LA PUNTEADA LÍNEA DE LOS DÍAS

(Fragmento)

Jesús David Buelvas

El efecto de aletargamiento parecía estar cediendo. Tal vez como producto del sol que en ese momento comenzaba a calentar; quizás como resultado del hambre o del esfuerzo físico que implicaba aquella caminata. Funcionaba de esa manera. Las veces que lo había experimentado, pasaba lo mismo; la sensación de una posible desconexión desaparecía de manera paulatina mientras él se dedicaba a algo que le generara mucha satisfacción como lo eran pintar, dar clases o caminar. Esta vez había demorado más que en ocasiones anteriores, pero percibía con cierta tranquilidad que ese distanciamiento de los hechos del mundo, que ese interactuar con su entorno como si estuviera detrás de un inmenso vidrio o peor aún, como si estuviera dentro de una botella, ya estaba cediendo. Estaba a dos cuadras del centro comercial cuando tropezó con la mujer. Él caminaba distraído, absorto en la reflexión acerca de su embotellamiento mental mientras, de manera mecánica, trataba de guardar en uno de sus bolsillos su celular el cual había sacado para mirar la hora. Cuando la mujer se estrelló contra él, dejó caer las dos bolsas en que llevaba alimentos e implementos de aseo que había recién comprado en la tienda. Javier se agachó de inmediato para ayudarla a recoger lo que se había regado, tratando de comprobar, a la vez, que no se hubiera partido nada. Ella no pronunció palabra alguna. Una de las dos bolsas se había roto. Javier reconoció los signos de una profunda molestia en la cara de la mujer, en la forma en que se agachó para recoger los artículos, en la manera en que lo miraba cada vez que levantaba la cara. Una niña se acercó a ella para entregarle una bolsa que el dueño de la tienda le había mandado. La mujer le dio las gracias a la niña mientras miraba una vez más a Javier demostrándole lo perturbada que estaba. Después de haber recogido la mayoría de los artículos comentó entre dientes, como para sí misma, que nada se había roto, lanzó otra mirada de rabia al hombre con quien se había tropezado. Era una mirada inquisitiva en la que Javier también adivinó lo que ella estaba pensando. No eran necesarias las palabras para preguntarle a ese hombre qué seguía haciendo allí, por qué no se largaba. Él comprendió que no debía permanecer en ese lugar, que era mejor marcharse porque en cualquier momento esa ira estallaría; entendió que aquella situación que él comparó con una escena de cine mudo, se convertiría en un gran escándalo si continuaba estático frente a la mujer de las bolsas. Javier se enderezó. Después de pedir disculpas, dio la espalda para seguir su camino. Abandonar el sitio donde había quedado una persona con tanta rabia como la que se dibujaba en el rostro de aquella mujer no era algo que a Javier le fuera indiferente. Volteó para ver cómo ella terminaba de acomodar las cosas en la bolsa que la niña le había entregado; cómo se ponía de pie para sacudirse las manos. Las frotó con mucha fuerza cómo para que Javier sintiera toda esa ira que la carcomía por dentro. Él estuvo a punto de llamarla para preguntarle por qué se iba así; para aconsejarle que no hiciera lo mismo que hacía la mayoría de la gente; para aclararle que guardarse esa rabia que la realidad le generaba no era bueno para su ánimo; para pedirle que se devolviera; para ordenarle que lo golpeara; para invitarla a que se desahogara insultándolo; para gritarle que él no quería ser culpable de nada de lo que ella hiciera más adelante con las personas que se encontrara; personas que no tenían la culpa de la impotencia que ella estaba sintiendo. La mujer se alejó a paso lento. Javier percibió de nuevo la tristeza que sentía siempre que alguien, que había estado ligado con él, le daba la espalda para seguir su camino. Decidió dejarla tranquila. Si la llamaba, ella tal vez no entendería los motivos; no sabría cómo interpretar la actitud de un hombre que solo buscaba devolverle al mundo el equilibrio que le había quitado al entretenerse demasiado intentado comprender lo que ocurría en el interior de su cabeza mientras guardaba en uno de sus bolsillos su celular.

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1 comentario en «La punteada línea de los días»

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