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GOAJIRA

Ángel Woo’uliyuu

Como si escarbara sobre la nada, porque siempre veía y tocaba el mismo fondo, una vez más, sacaba agua con el culo de una botella de plástico, dentro de un viejo y pequeño cayuco, en cuya grieta se filtraba el agua de mar. Cada quince o veinte minutos repetía la misma faena. Aunque pasaba más tiempo achicando, en vez de pescar. No obstante, para sus hábitos industriosos, esto en ningún sentido lo veía como un penoso deber, antes bien, se complacía en hacerlo, era su vida, su razón de ser. 

Cumplida esta parte del trabajo, se incorporó lentamente y se dirigió hacia una caneca que estaba llena de carnadas. Con sus diminutos dedos, hurgaba una vez más dentro de ella y de allí sacó un “pescao” —una lisa—, la cortó por la mitad, agarró la parte de la cabeza, la ensartó en un anzuelo y la lanzó al mar. El cordel por el peso del plomo al caer al agua, la cortaba con tanta facilidad que en fracción de segundos el anzuelo pendía debajo del pequeño cayuco como si oteara ese otro mundo en cuyo fondo misterioso, estaba un pez escurridizo que en dos ocasiones se había llevado la carnada astutamente.

 Ahora, ya sentado sobre un tronco dentro del cayuco, se puso a esperar con paciencia a que el escurridizo pez. Picará una vez más, esta vez sería diferente. Ya no habría más sorpresas, todo estaba fríamente calculado. Entrenaba sus manos y dedos para el movimiento final. Todo era cuestión de tiempo, sí, solo había que esperar, esperar, esperar…

Los minutos pasaban y allí estaba él, sin bajar una línea, estaba muy motivado; sabía perfectamente que le esperaba un gran pez. Pensaba en su tamaño y forma, múltiples figuras de peces pasaban en su mente. Se preguntaba si era un mero, un pargo o un robalo. Pero, no, no había forma de saberlo. Lo único cierto es que era muy fuerte. Las dos veces que lo tanteó mostró mucha fuerza y resistencia, tanto así que se llevó la carnada con to’ y anzuelo. Esto lo obligó a cambiar de táctica, inclusive de usar otro cordel, uno más grueso y resistente que los anteriores.  “Debe ser uno grande, un mero, sí, uno de boca grande, una de esas guasas carnudas”, pensaba.

Pensaba también que si era una guasa necesitaría la ayuda de su tío materno: Waichaluuta Woo’uliyuu, que siempre lo acompañaba en esta tarea primitiva. “Ojalá que sea como aquel hermoso mero grande que pesó cincuenta kilos, ojalá, ojalá”, se decía, mientras tomaba un sorbo de chicha sin azúcar para mitigar su sed.

 Esa actitud positiva que lo caracterizaba siempre, estaba allí con él, acompañándolo, como en un buen matrimonio: marido y mujer en las buenas o en las malas, hasta que la muerte… No, no había razón para preocuparse, mucho menos por estos pequeños detalles. Estaba muy concentrado, se le veía firme, con mucho aplomo. No era la primera vez que se enfrentaba a esta situación, era un hombre hecho y derecho en su mundo; sí, su mundo: el mar.  Pero de ninguna manera era así. Aunque con sus escasos doce años de edad ya era un experto pescador; bastaba con solo mirarlo: su pelo estaba completamente amarillo por el sol y su color cobrizo se acentuaba más por su rutina diaria. Sin embargo, su cuerpecito enfundado en una camisa desgastada, raída, que le daba un aspecto casi harapiento, ocultaba su real belleza indígena, un wayuu, un wayuu del clan Woo’uliyuu.

 Al otro extremo de la pequeña embarcación, en la proa, su tío Waichaluuta contemplaba pensativo el lindo paisaje. De espaldas, ajeno a lo que hacía su sobrino. Sabía perfectamente lo que hacía el muchacho, estaba parado y con los brazos cruzados como una estatua, figura digna para un museo. En su mirada perdida, evocaba aquellos días en que la bonanza marimbera ayudaba a paliar los vaivenes económicos del clan. Veía los mangles hermosos que crecían desde tiempos inmemoriales alrededor de esta pequeña y hermosa bahía y que servían de refugio en aquel entonces para las embarcaciones que ocultaban la “carga”: una “carga maldita”. Recordaba claramente las avionetas que aterrizaban y que muchas veces ayudó a cargar, pero también recordaba con tanta lucidez aquel desafortunado episodio en donde una de esas avionetas, que al poco tiempo de haber despegado, presentó fallas y se vino abajo; se estrelló justo en el mismo lugar en donde él estaba pescando con su sobrino.

Era de noche, no había nada que hacer. En ese desafortunado episodio, cuatro de sus cinco tripulantes murieron ahogados esa misma noche. Uno se salvó porque alcanzó a romper una de las ventanillas del avión antes de hundirse. Al día siguiente, Waichaluuta junto con su primo Juan Uliana, se ofrecieron como voluntarios para sacar los cuerpos de los desafortunados gringos; apenas rescataron dos, los otros dos, estaban fuertemente amarrados en sus asientos con el cinturón de seguridad del avión. No pudieron desabrocharlos, allí se quedaron, en el fondo del mar desde hace décadas.

El tiempo caminaba lentamente y a su paso dejaba un calor infernal. El sol, ahora en posición oblicua, los castigaba implacablemente. Müshikiina (así se llama el niño), enjugaba su rostro con el dorso de su mano izquierda, mientras que con la otra, sujetaba firmemente el cordel. Ya había desaguado el cayuco dos veces.

A pesar del solazo que hacía, las olas eran muy amigables con la pequeña embarcación. De vez en cuando elevaba la proa sin embestirla, porque a esta hora —tres de la tarde— por lo general siempre estaba violento y eso no era nada agradable para la pequeña embarcación.

De repente, Müshikiina sintió que el cordel lo presionaba tanto, hasta el grado de lastimarlo; sus dedos se volvieron de color morado.

 —Déjalo que corra, no pelees con él, ya se cansará. Él no podrá con ese cordel, se cansará, ya lo verás —dijo su tío en el otro extremo de la embarcación.

 Müshikiina acató la voz de la experiencia inmediatamente, mantuvo la calma, luego se puso de pie y apoyándose en su otra mano dejó que el cordel avanzara suavemente con el pez sin presionarlo.

 La lucha apenas comenzaba, pero esta vez estaba el tío para ayudarlo. Después de varios minutos de tira y jale, de jale y tire, la suerte le sonreía por fin: un pez de cabeza ancha con pequeños ojos se asomaba sobre el agua de mar, un lindo ejemplar, un mero bien carnudo, un mero guasa.

—Pagarán bien por él tío.

—Sí, así es, pero por ahora déjalo que luche por su vida hasta que se canse. Es más, estate preparado para que me ayudes a montarlo. Ven, dame el cordel que yo lo sostengo y tráeme ese pedazo de hico que está a tu costado para amarrarlo y así lo aseguramos de una vez —le ordenó al muchacho, mientras buscaba su cuchillo y un pedazo de madera que le servía de garrote.

—Listo, ahora hay que esperar a los compradores que vienen de Akualu’u (Manaure) o de Süchimma (Riohacha) para vendérselos —dijo alegre el muchacho.

Mientras Müshikiina y su tío sacaban las vísceras de los peces dentro del cayuco, un turista  gringo, flaco, alto, de pelo largo, mono  y barbudo, los esperaba en la otra orilla con cámara en mano listo para tomarles unas cuantas fotos; una más para su colección. Tomaba fotos a doquier, se paraba, se agachaba, buscaba afanosamente un mejor perfil para su cámara. En su periplo por estas tierras en donde comienza el abandono de Colombia y del departamento, sentía gran curiosidad por conocerlas, la vio bien pintada en el mapa de La Guajira y, para no perderse, en su español machacado memorizó el nombre de esta hermosa bahía. Una y otra vez lo repetía sagradamente, así como se aprende el Padre Nuestro, recitándolo todos los días. “Bahía hondita, Alta Guajira (bis)…Uribia, Colombia, yes, yes, beautiful, tierra de paz y tierra de…”.

Sí, Bahía Hondita en la Goajira, ahora La Guajira, pero para Müshikiina y Waichaluuta, en su lengua materna simplemente es y será siempre Wajiira: tierra olvidada, tierra ancestral de los wayuu.

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2 comentarios en «Goajira»

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