BOTINES

Antony Sampayo

Abrí los ojos y me encontré estirado sobre una angosta cama de una habitación desconocida que despedía un penetrante olor a químicos. Traté de moverme y fuertes dolores me hicieron desistir. Cables iban y venían a mi alrededor. Exhalé un quejido que fue contenido y devuelto por un rústico tapabocas que abarcaba casi hasta mi mirada. Las imágenes empezaron a rodar en mi cerebro. Me mostraron lo último que había quedado grabado, el momento en que me transportaba en una bicicleta por una vía principal y resbalé en el preciso instante en que un camión fantasma accionaba un claxon demoniaco en mis oídos. Sus llantas no atendieron mis suplicas y pasaron inmisericordes sobre mis piernas, luego todo se hizo blanco, incluso el dolor.

Me mordí los labios tratando de destruir esos recuerdos. Una enfermera entró. Me miró y exclamó con tono festivo:

—¡Oh, ya volvió en sí el dormilón! Me alegro de que lo haya logrado así no sea completo ¡Había apuestas!

Me revisó con cariño profesional. Al terminar me recomendó con atraso:

—Debe evitar hacer movimientos bruscos, su cuerpo aún no está preparado.

Me aplicó un par de inyecciones y después inquirió:

—¿Le puedo pedir un favor?

Sin esperar mi respuesta, que igual no iba a recibir, pues mi aliento no me daba ni para respirar —un aparato artificial lo hacía por mí—, se agachó, metió la mano debajo de la camilla, se levantó y me mostró mis tenis de marca recién comprados, “el último grito de la moda”, y dijo con entusiasmo:

—Las enfermeras hablamos mucho de ellos.

Confundido, arqueé las cejas. Noté que se ruborizó antes de terminar de triturarme.

—¿Me los puede regalar a mí?

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