MELANCOLÍA MATINAL

Abel Rivera García

 

A LA CIUDAD DE CIÉNAGA

Lar bendito que embriagas mi razón:
eres marina y serrana, de laguna y pantanal,
tu riqueza pesquera, minera y forestal
hoy me impulsa a cantarte con pasión.

Eres vergel de eterna primavera
con dulces frutos de carmín
y el sutil aroma de jazmín
por fragantes a tus mujeres distinguiera.

Tu verde ciénaga tachonada de manglares
y los mansos mares de riqueza natural
inspiran bardos y juglares de tu estirpe cultural
que con poemas y canciones ensalman tus pesares.

Tienen tus gentes, más que ninguna,
la pura raza del Caribe tropical:
espontánea, sibarita, clara como el cristal.
¡Por Dios! ¿Podrá haber mayor fortuna?

 

 

LAMENTO A SERANKUA

¡Ya quisiera que así fuera, el río en su desembocadura!
como una pluma de oro forjada en verde crisol,
allá arriba, en las alturas de nuestra Sierra Nevada,
moldeada con la maestría por las manos bienhechoras
del orífice ancestral que por siempre la ha poblado,
y que su ambiente ha respetado y en sus aguas ha mirado
muchos astros y luceros desde un lejano pasado,
para encomendar al mundo con sus piadosos ritos,
abluciones, oraciones, y sagrados pagamentos,
por la vida y por la gloria, por alimentos y paz.

Lo que fuera un río de mieles del cual saciaban la sed,
aves, peces y animales de la tierra y de los mares,
desde que el indulgente Serankua a nuestra raza dio vida
y complacido en su obra nos puso a vivir aquí.
Hoy han cambiado las cosas, ya no queda nada igual
pues, a su paso por la urbe, que ayer tuvimos por perla,
la más bella del caribe, la de los arreboles dorados,
que sin orden ni concierto aquel gentil español
a la usanza de su patria en sus riberas fundó.

Hoy, inexorablemente han pasado los tiempos.
Lo que fue ayer un áurea pluma, es un mancillado plumón,
que, aunque conserve el color, son detritos, son las heces
de una ciudad sin pudor que a las playas y corales
sepultó en un aluvión de inmundicias y miserias,
sin considerar siquiera, medidas de prevención.
¡Oh, mis dioses de la sierra! ¡Oh, guardianes de mi heredad!
¡Almas de toda bondad! Tu perdón y divina protección,
hoy de hinojos te suplico, y entre llantos yo te imploro
que la gente de esta tierra impía, ¡tome consciencia un día!

 

 

MELANCOLÍA MATINAL

Es domingo en la mañana y un tenue sol
se insinúa entre las nubes grises,
luego del cruel desvelo de mi noche.
Por fin el tiempo apuró su amanecer
y asoma sobre los albos picos de la Sierra Nevada,
irrumpiendo entre las negras cortinas de la noche.

Ansioso por verte, hermosa mía,
su luz entra por la ventana de tu alcoba
y con sus rayos de alborada acaricia tu faz;
y al verte, se alegra la mañana
para que el sinsonte, maestro cantor,
inicie su alegre melodía con los mejores acordes
de la sinfonía matinal en la floresta.

Mientras tanto, la lluvia de nostalgias cae a torrentes
sobre la abrupta cuenca de mi alma pesarosa,
que se inunda de recuerdos por tu larga ausencia;
allí, donde te espero con la carga de mis tristes sueños,
y se desmadra el río de mi melancolía.

 

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