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LA PROLETARIA

Aaron Parodi Quiroga

Ayer sacaron a Karla del trabajo, llevaba laborando en la empresa más de 28 años. Sus torcidas falanges ya no producían como antes y sus continuos permisos para ir al médico, exacerbaron la paciencia de los dueños quienes, decidieron cambiarla por una chica sin experiencia, pero con suficientes atributos para, sin importar sus exiguos conocimientos, llegar hasta ser gerente.

La nueva cesante, ingresó a sus dieciocho años como operadora en la planta principal. Su disciplina y don de gentes, le permitieron rápidamente convertirse en la secretaria personal de la gerencia; se comenta que ella, incluso, tenía el poder de decisión en muchas de las operaciones importantes para la empresa. Era conocida como La Jefa por los trabajadores, gracias a su capacidad para interceder entre los miembros de la junta directiva y el sindicato al momento de negociar el pliego de peticiones.

Pero también cuentan que su ego y mal humor crecieron exponencialmente y se volvieron parte de su personalidad, lo que le daba un aspecto marchito a su rosto, quitándole la posibilidad, entre otras cosas, de encontrar una pareja permanente. Su edad se multiplicaba, tanto que, a los treinta parecía una abuelita gruñona y solitaria; simplemente su vida giraba en torno a la empresa y el bienestar de sus jefes. El amor huyó despavorido para siempre. Su cuerpo también se reveló, la grasa desfiguró la armoniosa línea que tenía y el dolor en sus coyunturas por el excesivo peso, se hicieron más frecuentes. Sus dedos tomaron libertar para doblarse a diferentes lados sin orden alguno aparente; era eficiente, pero un poco incómoda mirarla de frente por más de treinta segundos; sin embargo, se supo ganar el título de Indispensable y su renuncia era concebida por los directivos como remota, y solo sería posible cuando la imprudente huesuda se compadeciera de los horribles gritos de dolor que sufría en su humilde y nauseabundo cuarto.

Arribista, casi ciega, jorobada y caminando lentamente, salió Karla por la puerta principal, sin pensión, sin salud, sin esperanza y con un pírrico cheque que no alcanzaba ni para su tratamiento. 

El gerente gritó: ¡Era una gran trabajadora y mejor mujer, la vamos a extrañar por siempre!

Cerraron el ataúd, lo colocaron en lo profundo del hueco y los dos acompañantes le echaron tierra hasta desaparecerla definidamente.


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2 comentarios en «La proletaria»

  1. Magistral Maestro Aarón. Es uno de los casos en que el personaje de una obra se vuelve parte de la realidad, de la vida misma, de las personas que nos rodean a diario; y al mismo tiempo, estas personas tan reales en nuestra sociedad, se vuelven, gracias a la insistente indiferencia, primero personajes y figuras, luego siluetas, fantasmas, y finalmente… una nada ajenja.

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