LA MUERTE DE AX

Daniela Mendoza

«Si todos los hombres tuvieran la oportunidad

de morir a menudo, no habría ninguno

que no fuese sabio.»

El día de la partida, Enrique Serrano.

 

La campana de la iglesia sonaba por tercera vez en el día. La temperatura cada vez bajaba. La mente de Ax no se detenía.

—¿Me estás escuchando?

—¿Ah no? Sí, claro que lo hacía.

—¿Qué estaba diciendo?

Ahí va de nuevo. Todo eso lo tenía cansado, siempre era lo mismo. Todas las tardes debía escuchar a su irritable novia, la cual no eligió, solo para ser un buen novio.

—¿Estás bien?

—Claro, ¿por qué habría de no estarlo?

Había pasado una noche de mierda. Le diagnosticaron cáncer en los pulmones hacía tres meses. Sabía que pronto moriría, desconocía cuándo pero lo iba a hacer. Su mente no dejaba de pensar en todo y en nada. No quería morir, pero a la vez sí.

—¿Si supieras que solo vivirás un día más, ¿qué harías? —la interrumpió de repente.

—Pues haría las cosas que siempre he querido.

—¿Sin importar qué?

—Es mi último día, así que…

—Me tengo que ir.

—¿Qué? No he terminado de hablar.

—Pero yo sí.

Salió de la cafetería con una sonrisa de triunfo, eso se sentía bien. Llegó a su auto y se dirigió al único lugar donde podía estar solo.

—Debes estar bromeando.

Su lugar solitario ya no era tan solitario. En una vieja motocicleta había un hombre observando todo Greendale.

Se aparcó al lado de la motocicleta, se bajó y se sentó en el capó del auto. Ninguno dijo nada.

—¿Fumas?

Rompió en silencio el desconocido. Ax observó la caja que le tendía. Mandó todo a la mierda y tomó un cigarro.

—Tengo cáncer pulmonar.

—¡Oh! —Fue lo único que el extraño dijo.

Ax lo miró y el desconocido ni siquiera se percataba de su presencia. Él quería que sintiera lástima como los demás, a que se asombrara por su osada decisión, pero el extraño no lo estaba en lo absoluto.

—¿No dirás nada? Te dije que tengo cáncer, este cigarro podría matarme.

—No vas a morir. No todavía.

—¿Cómo lo sabes? ¿Eres Dios o algo así?

—No, pero sí sé que no estás preparado, no tienes mentalidad de finalidad.

—¿Mentalidad de finalidad?

—Si la tuvieras, no habrías cogido el cigarro.

—Si te refieres a pensar en que moriré todo el día, todos los días, creo que sí la tengo.

—Simplemente te estás torturando. La mentalidad de finalidad te hace un sabio.

—¿Sabio?

—Sí.

—¿Lo dices porque no estoy viviendo cada momento como si fuera el último, y lo quisiera atesorar para siempre?

—No, toda sabiduría es diferente.

—Tal vez esta es mi sabiduría.

—No, un sabio no caminaría a la muerte de una manera tan simple, por lo menos habrías hecho algo antes de eso.

—¿Entonces…?

—Primero aprende de la sabiduría que te brinda la muerte y después podrás morir, Ax.

—¿Cómo sabes mi nombre?

El desconocido simplemente sonrió mientras encendía la moto y partía del mirador a toda velocidad, dejando atrás a un Ax reflexionando sobre aquellas palabras. En ese instante, comprendió que ya había muerto y aquel forastero de la moto, le notificaba sobre su nueva condición.

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1 comentario en «La muerte de Ax»

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