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CAFÉ

Magda Liliana Plazas

 

¿POR QUÉ?

En algún lugar,
las risas quedaron suspendidas.
Tu mirada terca, esquiva,
rehusaba encontrarse con la mía.

Ese vaso saboreó tus labios
mucho antes de que yo lo hiciera,
y escucharon cómo dos almas
se desnudaban en confesiones.

Por fin,
después de contemplar la nada tantas veces,
te atreviste a mirarme,
a despojarme de lo
que creí mi refugio, un lugar seguro.

Una propuesta inesperada
me llenó de dudas:
¿fue mi voz, mi gesto,
lo que encendió tu deseo?

¿Acaso los días compartidos
fueron un preludio oculto,
plan secreto?

¿Por qué?

Nunca me diste señales,
una chispa que me invitara a imaginarlo.
¿Es una broma?
Te observo y sé que no.
Y, aun así, me repito:
¿por qué?

El licor en mis venas
me regala el valor
de robarte un beso:
fugaz, intenso,
un destello de dopamina
que me recuerda
que sigo viva,
que el fuego aún arde en mí.

Pero lo contengo,
lo dejo dormir,
lo guardo para alguien
que sepa verme.

Alguien que no se quede en mi piel,
sino que mire mi corazón, mi alma,
y no tiemble ante ellos.

¿Son tus ojos, tu boca,
tu sonrisa o tu voz
lo que me atrae?
No lo sé.

Solo sé que no soy tu elección como mujer,
pero sí tu refugio de deseo.

Suspiro.
Y, al final, recuerdo:
sigues siendo hombre,
hombre de sed y pasiones reprimidas.

Y yo…
apenas un objetivo cercano,
tal vez.

 

 

CAFÉ

Sentada, rodeada de rostros extraños,
me embriaga el aroma sutil
de caramelo, vainilla y café.

Me encuentro con sus ojos:
ojos color café,
café intenso como el aire que respiro.

Una mirada inocente, nostálgica,
tímida.

Su hocico descansa en mi pierna,
y en su ruego silencioso
brilla la historia de una vida fría:
golpes, lluvia, sol,
la huida constante de aquí y de allá.

Su vientre clama hambre, sed, miedo.
La nostalgia me golpea:
alguna vez tuvo un hogar, techo, comida.
Ahora, arrojado a la suerte,
aprendió a mendigar,
a saciar su pequeño estómago
con las migajas que caen,
indiferentes, al suelo.

Su nariz fría y húmeda
me arranca del recuerdo
y me devuelve al presente:
pan caliente, café recién hecho.

No puedo comer
sin atender primero su súplica.
Un movimiento alegre de su cola,
y el brillo profundo, acogedor,
de sus ojos color café,
fue el gracias silencioso
de un ser que alguna vez
fue amado.

 

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