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LA EXTRAÑA

Javier Quiñonez Quiroz

Se bajó de la bicicleta de golpe, la dejó tirada en el suelo cerca de la puerta y entró corriendo a la habitación cayendo como un arbusto sobre la cama y una masa amarillenta salió de su boca y quedó cerca de su cara. Los ojos desorbitados dejaban huir la mirada débil por la ventana.

La mañana empezaba con el calorcito de los meses de verano donde la lluvia no se asoma con la luna, mis hermanos mayores no habían ido a la escuela y mis padres retomaban las labores del campo, estábamos solos en la vivienda acompañados de Amparo, tenía unos veintitrés años, voluptuosa, de estatura normal, de piel clara y ojos de paloma. Había llegado al pueblo buscando trabajo y, la costumbre de mi padre de darle posada a extraños, lo llevó a dejarla vivir en la casa.

Pasaron varios meses compartiendo con nosotros, era laboriosa y se ganó la confianza de todos; consiguió trabajo y llegaba por las tardes y se sentaba a hablar con mi mamá “cosas de mujeres”. Uno de esos días el amor llegó a su piel, entró por sus poros e hizo posada en su corazón. Se enamoró y las horas alimentaban ese amor, —escribía cartas que días después encontramos—. Cuando llegaba el objeto de su amor de visita, su corazón era una fiera encerrada en una jaula de piel.

Abelardo era un muchacho delgado, con acento tolimense, hijo de don Humberto que se dedicaba al cultivo de sorgo y algodón, andaba siempre en una bicicleta, a veces participaba corriendo alguna carrera ciclística. Él se había enamorado de Lorena, la hija del pollo. Por más que Amparo fuera amable y cariñosa, Abelardo solo tenía ojos para la hija del pollo. Aunque la belleza entre una y otra dejaba mejor parada a Amparo, el amor de belleza no sabe nada, así que la relación entre Lorena y Abelardo crecía, mientras que el corazón de Amparo mordía la fruta de la desilusión.

En la madrugada de aquella mañana, mi padre se había levantado temprano como de costumbre, mi madre preparó las viandas que llevarían para comer en el campo y lo que nosotros comeríamos. Cogió las herramientas y guardó en un saco dos bolsas de Aldrín, un veneno que utilizaban para matar gusanos; y dejó en un rincón dos bolsas más. Mi mamá y mi papá se despidieron recordándonos lo que debíamos hacer.

Estaba jugando y haciendo las tareas para irme en la tarde a estudiar, sentado en una piedra cerca al almendro, la vi venir flotando en la bicicleta, la dejó caer y entró como un espectro a la casa, sentí el sonido seco de su cuerpo claro sobre la cama, corrí y ella estaba tirada, las palomas estaban abandonando sus ojos, salí a buscar ayuda, los vecinos llegaron y mientras ellos la sacaban, descubrí en la mesa un pocillo con un resto líquido color café con leche, lo olí y sentí el olor del Aldrín. ¡Tomó veneno!, grité.

Días después Amparo desapareció en una tarde de lluvia con un arcoíris sobre el pueblo. Solo nosotros supimos de su amor, Abelardo ni cuenta se dio. Quizá ahora donde esté ella es feliz con un amor que huele a veneno en la mañana.

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