LA TORMENTA DE DIOS

Daniel Bracamonte

En el paraíso nadie estaba ajeno de cuidados. Claro, no había mucha gente. Visible. Humano, nada más Adán. Eva, habitaba amorosamente en el sueño de Dios.

Eva pasó de la costilla de Adán a sus ojos. El único hombre, se enamoró a primera vista. Ella se sonrojo, bajo la cabeza, movió sus cabellos y le sonrió por primera vez a Adán. Luego, todo fue amor entre los dos. Hasta el día que apareció Serpis Cus Reptis.

Adán continuaba con su trabajo de ponerle nombre a todo.

En ocasiones demoraba años para volver a su hogar en el paraíso. Tiempo que aprovechaba Serpis, para visitar a Eva. Al principio la primera mujer se mostró asustada, temerosa, tímida, esquiva, retrechera, reservada, fiel y pulcra.

Con el tiempo, fue cediendo a la amistad del reptiliano. Serpis, se fue introduciendo lentamente en el afecto de la mujer. Hasta que llegó aquélla fatídica tarde en la que Eva paseaba por la orilla del río Eufrates. Vio al negro Serpis desnudo, bañándose en sus aguas. Se estremeció. Desde ese día, sus ojos para el fueron otros. En las tardes cuando Serpis iba a visitarla, Eva se acordaba de su desnudes en el río. Retrataba en su mente aquel instrumento: grueso, largo, erecto. En aquellos días, empezó la tormenta para Dios.

Para Serpis, Eva tenía una sonrisa más amplia, más sonora, más frecuenté. Las atenciones se multiplicaron. Empezaron los detalles. Acercaron más sus afectos y sus cuerpos; se besaron. Lo demás, fue fácil para Serpis. Una noche de luna despejada, Serpis se llegó a Eva.

Al llegar Adán, Eva le contó toda la verdad. El primer hombre sufrió en silencio. Quiso dejarla; no había otra. La perdonó y siguió viviendo con ella. Con su tormenta en el alma. Al llegar Dios, la tormenta pasó al nivel más alto del universo.

La tormenta pasó a Dios.

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