ZAPATOS 43

Limedis Castillo

El cuerpo extendido tenía la disposición de una línea fragmentada; una línea que resistía la inclemencia del tiempo y de su propia soledad. Estaba boca abajo. Un brazo impedía la visión total del rostro. Nada lo cubría. Había sobrellevado el calor sofocante del mediodía incandescente. Un sol vestido de pájaro le acompañaba hasta que llegó la lluvia; una lluvia de diluvio que olía a moho y a ceniza, que caía, lentamente, como agujas de plomo. En una hora de intenso aguacero, se habían transformado las calles en corrientes impetuosas, que buscaban, a toda prisa, aliarse entre sí para desembocar en un riachuelo fósil, que cobraba vida de súbito, inundando los barrios marginados del sector.

La corriente trató de arrastrar el cuerpo ante la mirada impotente de los transeúntes que esperaban en los andenes a que amainara la tempestad. La fuerza de las aguas alcanzó a moverlo, inclusive, a cambiarlo de posición; pero era tal la resistencia del cadáver que logró quedarse en su espacio, a la espera de lo que no vería ocurrir. Sin embargo, el poder del agua vació sus bolsillos; uno por uno fueron desfilando sus posibles documentos de identificación: la cédula de ciudadanía o algo parecido presidía la procesión. El fenómeno natural se confabulaba contra él y no permitía que nadie pudiera aproximársele. Después de la lluvia la muchedumbre comenzó a formar un círculo, como una oruga corpulenta y pegajosa; un tropel compasivo que equidistaba del cuerpo marchito, subyugado a la tierra fangosa. Era tan grande la orfandad del cadáver que los espectadores quedaban atónitos ante esa predisposición que tenía hacia el abandono.

Era octubre. El cadáver reposaba al lado de un charco amarillento. No presentaba heridas; tal vez, también se las habría llevado la corriente, a pesar de la negativa del occiso. Naturalmente, ya no tenía documentos de identificación; la corriente se los había usurpado para cumplir el designio de bautizarlo como un N.N. más.

Allí estaba yo, olvidándome de mí, frente al cadáver; y a unos pasos, los agentes de investigación judicial acordonaban la zona y realizaban pesquisas entre los curiosos, sobre los hechos acaecidos. La policía sometía a requisas a algunos incautos transeúntes que entraban en el sector y que luego de ver la soledad del cadáver se quedaban enredados en una maraña de comentarios y especulaciones. La muchedumbre se envilecía por la incertidumbre y el desamparo del cadáver. Algunos hombres hacían conjeturas dislocadas, pero había un solo consenso: “El muerto necesitaba compañía”.

Eran las cinco y veintinueve. Ya el cadáver había padecido el sol, la lluvia y la impotencia de tantas miradas. Ya se iba acostumbrando a la desazón de todos los muertos, al fervor de una lluvia impetuosa, de dos horas, que dejó serias inundaciones en los barrios pobres. Ahora, eran las cinco y treinta.

– ¿No han llegado sus familiares? – preguntaba un agente de policía a otro de menor rango.

Entre los transeúntes me encontraba yo, desvanecido y ensimismado; no sé por qué pero merodeaba al cadáver de aquí para allá y de allá para acá como si estuviera en un cuadrilátero imaginario.

Luego, me hacía a una de esas esquinas donde los boxeadores se esconden de su agresor. Veía llegar más gente. Llamadas por celular aquí, radioteléfonos por allá. Y se escuchaban comentarios: “Es un inocente, tan joven…”

Yo seguía allí. No sé por qué no me retiraban de en frente del cadáver, ya que me encuentro dentro del perímetro demarcado por las autoridades para restringir el paso de los civiles. Nadie se percataba de mi presencia. Sentía ansiedad de que llegara alguien y lo reconociera; alguien que lo llorara y reclamara, a los cuatro vientos, el infortunio de esa existencia; alguien que se enloqueciera frente a él y dijera palabras desangradas llenas de incoherencias; alguien que besara el cuerpo, lo abrazara y le brindara unas lágrimas o algunos gritos cargados de obscenidades.

El fiscal judicial llega al lugar; le acompañan un técnico en dactiloscopia y un fotógrafo; tomaron las huellas de las manos muertas con una tinta que dejó ennegrecidas las uñas y las palmas. Los últimos registros fotográficos dejaban enceguecida a la jauría de observadores que se resistían a abandonar el sitio, pese a las advertencias de la policía. Otros aprovechan la oportunidad para vender controles remotos, música pirateada, juegos de llaves americanas, inclusive, se expendía máquinas de afeitar, baterías, venenos para las cucarachas y crispetas con sabor a caramelo.

De alguna oficina cercana, alguien trae un mantel y lo cubre. Yo no puedo ver su rostro. “Tal vez la corriente en la escaramuza de llevárselo, lo dejó sin él”, pensé. Pero, sí hay algo cierto: el cadáver es inmenso. Los zapatos y las pantorrillas quedan por fuera de la protección del mantel calado. Los zapatos son grandes, talla 43. Puedo leer su número rodeado de un círculo; también leo en la suela izquierda una dirección, podría ser de alguna zapatería. Le resto importancia y lo mismo hacen las autoridades, creo.

Yo observaba los zapatos inmensos del hombre que yacía en el suelo. Eran unas semibotas, de un cuero marrón, muy oscuro, y medias blancas, las que logré ver, no sé por qué resquicio. Las suelas estaban gastadas a un lado, lo cual revelaba algún problema en sus piernas, en sus pasos. Las manos eran amplias y carnudas; no mostraban callosidad, probablemente, era un artista.

Entre la multitud brotaba una orgía de olores. Una masa compacta, que hacía las veces de ciempiés inmenso, protegía al cadáver de los perros callejeros y de astutos recicladores que, también, lo acechaban. Los testigos oculares, falsos por supuesto, murmuraban, cada vez, con vehemencia y con mayores apreciaciones: “Que al muerto lo habían echado allí; que le habían disparado a quemarropa unos tipos de una moto; que lo bajaron de un carro y le dispararon y que se llevaban a otros para ajusticiarlos con más paciencia; que es una vendetta entre sicarios; que no quiso pagar una extorsión…” Un mar de hipótesis en torno a aquel cadáver rodaba por las bocas de los transitorios ciudadanos. La nostalgia invadía a cada persona y quedaban imantados por él y por su desamparo. En el cadáver se acumulaba toda la soledad y el abandono de la muchedumbre.

Yo me preguntaba cómo habría pasado; cuáles hechos acontecieron antes de la llegada de las personas que observaban con pudor el mantel calado y aquellos zapatos, inmensos, talla 43. De repente, me asaltó una imagen: La de una mujer con un pasamontañas. Una pistola Glock 9 mm en la mano, un blue jean descaderado, una blusa blanca de encaje con una chaqueta de cuero negro; parecía ser la jefe del grupo, y la llamaban con familiaridad “Doña Gladis”. Hablaba en imperativo; su voz era firme y decidida. Los cuatro tipos que la acompañaban portaban pistolas al cinto y cada cual con un fusil R-15 en la mano, dispuestos a considerar cualquier dificultad. 

El cuerpo comenzaba a enrarecer el aire. Una manada de moscas azules se juntaba y zumbaban cada vez más cerca y con más persistencia como anunciando una gran fiesta. Los zapatos 43 estaban brillantes, limpios, pero todavía ensopados por el bautismo de la lluvia.

Me llega a la mente otra imagen: esta vez, era una fila de cinco hombres, en la cual yo me encontraba de último; estaba la misma mujer del pasamontañas; observaba las pupilas de cada uno de los que me acompañaban en la fila. Afirmaba con la cabeza y al mismo tiempo con su voz titánica: éste sí, este sí, este sí y este también; y al llegar a mí, me observó y pude ver sus ojos, tenía unos aguamarina, como los de un felino oculto; sus pestañas como un enjambre y sus cejas tupidas y rudimentarias. Saltó de sus labios una sentencia: “A este chuletéenlo”.

El cielo presagiaba, nuevamente, una lluvia irrespetuosa y repentina. La zona en la que ahora yacía el cadáver era considerada zona roja después de las seis de la tarde, incluso, para los mismos delincuentes de la ciudad. En este sector, de día funcionaban oficinas gubernamentales, compraventas y almacenes de autorepuestos.

Pero de noche era una zona de tolerancia: los burdeles con sus prostitutas baratas, los travestis arrebatados y los expendedores de droga y sus gavillas de consumidores irascibles lo trasformaban en un lugar lúgubre y tétrico, apropiado para perder la vida o practicar cualquier fechoría.

Los agentes de policía y funcionarios judiciales querían irse del lugar. Después de las últimas pesquisas e inspecciones de rigor, el fiscal de turno no soportó esa inclinación del muerto al desamparo, por lo que prefirió mejor abandonar la escena del crimen; subió a un carro blindado de la institución judicial y se marchó sin más justificación que su silencio.

Los técnicos en criminalística eran más bien indiferentes ante la soledad de aquel; como autómatas, tendieron una camilla para levantarlo y llevárselo. Yo aprovecho y me acerco; nadie me detiene, inclusive, no se percatan de mi presencia. La multitud se resiste a dejar de custodiar el cadáver y marcharse. Después de cinco horas y media de estarlo sitiando, me apresuro, trato de descubrir de cerca de quién es el rostro cubierto por el mantel sagrado que lo protegía del reparo de los curiosos. Ponen la cabecera de la camilla en la furgoneta y antes de que lo ingresen, retiro el mantel y descubro que posee mi camisa y mis zapatos, talla 43. Tendría unos treinta y cinco años. Sus ojos estaban absortos; sentía su mirada fija, en mí.

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2 comentarios en «Zapatos 43»

  1. Existen muertes tan repentinas que a veces al alma no le da ni tiempo para darse cuenta que ya su cuerpo no la puede seguir conteniendo, esas son precisamente las que empiezan a vagar hasta que logran hacer consciencia y encontrar la luz.
    Muy buena historia, recreé en mi mente cada imagen.
    Felicitaciones al autor.

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