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EL CUENTO DE CARMIÑA

Edwin Peralta Martínez

Carmiña tenía la esperanza que el amor de su Don Juan Nicolás, un empresario panameño de quien había quedado enamorada, podría una vez más rendirse a sus brazos. Se trataba de esa “enfermedad” que agobiaba a toda los migrantes que, una vez que se les pasaba el enamoramiento, quieren retornar a sus ciudades de origen.

Pero ella desconocía que, aquel sesentón discotequero del que se había enamorado en la ciudad de Puerto Solón de la Sierra y quien la embelesó esa noche con galanteos de Don Juan, sería para siempre el amor de su vida. Ella había estado casada en un mundillo de penas y sufrimientos y por eso se fue detrás de su hermano, un exitoso comerciante que le pintó la opción de marcharse de Santa Rosa en busca de una nueva vida. Se estableció y se adaptó a ese nuevo ambiente de luces, empresas y rascacielos que brindaba esa bella ciudad a donde conoció al banquero, también separado y luego de tres hogares, se dedicaba a divertirse con amigos en la Zona Rosa de la imponente ciudad.

De esos amores de placer y rumba, fue naciendo un idilio basado en la necesidad de acompañarse el uno al otro. Inicialmente, las edades entre ellos marcaban la diferencia y eso hacía interesante el reto. Ella contaba con el respaldo que busca toda mujer y él tenía una dama a su lado, con experiencia y dispuesta a darlo todo por él. Al inicio se fueron dando las cosas, él la invitó a vivir en su apartamento de soltero en la mejor zona de la ciudad y ella felizmente acepto. Se fueron asumiendo los roles: ella, una mujer de casa, él era un hombre de éxito, empresario, abierto, liberal. Pensó que merecía tratarlo como su príncipe azul.

Pasaban los años y el amor fue agarrando más fuerza y el gavilán empedernido, enamorador, fue construyendo su nido y arreglando su vida. Él mismo decía se le apareció la virgen de la Cruz Roja, la santa de devoción de su ciudad de origen. Después de esforzarse tantos años y luego de formar a sus hijos profesionales y haber consolidado uno de los bancos de mayor éxito, por fin había llegado su feliz retiro.

Ella entendía que ese era el ciclo de esa vida de pensionado, por ello, le vendió la idea de viajar por el mundo y como él la complacía en todo, decidieron planificar un viaje a muchos países, en donde disfrutarían de una luna miel prolongada. Una isla del caribe fue el objetivo inicial, luego se desplazaron a uno de esos lugares donde se dan las cuatro estaciones, finalmente a la capital del mundo, ciudad que tenía planeado hace mucho tiempo ir, pero por cosas del trabajo nunca fue posible.

Pero todo se acaba, lo que obtuvo de aquella vida laboral, no daba para suplir esa vida. Al inicio, parecía normal y luego se convirtió en un dolor de cabeza por los sobrecostos de las tarjetas y los avances que hizo para materializar su objetivo. Ella notaba que su príncipe azul se tornaba callado, no disfrutaba de sus estancias e inclusive, llamaba a sus familiares distantes y se metían en un baño para no ser escuchado.

Alrededor de dos meses duró ese periplo y aunque retornaron a su hogar más felices, en apariencia, todo se tornaría más difícil para la vida de ambos una vez que las cosas retornaron a la normalidad. Él no sabía cómo decirle que la vida de lujos que llevaba cuando lo conoció, cambió. Él comisionaba y recibía coimas que le permitían tener una vida lujos, pero ahora tocaba ajustarse a la nueva situación económica.

Ella no lograba entender lo que estaba pasando, ya que tenía la idea de haber conocido un hombre con mucho poder económico. Aparecieron los conflictos y los achaques de viejo a él y ella, empezó a sentirse acorralada en una relación que al final no sabía qué hacer. Pensaba que se había equivocado y una vez más le habían metido gato por liebre.

Desesperada, llamó a su hermano y le consultó sobre la situación. Su hermano, sin pelos en la lengua, le aconsejó que le echara cianuro en el café y se quedara con la pensión. De inmediato ella le colgó la llamada y se encerró en su cuarto a llorar; el marido al verla en ese estado, se acercó con el fin de consolarla. Finalmente, terminaron amándose profundamente en la cama, ella tenía la tranquilidad que le producía su hombre amado.

Al día siguiente, ella salió para la cocina en busca de un café y pudo notar que su marido no se levantaba, estaba muerto. Se le vino el mundo encima, estaba en otro país, con otra realidad y como loca salió en busca de ayuda. De inmediato las autoridades llegaron y con los rigores respectivos, se hizo el levantamiento del cadáver. Empezaron los gastos, ella no sabía del manejo de tarjetas ni nada. Se le pudo dar cristiana sepultura, los hijos y pocos amigos que se enteraron se acercaron al funeral; su hermano sólo asistía por celular y pensó que ella había incidido en el fallecimiento de aquel sesentón.

Ahora Carmiña vive sola en un apartamento pequeño, no sabe qué hacer con su vida; quedaron muchos recuerdos de él y cuentas por pagar. Comenzaba la puja por los bienes y el patrimonio adquirido para pagarlas.

Ella llegó a ese país para salir de tantos desamores y finalmente se encontró con lo que más detestaba: La soledad.

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2 comentarios en «El cuento de Carmiña»

  1. Nilsa Deris Peñaloza Gonzalez

    Excelente amigo Edwin, es una historia en las que muchas mujeres se ven reflejadas, el tigre no siempre ea como lo pintan dice el refrán….

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