LOS HUÉSPEDES SECRETOS

Juan Carlos Acevedo

 

AUTORETRATO A LA MANERA DE JORGE TEILLIER

Yo también bebí oceánicamente

y busqué calor en el cuerpo de una puta.

Desperté mil veces en escalinatas y en parques

cuando el aire de la ciudad es más malsano.

Hubo noches de sexo duro, 

de puños ciegos en las esquinas.

Hubo otras de fuego y agua 

y de tiempo roto en los cuchillos.

Siempre estuvieron los amigos:

los de ocasión y los de hierro, 

los de intereses cómodos

y los que traicionan a las ocho de la noche.

El acero de los días ya no pesa,

las noches las malgasto con mi perro.

Pocos amigos arden en las manos

cuando hoy los días son silencio.

Son más altos los árboles,

los besos de las mujeres que amé,

los ojos de los hijos

y también es alta la luz del amanecer 

que rompe los huesos.

Bajo los libros veo oculta la vejez,

sobre el asfalto se hace tenue la sombra de los amigos.

Sin tropiezos veo como la noche devora estas montañas

y se atraganta de frío y de negrura.

Crece la ciudad mientras mi mano

dibuja sonrisas perdidas en barcos

que partieron antes de asegurar amarras en mi puerto.

 

 

EVALUACIÓN PERSONAL SOBRE MI CUERPO

Yo comprendo: he vivido un año más, y eso es muy duro.     

Ángel González      

Qué interés, puede tener

ocultar las arrugas y las barba cana 

dejar atrás la vida de bohemio, 

resistirme a creer en mi ceguera

Si igual, este intruso, entra en la casa

usa mis camisas, ensucia los platos,

y duerme en el sofá.  

Es inútil salir sin que se entere

pierdo el tiempo si juego a esconderme. 

Tras mi sombra están

las tabernas tardías de mi vida

llenas de vendedoras de flores y puticas,

los cuartos de hotel y sus fantasmas, 

las calles desiertas en la madrugada

y los taxis amarillos que las cruzan. 

Cuando regreso, ebrio o con insomnio,

y por casualidad me veo en el espejo 

puedo conocer mi rostro rejuvenecido:

la mirada ardiente de las viejas fotografías,

la risa de dientes de conejo

y la voz ronca de jazzista.

Inevitablemente recuerdo el pasado

y maldigo al intruso que se apodera de mis días.

 

De qué sirve evitar el cigarrillo y el licor,

adaptarse a una dieta,

tomar la pastilla contra el insomnio, 

correr una hora o cenar pescado…

si con dificultad puedo perderme 

en el humo negro de los bares

y huir del inquilino

y no dejarme atrapar por sus temblores

para poder comprar un poco de cariño en las esquinas. 

 

Es cruel la imagen de la mañana.

El espejo dice que ya no tengo chispa

que los tenis sucios y los bluyines rotos

resultan ridículos cuando se vive 

bajo el yugo del acero de los días.

 

 

LOS HUÉSPEDES SECRETOS

Es agosto y llueve sobre la ciudad.

Camino solo por el viejo estadio y observo 

(bajo los puentes o en los parques)

enamoradas parejas que se olvidan del mundo

y eso no logra estremecerme.

Veo pasar una alegre muchacha

y su presencia no logra intimidarme.

Bebo el vino de los días

en un solitario bar del centro

donde la ausencia de los amigos es presencia. 

La delgada voz de Edith

no logra remover tanto acero de mis días.

Llego a casa

el correo trae noticias de un libro, 

de la muerte de un amigo

y siento la presencia de los huéspedes secretos. 

Hace meses invaden mi cuerpo, la casa,

los inservibles utensilios de la cocina.

Me niego a alimentarlos

a dejarles una hendija,

a abrirles una puerta.

Ellos ganan terreno

se albergan en las camisas,

los encuentro bajo el sombrero,

tras los cuadros desteñidos de la sala,

en las volutas del cigarro,

en rincones donde una vieja pelota

me despierta melancolías en desuso. 

Cambiarlo todo:

el beso de Andrea en una plazoleta de Milán,

el cortejo de una muchacha en la exposición de Antonio,

mis poemas publicados en España

la triste voz de Edith

o las alegres páginas de un amigo. 

Cambiarlo todo

por patear una pelota

y sentir correr la vida

en una cancha de barrio. 

Pero los huéspedes secretos

se han tomado por asalto este cuerpo

y nada puedo hacer.  

 

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1 comentario en «Los huéspedes secretos»

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