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ME ENAMORÉ DE MI MADRASTRA

Antony Samayo

Aunque gran parte de la culpa la tuvo mi padre, pues fue irresponsable al llevar a vivir a nuestra casa a una mujer tan joven y bella sin tomar en cuenta que yo contaba la misma edad de ella—veintitrés—, y era bastante lanzado y exitoso con las mujeres.

A nadie en la familia agarró por sorpresa que nuestro padre tuviera una novia de tales características, dado que nunca le faltaron féminas a su lado a pesar de que ya sobrepasaba los cuarenta y que ser agraciado no era su mayor virtud, pero si nos dejó helados que luego se decidiera por casarse a las carreras.

Desde que enviudó, a la edad de treinta y cinco, murió el tipo serio y dedicado al hogar y nació el mujeriego empedernido. Siempre se le veía rodeado de jóvenes hermosas, cuestión que se le facilitaba porque era propietario y gerente de una próspera empresa barranquillera del sector alimentario y el auto deportivo en el que se movilizaba impresionaba a hombres y mujeres por igual, aunque ninguna lo entusiasmó tanto como Milena, pues antes de ella era de los que salen con una hembra a lo sumo por un par de meses y luego, sin previo aviso, la cambian por otra. Era tan superficial en ese sentido que a ninguna llevó a la casa ni nos las presentó.

Contrajo matrimonio civil, y cuando mis dos hermanas y yo —los tres mayores de edad y todavía dependientes de su bolsillo—, esperábamos que buscase otro sitio para vivir con su esposa, optó por remplazar en su cuarto la cama que compartió con mi madre por muchos años por una nueva de estilo colonial e introdujo un armario enorme que más parecía una casa rodante.

Nunca lo noté tan enamorado: cenaban en el cuarto, se duchaban juntos y casi no se soltaban de las manos, lo que despertaba un poco mi envidia, porque me sentí bastante atraído por ella desde el principio, a tal punto de que no existía sitio de la casa por donde transitara sin que yo le quitara la vista de encima.

La conocí apenas una semana antes de su boda con mi padre, y su porte, elegancia y beldad me dejaron anonadado, y eso es mucho decir, pues en asuntos de mujeres yo no soy cualquier principiante que se deja impresionar por una simple falda corta, a esas alturas de la vida ya habían pasado por mis manos algunas quince; de todos los colores, olores y sabores.

Un mes después del matrimonio, los recién casados viajaron de luna de miel por un par de semanas a las playas de El Rodadero, y recuerdo que una sensación de vacío se apoderó de mí, y eso que hasta ese momento ni siquiera le había dirigido un piropo a Milena ni ella había dado pie para que me ilusionara, pero es que estaba adicto a verla desfilar por la casa en shorts, batas y minifaldas, para contemplar sin espabilar sus esbeltas piernas y crispar mis manos para contener esos fuertes deseos de tocarla y hacerla sentir de verdad, pues daba por hecho que papá no contaba con la suficiente potencia para causarle daño, y ello me hacía sentir con la obligación de defender el honor de la familia, si Milena se había casado con él por interés, que consideraba probable, yo haría que al menos le sudara el vientre.

Juro que traté de resistir ese sentimiento absurdo que me embargaba, papá no lo merecía. Era demasiado bueno conmigo, estaba atento a sus obligaciones, pagaba puntual mis estudios universitarios de Administración de Empresas y tenía planeado, una vez me graduara, que también aprendiera inglés y Negocios Internacionales, ya que ansiaba que me hiciera cargo de su Compañía y la llevara a superar las fronteras del país. Soy su hijo menor y nunca dejó de llamarme Niño, me complacía en los mínimos detalles, merecía todo el cariño y el respeto de mi parte, pero una cosa decía mi conciencia y otra muy distinta el corazón; o, mejor dicho, mi entrepierna.

Al cabo de mes y medio tomé la decisión de confesar a Milena lo que sentía, estaba empeñado con llevarla a la cama, y aunque poco después lo conseguí, hasta ese momento solo me limitaba a mirarla con disimulo, y las pocas veces que me descubrió haciéndolo noté que se sonrojó y eso me animó a seguir adelante, sabía que ella sospechaba que me gustaba; la trataba con galantería y no podía contener una sonrisa ni el encendido de mis mejillas cuando la miraba a la cara y tampoco perdía oportunidad para buscar su conversación.

Todo se confabulaba para que lo nuestro se diera, siempre estábamos solos en la casa. Mi padre y mis hermanas trabajaban en la empresa de la familia durante el día, y yo nada más salía en horario nocturno para la universidad, y la mucama, que era la otra que permanecía en la vivienda, era la madre de un amigo mío a la que recomendé con mi padre, no dudaba de que su vista, sus oídos y su boca no los utilizaría en mi contra si nos descubría; aunque tampoco era para que me confiara.

Entonces me llené de valor y abordé a Milena. La mucama estaba en la tienda, y mi madrastra salía del cuarto con un short tan apretado y tan pequeño que aposté que se le dificultaba respirar, porque a mí, que solo era un embobado espectador, me costaba conseguirlo. De todos modos, actué con cautela para evitar sorpresas, solo le dije que era muy hermosa, de tal manera que si se lo contaba a mi padre no me comprometía, era un escueto gesto de galantería que no dañaba a nadie. Milena se sonrojó y luego sonrió con coquetería, aunque percibí que sus ojos reflejaron sorpresa. Respondió, sin detenerse: 

Gracias, Niño. 

Esperé por un par de días el reclamo de papá, pero como no sucedió, di por hecho que Milena estaba de acuerdo con una relación amorosa entre los dos, y una emoción desbordante se adueñó de mí y empecé a planear las tácticas sexuales que utilizaría en nuestro primer encuentro amoroso para dejarla amañada por completo.

De allí en adelante siempre que tenía la oportunidad le repetía lo linda que era, y ella, con esa cautivadora sonrisa blanca y brillante que me derretía, se limitaba a agradecer en silencio. Hasta que la mucama enfermó y fue al médico, me dije con entusiasmo que no podía perder esa oportunidad. Era de mañana y ella salía del cuarto en dirección a la sala, me interpuse en su camino, la tomé del brazo y le solté a boca de jarro: 

—¡Milena, ya no lo soporto, estoy muy enamorado de ti, quiero hacerte mía ya, sé que echas en falta a un hombre potente!

Ella desorbitó los ojos y respondió con voz trémula:

—¡Niño, ¿cómo se te ocurre?, soy la esposa de tu padre!

Sonreí con desespero.

 —¿Crees que no lo sé? Pero ¿cómo hago para sepultar esto que siento por ti?

 Hasta para encogerse de hombros lucía sugestiva.

 —¡No lo sé, pero tienes que hacerlo, no te puedo corresponder!

No estaba dispuesto a rendirme tan fácil.

—¡Milena, no me digas que la causa de tu rechazo es porque amas a mi padre, sé que solo estás detrás de su billetera, su edad no le alcanza para satisfacerte!

 Se mordió los labios y enfatizó:

—¡Te equivocas, lo amo de veras; y, para que lo sepas, ¡sí me satisface!

Meneé la cabeza.

—¡Lo hará, pero a medias! ¡Pero no te preocupes, no te juzgo, hay muchas chicas como tú que sacrifican la dormida por una buena comida, sigue a su lado, no te estoy pidiendo que lo abandones, pero podemos amarnos a escondidas, así completas tu felicidad; satisfecha por arriba y satisfecha por abajo!

Endureció la voz.

—¿Sabes que con lo que me propones arriesgas tu herencia? ¡Tu padre no perdonará una traición como esta!

Utilicé un tono de voz lo más cariñoso posible para tratar de doblegarla.

—No tiene por qué enterarse. 

Adoptó un gesto de desagrado que yo tomé como una vieja táctica de tratar de demostrar que era digna.

—¡Parece que no lo quisieras, te portas mal con él, he notado que no tomas un libro en el día, te la pasas viendo televisión y jugando vídeos, y varias veces que he salido con tu padre de noche en el coche te he descubierto sentado en alguna esquina, eso me dice que no te debe ir muy bien en la universidad cuando casi ni vas; te expones a causar su ira, y, enamorándome, te complicas!

 Fui honesto: 

—¡No me gustan los estudios; pero, por cierto, veo que estás pendiente de mí!

Esbozó una mueca burlona.

—Como si disimularas la pereza.

La conversación desembocó en un punto que no me convenía, lo único que deseaba era su amor.

 —Milena, dime la verdad, ¿te gusto?

Sus mejillas se volvieron a teñir de rojo y su voz tembló.

—No puedo negar que eres muy atractivo, si estuviera sola hasta te aceptaría, pero no pienso traicionar a mi esposo. 

Me sentí triunfador, solo restaba echar un empujón.

—Piénsalo bien, Milena, te puedo hacer muy feliz sin necesidad de que abandones a mi padre.

 Asintió con esa sonrisa coqueta que me mataba, luego dio media vuelta.

A partir de allí no perdía oportunidad para instigarla, y poco a poco notaba que su resistencia se quebraba, no me podía ver porque de inmediato liberaba una sonrisa atiza fuego. Varias veces aproveché que la mucama estaba descuidada y le robé un beso, en otras fui rápido y metí una mano debajo de su minifalda y sus posteriores reclamos a mí me parecían fingidos. El asunto estaba liquidado; antes de allí no había luchado tanto por una mujer, cuando solo me bastaba con abrir la boca una vez.

La mucama salió de vacaciones, no deseaba irse, pero le doblé la propina. Mi padre sugirió que buscásemos a otra para que se encargara mientras ella volvía, pero me ofrecí a remplazarla con tal de quedar a solas con Milena. Y empecé a acechar una oportunidad para consumar la pasión, y esta se dio un par de días después. Desde mi cuarto escuché cuando papá se despidió de Milena y poco después el sonido del auto arrancando. Sin pérdida de tiempo fui por ella. Estaba en la cocina y la tomé por la espalda, la besé en el cuello y empecé a levantar su bata al tiempo que bajaba mi cremallera, ella indicó, nerviosa: 

—¡Espera, espera, aquí no, vayamos a mi cuarto!

A punto de explotar, la cargué y la llevé hasta la cama. La acosté y empecé a desvestirme con sensualidad, al tiempo que le decía con voz gruesa de monstruo:

—¡Ahora vas a sufrir de pasión!

Cuando estuve desnudo y me iba a abalanzar sobre ella, me contuvo.

—No tan rápido, te mostraré algo que te matará.

Fue hasta su escaparate, imaginé que también estaba preparada para ese encuentro y guardaba una erótica lencería. Lo abrió y luego pronunció: 

—¡¿Ves que no te mentía, mi amor?!

Entonces papá salió de allí con la cara desfigurada, asía un garrote; solo alcancé a balbucir, completamente aterrorizado, al tiempo que mi hombría se derrumbaba a velocidad increíble: 

—Pero ¿y el auto arrancando?

Ella respondió con aire triunfador: 

—Se lo llevó el chofer.

Han pasado muchos años desde entonces y mi padre aún no me ha perdonado. Me gano la vida manejando taxi. Milena estudió Administración de Empresas y es la que conduce los negocios de la familia, ya exportan a gran escala. No tengo la misma suerte de antes con las mujeres, una que otra caen de vez en cuando, y luchando más de la cuenta.

 


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2 comentarios en «Me enamoré de mi madrastra»

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