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El encuentro inesperado

Jeison Bolaños

Desde la ventana Sofía vio al señor D’Ors justo antes de empezar la cuesta inevitable que lleva hasta su casa. Ochenta o noventa metros de cruel asenso. Le vio la agitación, la mano sobre la pared que ayuda, el recomendable receso en la mitad porque respirar se hace difícil y el espasmo en el costado viene con perfidia. El dolor avieso ensombrecía sus antiguos ojos ibéricos, y recurrían a la mente los escombros de la vida resiente o lejana, atiborrada de cosas postergadas, pero de pronto el aire de nuevo, el espasmo que cesaba y sus ojos sin sombra ni dolor, entonces sí, continuar trepando hasta la casa desde donde Sofía le sonreía tras el vidrio, con aquellos ojos castaños cercados por larguísimas pestañas, y esa boca de dientes sospechosamente perfectos. Sofía salió con pantalón a cuadros y blusa celeste, antes de que tocara la puerta. Caminaron por la alameda de Reyes hasta el parque de Los Pájaros, ella comió algodón de azúcar y dulce de almendras, evitaron el camposanto de Oriente. Sofía tiene dieciocho, el señor D’Ors muchos años más. Como casi todas las veces que la visita, de tarde y día por medio, el paseo fue breve, pues ella sabe bien de sus padecimientos cardiacos y sus quejas seniles. Llegaron hasta el pie de la cuesta cumpliendo con el pacto tácito de evitarle la cuesta al señor D’Ors. Al despedirse ella le ofreció sus labios de ojos cerrados y desde los otros le llegó un sutil estremecimiento como si la besara una corriente de aire. Tomó un taxi. Sofía lo vio alejarse hasta que el auto se convirtió en una intermitente mancha amarilla entre los olivos lejanos, y un poco vagos, difusos, quizá porque la tristeza le empañaba los ojos, y no había más que volverse al hastío de la urbe de todos los días, y trepar hasta la casa con esa aflicción a cuestas que hurta el aire tan preciado, que nubla los ojos y exige imprevisto receso intermedio, porque algo le oprime el pecho con un dolor punzante que sin embargo dura muy poco, y el aire vuelve y el pecho se descongestiona, y se puede continuar trepando hasta la casa donde una hermosa muchachita le sonríe desde la ventana, con aquellos ojos castaños cercados por larguísimas pestañas y una boca de dientes sospechosamente perfectos.

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