño recibió de nosotros. Además, me pregunté ¿Cómo logró aprender a hablar español? Motivado por la duda, logré llenar de aire mis pulmones y grité a la anciana y a su joven acompañante, más con desespero que con valentía:

—¡Si no logro alfabetizarlos, no podré estudiar Medicina!

La anciana detuvo su lento caminar, por un segundo pensé que mi clamor había llegado a tocarle su viejo corazón, no fue así, ella siguió caminando hasta perderla de vista. Di la vuelta totalmente desilusionado para emprender mi viaje de regreso. Al poco rato, fui alcanzado por un indígena instándome a regresar.

Mi corazón volvió a ubicarse en su lugar; saltaba de emoción; creí que estaban arrepentidos y por fin podría comenzar con la actividad. Fui conducido a una choza amplia donde estaban algunos indígenas reunidos; la vieja que hablaba español se encontraba al lado del que parecía ser el máximo dirigente, pero ella tomó la vocería:

—Tal vez tu juventud no podrá entender nuestras razones para no querer saber tu cultura. Te voy a contar una historia que sé te servirá para que puedas conocer la inmensidad de la perversión del hombre blanco. Mi madre era indígena y fue brutalmente violada por uno de tu raza, de ese embarazo nací; las leyes antiguas nos echaron de la comunidad. Ella se empleó en la cocina de una familia del pueblo, allí crecí y aprendí el español de los patrones. Con los años mi madre murió y fui devuelta al clan donde pertenecía; la comunidad me aceptó sin reparos, me otorgaron algunas funciones —mientras ella continuaba el relato, yo permanecí aterrado escuchándola.

—En cierta ocasión llegó hasta nuestro caserío un hombre blanco con dinero para comprar nuestra tierra, noté en su expresión algo turbio cuando él veía la inmensidad de la planicie que por generaciones se había trabajado. Nunca pude olvidar sus lascivos ojos, sabía que no se conformaría con nuestra sólida respuesta. Le comuniqué entonces al cacique que deberíamos estar preparados para una posible invasión. Así fue como se organizó una estrategia, donde sin derramar una sola gota de sangre, jamás volvieran a pretender nuestros predios. Fueron veinte años preparándonos, sabíamos de su codicia por acumular territorios dónde pastorear su ganado. La primera acción fue la de enviar a un miembro de nuestra comunidad para que fuese contratado como peón del terrateniente y nos mantuviera informados de las actividades de él y sus secuaces. Preparamos unos campamentos alternos a los principales para poder refugiar a las mujeres y a los niños. A Jacinto, nuestro incondicional aliado, se le entregó un brebaje que mezclado con alcohol producía un sueño profundo; ese sería utilizado oportunamente. El día del ataque el ganadero reunió y dotó de armas a sus hombres para despojarnos de nuestro territorio. Jacinto logró avisarnos y salimos como lo habíamos planificado. El caserío quedó solo. Esperábamos a que Jacinto cumpliera con la última parte del plan. Con antorcha en mano, los bandoleros partieron en busca de sangre, pero no encontraron nada, todo estaba desolado. Cuando comenzó la supuesta fiesta de posesión del territorio el jefe mandó a Jacinto traer trago para celebra. Aprovechando el momento, nuestro compañero vertió la pócima del sueño en el licor, cayendo todos rendidos a los pies del dios Lapü. Después fueron atados y expulsados con el compromiso de no volver por estos lares.  

«Como podrás imaginarte joven amigo, dudamos de las buenas intenciones de los blancos. ¡Ah! Y una última cosa, por el grado no te preocupes, puedes decir en el colegio que me alfabetizaste, así podrás ser un buen médico —concluyó la indígena.

Los sábados ya no iba a alfabetizar, sino a conocer historias y relatos que María Gertrudis Epiayu me preparaba en cada encuentro. Aprendí de su cultura, de su amor y cuidado por la tierra; de la producción comunitaria de los alimentos; existía un sistema comunista en la distribución igualitaria del trabajo y de la utilidad que este dejaba; conocí de fondo el valor de la palabra; así mismo la solidaridad y hermandad que ellos mantenían continuamente. Definitivamente los sábados se convirtieron en la mejor experiencia del bachillerato. Los lunes en el informe obligatorio colocaba: “Avance del programa sin contratiempos”.

Fue tanto el apego hacia esa comunidad nativa que comencé a preocuparme por las condiciones en que vivían. Por ejemplo, tomaban agua de un pozo que construyeron a un kilómetro de distancia. Así que le sugerí a María Gertrudis hablar en nombre de su pueblo con el alcalde para instalar el acueducto hasta sus tierras. En un principio ella se negó, pero las argumentaciones de mi parte, como el hecho de evitar que los niños se enfermaran de diarrea o vómito, lograron que aceptara mi pedido.

Casi a punto de terminar mis estudios, por allá en el mes de noviembre, logré conseguirles una cita con el alcalde. Esperé emocionado el día del encuentro. Hacía más de cuarenta años que María Gertrudis no salía del caserío, la última vez fue cuando llevó a medio centenar de hombres blancos semidesnudos y amarrados a la plaza principal.

Me encontraba impaciente en la puerta de entrada a la Alcaldía, donde quedamos en encontrarnos; entonces vi la vieja figura de María Gertrudis, guiada como siempre por su joven compañero, así como al cacique, a Jacinto y otros indígenas que no logré distinguir en ese momento. Mucho más cerca pude ver su cara con una mezcla de miedo y alegría. En la esquina, antes de llegar a la Alcaldía, se encontraban tomando unos jóvenes que no conocía, eran bulliciosos y fantoches, tomaban desaforadamente, tenían la música a todo volumen. Uno de ellos, al darse la vuelta para pedir más trago, pudo ver la caminata de los indígenas, bajó la música del vehículo, luego lo encendió y todos quedaron en silencio, metió la mano en la gaveta y sacó un arma. Sin mediar razón alguna, le cerró el paso a la indígena propinándole tres tiros que impactaron su débil cuerpo. Ya inerte en el cemento, aquel hombre blanco le gritaba endemoniadamente:

—¡Por tu culpa papá murió de tristeza y nosotros somos la burla del pueblo, india maldita!se metió en el carro y huyó.

No entendía lo que sucedía, solo pude ver a mi anciana favorita empapada de sangre, la abracé fuertemente contra mi pecho, sentí que su corazón aún latía y escuché sus últimas palabras:

— Te dije que el corazón del hombre blanco es malo. Perdóname por no poder asistir a tu grado.

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2 comentarios en «La otra María»

  1. Aaron, me haces adivinar si todo esto pasó (?)
    Pero aun si no fué al pie de la letra, hemos sido testigos directos como guajiros, del desprecio y ofensa generalizada de que han sido víctima nuestros nativos, los verdaderos dueños de estas tierras.
    También, hemos aprendido en nuestros cursos de historia de la humillación sistemática y cruel a todo nivel en las americas.
    Un menos-precio sin fundamento, creyéndolos menos y maltratándolos como si no fueran hijos de Dios.
    Una historia interesante esta tuya; triste, llena de injusticia, que nos muestras el fallido intento por ayudar y que resulto en calamidad.
    Gracias por esa historia.
    Un abrazo desde el norte amigo.
    La negra.

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