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UN PARALELO ENTRE LA VIDA Y LOS REFLEJOS

Nidia Cavadía

Comienzo por decir que una de las experiencias tenidas durante la escuela secundaria fue la clase de física. Por alguna razón, esta asignatura siempre me pareció compleja y abstracta, me iba bien, nunca la reprobé, pero no precisamente porque la entendiera sino porque me aprendía los conceptos de memoria y eso garantizaba mi excelencia en teoría, los ejercicios y fórmulas también tocaba memorizarlas, muy pocas fórmulas aprendí a usar con destreza. Quizá por ello, el día más feliz en una clase de esta materia fue ese cuando el profesor explicó la ley de la reflexión, más exactamente la reflexión de imágenes en espejos planos encontrados.

Esa maravillosa práctica de ver como una imagen es capaz de repetirse tantas veces solo con ir cerrando los espejos planos y opuestos hasta formar entre ellos ángulos de diferentes grados: ochenta, setenta, sesenta y así gradualmente, la recuerdo como ayer; o aquella otra en la que se sitúa una imagen entre dos espejos paralelos, puede verse dicha imagen repetida hasta el infinito. Me sorprendió tanto que nunca más pude olvidarlas.

Al presente, recordando aquella experiencia con la ley de los espejos me permite entender la vida de una manera más simple, pero muy real e intento explicarlo en este artículo de manera sencilla. Sí, eso somos, una imagen proyectada en ese plato graduado llamado vida, somos la reflexión de nuestras imágenes en los espejos de nuestro vivir.

En la existencia, cuando apenas tenemos escasos años, es como si nos reflejáramos en un ángulo de quince o veinte grados, veremos veintitrés u once imágenes, donde cada una es lo que somos en ese momento, es la mayor cantidad de imágenes vistas. Comparando, es ese cúmulo de todo lo que somos en nuestra niñez, es la energía misma almacenada para potenciarla en horizontes no imaginados.

Cuando continuamos ampliando el ángulo a cuarenta y sesenta grados, ya encontraremos que nuestra imagen en los espejos solo se releja cinco  o siete veces, disminuye de la misma forma que disminuye nuestra vida, tendremos menos imágenes, pero también tendremos la experiencia aprendida en las primeras y, si ampliamos el ángulo a noventa grados, veremos tan solo tres imágenes; será la certitud que nuestro otoño ha comenzado, atrás ha quedado la niñez, habremos pasado la adultez, tendremos la seguridad de cómo hemos vivido, qué errores hemos cometidos, es el momento de regresar en el tiempo con la memoria para corregir lo que haya que corregir y vivir lo que falte, bien vivido.

Llegamos al ángulo de ciento ochenta grados en los espejos, allí esta lo más maravilloso de la vida, observaremos tan solo una imagen, señal que el otoño ha llegado. Aquí me asombro, al tiempo que me permite entender la realidad de lo que somos. En este ángulo podremos observar nuestra propio caminar por la vida, somos ese ser que vemos en el ahora, sin más imagen que nosotros mismos con todas esas etapas vividas y atiborrada por todas las imágenes observadas en el plato de la vida, nuestra reflexión en los diferentes ángulos antes existidos.

Es la vida una reflexión de imágenes de lo que fuimos en el pasado, cuando ya nos acercamos al final, queda una imagen real de lo que somos hoy, las demás pasan a ser imágenes virtuales que seguramente nos llevaron a donde estamos, pero que no las encontraremos por ninguna parte si afanados las buscamos. Y por supuesto, que encontraremos en nosotros todas y cada experiencia que se reflejó en los espejos, inclusive las que se reflejen infinitamente en los espejos paralelos. Será, en resumen, nuestra vida actual y ¡un momento!, explicada a partir de un paralelo entre la vida y los reflejos.

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14 comentarios en «Un paralelo entre la vida y los reflejos»

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