Playa de la sirena
José Ramón Barbón
El ómnibus circula por la Vía Blanca. Algunos pasajeros conversan, otros miran el paisaje. El puente de Bacunayagua produce asombro. Solo un individuo se mantiene indiferente, como si lo único que importara fuera hurgar dentro de sí. De ponerle un apodo, el más acertado sería Vinagrito.
Ya en la ciudad de Matanzas, pasan por las limpias calles y toman la carretera de Varadero. Cruzan el puente sobre el río Camarioca y arriban al poblado que adorna parte de la desembocadura. La llegada al motel es saludada con gritos de júbilo. Recogen el equipaje y se apresuran. Desean ocupar las habitaciones y comenzar a disfrutar. Vinagrito es el último. Lo atiende la recepcionista, quien, al confirmar la reservación, pregunta:
—Compañero, la reservación es para cuatro. ¿Hay algún niño?
—Vengo solo.
La muchacha detiene por un momento el bolígrafo, mira al hombre y vuelve a su labor. No está acostumbrada a ver esto, pero si desea estar una semana a solas, no es su problema, piensa. ¡Qué desperdicio!
Terminado el ritual de entrega, Ramón, que es el nombre de Vinagrito, se tira en la cama matrimonial. Pasan dos horas, durante las cuales el cuerpo se recupera del viaje. Se da un baño y procede a distribuir sus cosas. Enciende el televisor, escanea los canales sin encontrar algo que llame su atención y detiene la exploración en uno de música. Toma una de las cervezas que han puesto en el refrigerador. Mientras calma la sed, coloca una foto sobre la mesa de noche; desde ella, lo miran su esposa y sus hijos.
Su signo es Libra. Conservador de amigos y familia, el destino le ha jugado una mala pasada. El matrimonio de quince años terminó hace una semana. Se culpa, aunque nunca una mujer se le ha quejado. No la tiene grande, quizás un poco gruesa, y no es para tanto.
Se casó enamorado y vivieron momentos de gran placer, coronados por el nacimiento de los hijos; sin embargo, la felicidad no es eterna. Ella no siente el deseo con la misma frecuencia que él.
Nunca pensó que el final llegaría mientras se procuraba placer. Su esposa abrió la puerta, entró al baño, lo vio y quedó paralizada por unos segundos. No dijo ni una palabra; salió y cerró. Insatisfecho, entró al cuarto. Ella parecía dormir. La cubría una sábana que mostraba en relieve las líneas femeninas. Comenzó a acariciarla y la mujer se dejó hacer. Deslizó las manos por los muslos. Advirtió el rechazo, pero no pudo parar; se sintió parte de una estampida. Consumado el acto, descansó. Pasado un largo minuto, llegaron a sus oídos estas palabras:
—Ramón, no podemos seguir así.
El sonido de su estómago indica que no ha probado bocado. Se viste y va hacia el restaurante. La comida y el consumo de varias cervezas le proporcionan una digestión agradable.
Sentado cerca de la piscina, observa las estrellas y trata de olvidar. La brisa proveniente del océano y una tenue melodía que se escucha en los altavoces lo ayudan. En la alberca, una pareja ajena al mundo funde sus carnes en un mar de pasiones y arrebatos de lujuria, donde se mezclan agua y semen. El rubor le cubre el rostro al darse cuenta de que se ha comportado como un mirahuecos. Una leve erección da más fuerza a su culpabilidad. Marcha a la habitación y esconde su vergüenza dentro de un trago de ron.
Necesita borrar el pasado, abrirse a una nueva vida, aunque para él parezca casi imposible. Gestionó la reservación para tratar de salvar el matrimonio; el rompimiento puso fin al plan.
Recorre la cabaña. Dos cuartos proporcionan la intimidad necesaria para una pareja y sus hijos. La nostalgia lo invade. Abandona la sala y va a la cama. Acostado, bebe sorbos del vaso que sostiene en la mano, en el que se mezclan trozos de hielo con un líquido color ámbar. Mira la foto de su familia y evoca hechos que no volverán a repetirse. Trata de alejar esos pensamientos y explora las paredes del dormitorio. Algunos adornos las decoran. Un gran cuadro cuelga frente a la cama. En él, sobre una playa de finas arenas, sobresale un risco a mediana distancia de la orilla. Una joven de ojos color esmeralda lo mira desde aquel lugar. Al mostrar su desnudez, provoca admiración. El rostro enigmático tiene como fondo cabellos ondulados que caen sobre la espalda. La piel, coloreada por el sol, cubre unos hermosos brazos. Los pechos, ni grandes ni pequeños, parecen tratar de perforar el lienzo. Rematan el bien torneado tronco las piernas que surgen a medias del mar; y lo más asombroso es la sensación de soledad que emana de esa mujer.
Me duermo mientras admiro la obra de arte. Arrullado por los vapores del alcohol, hago el amor con la desconocida. En la mañana despierto mojado.
Desayuno, me pongo un short, cojo un libro y voy a la playa. A la sombra de una palmera, encuentro un sitio para eludir el sol del verano. Una mochila indica que alguien se adelantó. Calculo que hay espacio para dos, me siento y comienzo a leer.
Una rara sensación recorre mi cuerpo. Levanto la vista. Una mujer con figura de diosa viene hacia donde estoy. Se detiene frente a mí y me da los buenos días. Balbuceo la respuesta y sonríe. Se inclina, saca de la mochila una toalla y la extiende a mi lado. Sentada, comienza a frotarse crema sobre la piel. Atolondrado, quiero volver a la lectura, pero no logro concentrarme. No lo niego, sería agradable servirle de ayuda; su voz termina con mi abstracción.
—Señor, por lo que veo, le gustan las novelas policiacas. Al parecer, somos fans del mismo escritor —dice mientras muestra un ejemplar de Allá ellos, de Daniel Chavarría, semejante al que leo.
Este comentario basta para eliminar mi confusión. Nos presentamos. Marina es su nombre. La conversación se extiende por horas. Al marcharse, me dice que a las cuatro podré encontrarla en este mismo lugar. La veo alejarse rumbo al motel y perderse en la multitud. Me arrepiento de no haberla invitado a almorzar.
A las cuatro, la playa está muy concurrida. Temo hallar ocupado el sitio. La veo: hace señas, ha reservado un espacio para mí. Estoy en las nubes. Una fuerte atracción me acerca cada vez más a ella. Esta vez le pido que coma conmigo.
—Ramón, no puedo.
—¿Vienes acompañada?
—Por favor, no preguntes.
—Disculpa la indiscreción.
Después de esto, apenas intercambiamos palabras, pero todavía tengo esperanzas. El sol toca el horizonte y vamos hacia el motel. Al llegar, nos separamos.
En el restaurante trato de localizarla, pero no doy con ella. Termino de comer y descanso unos minutos junto a la piscina. En un rincón está la misma pareja, entregada a sus juegos amorosos. ¿No se cansarán?
Una mano sobre mi hombro termina con mis reflexiones. La voz de Marina me lleva al paraíso. Se sienta a mi lado y conversamos. Esta vez llego más lejos. De las palabras pasamos a las caricias, de estas a los besos. Le pido que me acompañe a mi cabaña y accede. ¡Felicidad!
Disfruto los gemidos. Mi mano busca humedad en la entrepierna. Beso su boca y bajo a los pezones. Sigo y me detengo donde se unen los muslos. El vello púbico trata de oponerse, pero mi lengua encuentra el camino y toca el botón. Los gemidos se convierten en gritos y, cuando imagino que está a punto de desbordarse, la penetro. Noche de amor impredecible y sexo constante, hasta caer extenuado. En la mañana, Marina ha desaparecido.
Me baño y casi me atraganto con el desayuno, apurado por llegar a la playa. Allí, en nuestro lugar, la encuentro tendido.
—¿Por qué te fuiste sin despertarme?
—No quería perturbar tu sueño.
—Puede parecerte cursi, pero me hubiese gustado amanecer a tu lado.
Veo preocupación en su rostro.
—No me avergüenza decirlo: ya me es imposible vivir sin ti.
—No te apresures, disponemos de la eternidad.
—Es poco —digo, y reímos al unísono.
Los días pasan sin apenas notarlos. Parecemos almas gemelas. Nuestros gustos, las pasiones y los defectos encajan y forman un rompecabezas donde cada pieza necesita de la otra. El sexo se repite con la misma intensidad del primer día. Como siempre, no amanece junto a mí.
Mañana regreso a La Habana. No fui a comer; preparé un refrigerio e invité a Marina. Entra a la habitación vestida de negro, lo que resalta la palidez de su piel. El ondulado cabello cae sobre los hombros y sus verdes ojos taladran mi cuerpo. Entre trago y trago, cuento mi vida. Amores y fracasos son revelados. Desnudo mi alma ante la mujer que quiero.
Hacemos el amor más desenfrenadamente que nunca. Varias veces llegamos al final. Le propongo matrimonio. Lo que dice corta mis palabras.
—Ramón, no puedo.
Se levanta de la cama y comienza a vestirse.
—Dices que no tienes compromiso —digo mientras la sujeto por el brazo.
—Déjame marchar.
—¿Qué pasa…? ¡Te ofendí!
—Al contrario, estoy feliz. La propuesta que me hiciste es la mayor ilusión de una mujer amada. No sabes lo que he esperado por eso.
Abre la puerta y sale de la cabaña.
No tuve valor para seguirla y continué rumiando las penas hasta que mis ojos se cerraron.
El sol de la mañana da en mi cara. Los recuerdos de la pasada noche vuelven. Recostado al respaldo, repaso los acontecimientos. No acabo de entender lo que pasó. ¿Por qué algo que marchaba bien terminó así? Necesito una explicación, pero nunca le pregunté en qué cabaña se hospedaba.
Observo las paredes del cuarto, como si pudieran darme apoyo. Mi vista se detiene sobre el cuadro frente a mi cama. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Ya vestido, salgo de la cabaña. Alguien debe conocer la historia. En el pasillo, tropiezo con la señora que hace la limpieza de las habitaciones. Aparenta casi setenta años. Me observa y me dice con una sonrisa en los labios:
—¿Por qué tan apurado, joven? Parece que hay fuego en su cabaña.
—Discúlpeme, por poco la tumbo.
Quedo unos instantes mirándola. La pregunta llega de golpe:
—¿Hace mucho que trabaja aquí?
—Desde que inauguraron el motel, ya son más de cuarenta años.
—¿Y no piensa jubilarse?
—No, mijo, la vida en Cuba está muy dura para vivir del retiro.
—¿Puede usted acompañarme? Necesito aclarar algo.
Frente al objeto de mi desasosiego, comienzo a interrogarla. Me entero de que el cuadro había sido pintado por la dueña de la mansión, pues eso era antes de convertirse en motel. Fue una pintora novel, seducida por un rico señor de La Habana, quien, por estar casado, no la desposó. De la relación le quedó la residencia y algunas visitas ocasionales. Para ahuyentar la soledad, pasaba largas horas frente al lienzo. Muchas de sus obras adornan las habitaciones. Al convertirse la casa en motel, se hallaron en el sótano.
La muchacha acostumbraba, por las tardes, cuando el sol era menos fuerte, a sentarse en el risco que vemos frente a la playa. Desde allí contemplaba el pueblo. En esto se inspiró al realizar la pintura por la que pregunto, en la cual plasmó no solo su rostro, sino también sus sentimientos. Una noche no regresó y jamás se le volvió a ver. Se presume que murió ahogada al subir la marea. Desde ese día, el lugar comenzó a llamarse «Playa de la ahogada», nombre que cambió al inaugurarse el motel por el de «Playa de la sirena».
—¿Cómo se llamaba? —pregunto para confirmar mi presentimiento, aunque la respuesta me parece innecesaria.
—Si la mente no me falla…, creo que Marina —dice la señora.




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(La Habana, Cuba). Narrador, guionista, promotor cultural, Ingeniero en Telecomunicaciones y Máster en Sistemas de Radio Comunicaciones. Graduado del curso Las Herramientas del Escritor y, habilitado como guionista por el Centro de Estudio para la Radio y la Televisión. Miembro fundador del grupo Punto de Giro, que dirige el escritor y periodista Félix García Acosta (Felo). Profesor instructor de literatura en la casa de cultura Justo Vega del municipio Arroyo Naranjo. Creador del proyecto Cazadores de sueños. Tiene publicada con la editora española Ediciones Oblicuas, la novela de ciencia ficción “La Eternidad” y con la Editorial Primigenios, “El legado de los Rep” y “Espias y amantes” con la editorial Pre Hispanic Publishin; también, con la revista digital Jiribilla, el cuento “Corazón de león” y el cuento “Mariposas de la noche” el cual fue publicado en Francia como parte de la antología Lecturas de Cuba. Han sido incluidos cuentos suyos en otras antologías de Cuba. Ha recibido varios reconocimientos, destacando: premio testimonio en el XXXIV Encuentro Provincial de Talleres Literarios (2010), premio en cuentos para adultos VIII edición del concurso literario Manuel Cofiño López (2010), finalista en los premios Farraluque de Literatura Erótica en los años 2012 y 2013, Premio Ernest Hemingway en cuento 2017 y mención en el 2019.


