EL DILEMA DE LOS CONCURSOS Y LOS PREMIOS

Jesús David Buelvas Pedroza

Varios de los autores que conozco o de los que he oído hablar y cuyas obras en ocasiones he leído, han forjado gran parte de su reconocimiento gracias a ese juego dudoso de los concursos y los premios. La participación de los escritores en certámenes o el recibimiento de algún galardón por los méritos de su obra es de vieja data. Pero por más antiguo que esto de los concursos y los premios sea, parece estar destinado a que la duda que se cierne sobre ellos permanezca como uno de sus rasgos inherentes. El aura de imprecisión que motiva conversaciones igual de imprecisas cuando un premio conocido a nivel mundial es otorgado o cuando un escritor gana un concurso, parece estar destinada a no desaparecer. Y habrá quienes consideren que es lo que corresponde, pues, entre otras razones, estos eventos están relacionados con el campo de la creatividad que quizás más se nutre de la imprecisión; el campo literario.

Existen premios y concursos desde los más remotos tiempos, y quizá la existencia de los mismos haya sido el motivo principal de la creación de muchos de los libros que hoy conocemos y leemos. Es probable que, sumada a la vocación y al talento del escritor, la motivación externa de los premios y los concursos haya servido para que más de uno de los hombres de letras que han pasado por este incierto mundo se sentara frente a la mesa a devanarse los sesos con la firme intención de, teniendo en cuenta las bases de dichos certámenes, escribir unas páginas para ganarse algunos pesos. Genera algo de desazón esta actitud del escritor, pero existe y es válida en medio de todo lo que concurre en este mundo en el que cada quien está en libertad de invertir en lo que quiera y como quiera tanto su tiempo como su talento. Quisiera uno creer que la actitud creativa de un escritor siempre está movida por la ética de la creación, pero bien sabemos que los escritores son solo seres humanos y como tal están expuestos a las mismas vicisitudes que los otros y, peor aún, son sometidos por la exigencia esclavizante de su ego. Se conjuntan así dos aguijones que hacen de cualquier talento una máquina creativa; el ego y la necesidad trabajan en conjunto para que ese escritor se esfuerce tratando de alcanzar gracias a su escritura ya sea un poco de dinero o algo de reconocimiento.  

Más allá de las razones de cada escritor para participar en el dudoso juego de los concursos y los premios, es preciso reconocer que estos pueden ser importantes en la medida en que visibilizan las obras de algunos autores que han trabajado seriamente durante años y que han tenido la fortuna de ser favorecidos en alguno de ellos. Si bien es cierto que existe un manto de dudas que se cierne sobre estos eventos debido a los rumores creados tanto por las comunidades de lectores inconformes al no ver entre los premiados a sus escritores predilectos como por algunos de los autores no ganadores, no debemos restarles la importancia que se merecen en una sociedad en la que el oficio literario no es muy bien visto desde el productivismo capitalista. Ganarse un concurso o un premio con un buen monto, además de arreglarle la vida al escritor que se lo gana, realza un poco la imagen del oficio literario, y hasta atrae a personas que, impresionadas positivamente por el asunto, empiezan a relacionarse de alguna manera con un campo artístico bastante estigmatizado en estos tiempos.

Una existencia veraz de los premios y los concursos, libre de hechos y razones que generen resquemores, libre de tramas conspirativas o rosqueras de las que tanto abundan entre los círculos literarios con algo de estatus y presupuesto, podría servir para motivar a más escritores a tomar en serio su oficio; podría impulsar procesos editoriales, escriturarles y lectores en las comunidades; podría apoyar procesos culturales, educacionales y formativos, incentivando la creación y el fortalecimiento de grupos de pensamiento. Esta existencia veraz de los concursos y los premios estaría determinada por factores como la abundancia y promoción permanente de los mismos, el apoyo de instituciones tanto públicas como privadas interesadas en la promoción de políticas culturales en beneficio de los grupos sociales a los que influencian directa o indirectamente, o por el respaldo siempre necesario de los gobiernos en cuanto a procesos culturales y artísticos se refiere. Si esto se diera, sería probable que tuviéramos una profunda repercusión del hecho literario no solo en las dinámicas culturales sino también en las dinámicas políticas y económicas de sociedades que precisan un norte para que sus individuos desarrollen altos niveles de criticidad cuya consecución es improbable sin la existencia de procesos vinculantes desde lo ético y lo estético.

Si bien los concursos y los premios no son el fin último del trabajo literario de un escritor, estos podrían ser, por razones ya expuestas, un poderoso coadyuvante para que el hecho literario se empoderara en sociedades tan necesitadas de ello como lo es la nuestra. Se necesitaría, claro está, que estos se constituyeran a partir de dinámicas nada amañadas por los padrinazgos y favorecimientos que, al parecer, convierten la mayoría de los premios y concursos existentes en tretas creadas para satisfacer las intenciones de las mafias literarias que de alguna manera se apegan a los vicios de la sociedad del espectáculo siempre regida por intereses capitalistas. Bajo estos parámetros se hace comprensible que haya una actitud negativa de escritores y lectores para con estos eventos, reforzada a su vez por la manera sesgada y sectaria con que han sido manejados varios de los muy pocos que quedan en Latinoamérica y sobre todo en Colombia para no extender el asunto a otros contextos.

Un premio o un concurso no debe determinar el trabajo personal, íntimo del escritor. Pero sí puede ser un impulso para el reconocimiento y la difusión de lo que este escribe, motivándolo a seguir en un oficio en el cual lo único seguro es lo incierto. Tampoco deberían condicionar el gusto de los lectores. Pero esto es algo que innegablemente sucede en la sociedad de consumo a cuyo servicio, da la impresión, han sido puestos algunos de los concursos y los premios literarios más reconocidos en los últimos tiempos. Este juego de contradicciones genera un efecto aún más dañino; la decepción y el pesimismo de muchos escritores y de no pocos lectores al sentir que los premios y los concursos en lugar de impulsar lo literario, terminan cayendo en la ominosa dinámica de la corrupción generada por el sistema en que vivimos; sistema tentacular del cual ni siquiera los escritores, las consciencias críticas de la comunidad, ni la literatura misma junto a todo lo que le atañe, incluyendo los concursos y los premios, parecen poder escapar.  

Sería muy positivo mirar este asunto en prospectiva, pensando que las dinámicas de los concursos y los premios en nuestro contexto, rico en astucias y artimañas, con el tiempo mejorarán. Ese puede ser uno de los grandes deseos de los escritores. Si algo está claro es que un factor como este, relacionado con la realización de concursos y con las convocatorias para premiar las obras de autores que se han dedicado con constancia y esfuerzo al trabajo literario, ayudaría a mejorar las dinámicas culturales y económicas dadas en torno al mundo de las letras y ¿quién, por más ególatra y desentendido que quiera mostrarse con respecto a este tema, no desearía que el campo en que se desempeña ofreciera mayores oportunidades para dar a conocer su trabajo? La sociedad en que vivimos está en mora con los amantes de la literatura, tanto escritores como lectores, y que empecemos a pensar este aspecto con la claridad de que debemos exigir y plantear estrategias y acciones para gestionar su pronto mejoramiento no estaría nada mal.

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2 comentarios en «El dilema de los concursos y los premios»

  1. Muy interesante texto que es reflejo de los acontecimientos actuales, Donde los premios no son para quien deja su alma en el escrito sino por el contrario para el más popular o quien poseer más contactos.
    Sin embargo es Loable que existan aún, aunque en alto riesgo de extinción personas que transmitan emociones a través de las letras. Un aplauso para todos los que escriben no por un premio sino para vaciar el alma.

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