Cuento

Doce de espadas

La tarde mostró algunos cambios atmosféricos. Un afanoso aguacero se había precipitado sobre ella. Aunque el sol y la lluvia consumían la ciudad, me sobrepuse.

El desprendimiento

Se marchó, no sé a donde, tal vez la esté pasando muy bien. He dejado el contestador automático por si acaso se arrepiente y me llama. Como también, su llave escondida en la matera, cerca de la puerta.

El convertido

Asiste a la misma iglesia de sus empleadores, pero no es bien visto; aun así, lo hace puntualmente en la banca de atrás para no ser objeto de miradas inquisidoras.

La cuidad de la furia

Quería comerme a esta urbe para recordarla tal cual es, para poder contársela a mis hijos cuando narrara historias del álbum de fotografías del primer viaje a la Ciudad de la Furia.

El sargento Quintero

Entre canturreos y maldiciones caminaron durante más de media hora entre Fonseca y Distracción. Tras ellos y sin que pudieran verla caminaba una mujer huesuda semicubriendo el rosto con una capucha y empuñando con su mano izquierda una guadaña.

El almendro

Todavía me duelen las costillas al recordar el porrazo salvaje y los gritos lastimeros causados por el aterrizaje forzoso, inesperado y abrupto el día en que caí de unas de sus elevadas ramas.

Ocaso

Se detuvo en su infancia triste y solitaria. Se visualizó hamacándose en la rueda que su padre le había instalado en el árbol del patio de la casa.