CARTA A MI MADRE AUSENTE

Ricardo Hernández López

Quizá no te enteres de estas palabras en el lugar donde te encuentras, o tal vez sí. Ya pasaron veinte años y todavía siento ese dolor que desgarra por dentro y se convierte en herida que cicatriza, pero difícilmente desaparece. Cierro los ojos y parece que estás ahí, con tu ropa deportiva que tanto te gustaba, corriendo a mi lado en aquel céntrico parque de la ciudad, rodeados de buganvilias y jacarandas, respirando ese aire matutino que revitaliza el alma, despierta sentimientos y hace sentir que estás vivo. Cómo no recordar aquellas mañanas, si parecía que nada sucedía. Hasta que te llegó la maldita corazonada. De ahí que, sin dudarlo, fuimos al doctor ese fatídico día y, de antemano, ya presentíamos el resultado: cáncer de mama demasiado avanzado, a lo mucho un año de vida. Todo cambió de golpe y claramente podíamos ver el final de la línea, la que irremediablemente tenías que cruzar. ¿Qué palabras se le pueden decir a una madre en esta situación?

Cómo olvidar que tu destino se formó de trabajo y responsabilidades. Fuiste madre a los 13 años, en el punto que no distinguías entre juego y realidad, cuando fui juguete antes de ser tu hijo, cuando fuiste mujer antes de ser niña, cuando fuiste verdad antes de ser un sueño. Pero la naturaleza te daba a entender la responsabilidad para conmigo, y así fue que olvidaste la escuela, los juegos e hiciste a un lado tus andares infantiles. Te dedicaste a cumplir el papel que el destino te había asignado en el teatro de la vida.

Cuando cumpliste 45 años tus amigas te llevaron un pastel y no podían creer que, a pesar de tu largo tratamiento médico, de la mastectomía, de las radiaciones y de las tristes noticias del Oncólogo, disfrutaras el momento, sabiendo que quizá era el último. Recuerdo que mis hermanos nos visitaron y dijiste que te gustaría morir ese día pues estábamos todos tus hijos reunidos. No tuvimos palabras de respuesta.

A los dos meses te fuiste a dormir y ya no volviste a recuperar el sentido. No supe qué hacer, nunca me preparé para ese momento. No me sabía el teléfono del hospital, olvidé el número de tu doctor. A las pocas horas ya estabas en aquella ambulancia rumbo al hospital, nunca comprendí el intenso dolor que te causaba ese traslado.

No se pudo lograr nada contra el cáncer que te invadió. Sabías el desenlace. Siempre me pedías que llegado el momento estuviera contigo, por eso, y por miles de razones más, estuve junto a ti, miraba los esfuerzos que hacían los doctores y las enfermeras para reanimarte, y cuando te levantaban para realizarte más estudios tus quejidos me taladraban el alma. No soporté más y, en un gesto de amor o desesperación, pedí que ya no te hicieran nada, que olvidaran los análisis, que detuvieran las inyecciones que tantas veces intentaban aplicarte y que fracasaban porque no encontraban tus venas.

Me pidieron firmar un papel para detener todo el tratamiento posible, me dejaban la responsabilidad de autorizar tu irremediable partida y… con lágrimas de infinita tristeza firmé. Las enfermeras movieron las cortinas y cubrieron el espacio, en una actitud de respeto que siempre les agradeceré. Y ahí estuve para guardar tu último suspiro, te platiqué tantas cosas, te di cientos de besos, te agradecí por mi vida, por tus enseñanzas y, porque a pesar de tus largas jornadas de trabajo, siempre me protegiste, como cuando lavabas ropa ajena y me pedías me escondiera bajo el lavadero para que los niños de esas casas ricas no me molestaran. Te ofrecí perdón por tantas travesuras mías, por los días de pinta, por no entenderte cuando dejaste la casa, por no escucharte cuando llorando gritabas que no te comprendía.

Aún me duelen tus lágrimas y tu tristeza. Así transcurrió el tiempo de espera, sentía el dolor de mi espalda por permanecer tantas horas de pie, pero no se comparaba con los dolores que tú tenías. Te tuve entre mis brazos escuchando tus últimos deseos de la vida hasta que te vi partir. Tu sufrimiento, según yo, había terminado, a la fecha no lo sé… Quizás pude haber hecho más.

Pero como lo habíamos platicado, después de fallecer tal vez no recordemos nada, no tendría razón de ser que, después de tu partida, siguieras con la angustia de saber qué sería de nosotros. Olvida mamá, vive esa otra vida, realiza tus grandes sueños y, si empiezas de nuevo, goza de esa infancia interrumpida, juega con los ángeles, con tus seres amados y platica con Dios. Aquí te sigo recordando, continúas viviendo en mi corazón y disfruto cada minuto de vida como me enseñaste. A pesar de lo caprichoso del destino, algún día te alcanzaré, al igual que la tuya, mi alma partirá al puerto de aquel lugar desconocido y aparentemente distante ¿Cuándo será? No lo sé. En esta vida ¿Quién es eterno? En este mundo ¿Quién vive para siempre?

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2 comentarios en «Carta a mi madre ausente»

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