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SIN IDENTIDAD

Aaron Parodi Quiroga

Cansado de recibir malas noticias ese día, Joaquín se dispuso regresar desde la gran capital a su destartalado pueblo. Compró un tiquete en la terminal terrestre de pasajeros en la empresa donde siempre viajaba, según él, por la seguridad y puntualidad. Dejó caer su adolorida alma en el asiento más cómodo y solo quería olvidar su desgracia durmiendo dos horas, tiempo estipulado para llegar. Pero las cualidades que lo motivaron a seleccionarla fueron desapareciendo.

Los diez minutos que promocionaban en la ventanilla para salir se convirtieron en treinta y luego una hora. Su ansiedad fue descomunal, el cansancio se tornó en histeria y en desesperanza total. Luego de dos horas y los gritos de Joaquín por que cumplieran su palabra de salir rápido, los asientos se llenaron y arrancó rumbo a su amado pueblito.

Pensó, equivocadamente, que ahora sí iba a descansar. El conductor, un joven que tenía una energía inusual, quiso matizar el largo viaje y puso música de su gusto. En los parlantes del autobús sonaba sin ningún resquemor música norteña típica de México. Era tanto su agotamiento que renunció a la idea de pedirle que bajara el volumen u optara por otra más sosegada.

Al principio creyó que solo era una canción y luego sonarían de otro género, pero no, solo hubo narcocorridos que inyectaban cierta alteración a su sistema nervioso por la temática de drogas, trago, mujeres y violencia incluida en sus letras. Recordó entonces a su vecino cuando los domingos lavaba su ostentosa camioneta frente a su casa con esa misma música, luego fue capturado por traficar droga; no era un pez gordo, pero él se sentía así.

El sonido estridente del acordeón lo hizo sentir que estaba en Tamaulipas, Nuevo León, Chihuahua, Sonora, Baja California, Coahuila, Durango o Sinaloa. Recordaba esos nombres por las múltiples películas que pasaban en los cines colombianos en la época de los años ochenta y, además, tenía una amiga de Monterrey, Soraya, que siempre le mencionaba aquellos lugares.

Con el sueño ya espantado decidió escribirle:

«Querida amiga, buenos días. Estoy viajando a mi pueblo y el conductor del autobús ha colocado todo el camino la música de tu tierra. Te voy a grabar un audio para que evidencies cómo los colombianos hemos perdido nuestra identidad; con tanta música bella que existe en nuestro país. ¡Es lamentable!» Luego de enviar el mensaje, hizo la grabación colocando el celular frente al parlante que tenía encima de su cabeza. Escribió una nota al pie: ¡De no creer!

A los pocos minutos ella le respondió: «Querido amigo, también voy viajando y, al igual que tú, siento mucha molestia por este conductor que lleva la música a todo volumen. Lo peor es que no es nuestra, sino de otro país. Te voy a enviar un audio para que veas lo que estamos escuchando…» 

Lo abrió y pudo identificar un vallenato de Diomedes Díaz y la voz del conductor con los pasajeros cantando a todo pulmón: Si la vida fuera estable todo el tiempo, yo no bebería ni malgastaría la plata…

Al final recalcó: «Los mexicanos también hemos perdido nuestra identidad. Con tanta música bella que existe en nuestro país. ¡Es lamentable!»

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3 comentarios en «Sin identidad»

  1. Ramiro De la espriella

    Maestro, me alegró el día con ese hermosos cuento reflexivo y de fino humor, reencuentro de dos culturales, aunque lejaanas en la distancia, cercana en los gustos, gracias por compartir.

  2. Sr. Aarón, me encantó esa forma literaria con que me puso a pensar sobre la identidad. Para aplicar en nuestro diario andar, desde los actos más sencillos. Felicitaciones! Gracias por compartir.

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