EL HOMBRE QUE NADA BUSCABA EN UNA CIUDAD PEQUEÑA

LImedis CAstillo

Daba leves golpes. Intentaba, por todos los medios, no ponerse en evidencia. ¡Claro!, era el mejor ladrón de lápidas. Cada descarga sobre el cincel constituía un verdadero secreto, perceptible solo al oído de los muertos. A él, por esa maraña de fatalidades, le tocó trabajar a muy temprana edad. No podía dejarse abatir del hambre. A los doce años huyó de casa. No soportaba a su padrastro ni sus sermones ni sus golpizas. Tuvo una adolescencia agitada, comprometida con el trago y el cigarrillo. Para escapar de su soledad, logró facturar algunos años acostándose con putas ocasionales. Ya entrando a los veinte, conoció a una mujer. Pensó en la felicidad completa. No fue así. La mujer se marchó después de tres años de estar conviviendo en ese infierno, que él se obstinaba en llamar hogar. Un chofer de tractocamión la sedujo, no con mucha dificultad, y se la llevó para siempre. Hasta el día en que cohabitó con ella trabajó honradamente; aspiraba tener una casa propia, una vejez tranquila, rodeado de hijos y nietos. No tuvo hijos. Ni siquiera uno de esos indicios frecuentes en las mujeres: retrasos menstruales, náuseas; nada de eso que pudiera alentar en él, la ambición de ser padre.

“Anoche, estuve en el muelle, disertaba con mi sombra, mientras las olas se suicidaban en los espolones. Caía en la incertidumbre de intentar buscar algo que no encontraré. Siempre me ha parecido que esta ciudad tiene, de noche, un hálito prodigioso que envuelve al más despistado lugareño.

Luego, una irrupción de estornudos me atacó; “es la alergia al mar”, pensé. Continuamente me abruma. La luna se escondía entre los cocoteros. Bebo un poco de brandy para reanimar mi retiro y aquí sigo usurpando la soledad de las olas, siendo infiel al desierto, bebiendo a solas en la religión de mi aridez. Me tomé unos tragos mientras sentía crecer el abandono de los años que me espiaban desde la oscuridad…”

Él sabía que en la ciudad de Dunaria había poco oficio para un hombre de treinta y cinco y sin ninguna profesión. Su vida de poeta era una sinfonía de golpes en el áspero murmullo de la rutina. En esta ciudad, perdida en el desierto, se encontraba lejos de todo, incluso de sí mismo. Para rebuscarse, vendía corazones de chocolate, también flores con poemas en las entradas de los cementerios y en los parques atiborrados de amantes, avivados por la llama del sexo. Con los años, se había convertido en un hombre taciturno, amparado en la soledad. Casi invisible. Y más aún, buscaba, trataba de indagar no sé qué, entre los ruidos más minúsculos de la casa y de la ciudad. Él mismo no lo sabía. Sucedía muchas veces que, vagando a altas horas de la noche, trataba de escudriñar entre lo ignoto del desamparo, en el rumor de una ciudad a oscuras.

“Dunaria era para mí, una ciudad de monumentos. Un malecón atiborrado de turistas, artesanos, artistas de todo pelambre, trotamundos, bares, y putas de media noche para consolar infortunios. De seguro la policía está detrás de algunas pistas de jaladores y ladrones urbanos. Oigo las sirenas quejarse por las avenidas. Hoy, no se puede trabajar”.

Vivía en una casona de estilo antillano; una pensión con balcones en madera. Era un inquilinato de mala muerte, pero barato. Se decidió por esta casa porque andaba investigando algo. Aquí cohabitaba con la mudez de su soledad, escuchaba el barullo humano de un feto llorando antes de ser descuartizado por unas pinzas; podía oír el repartir de las barajas españolas y las ensartas de mentiras de una voz ronca, atragantada por un tabaco. Podía percibir los quejidos de un “travestí” excitado en su mala suerte. Pero nada de eso le era frío o indiferente. A él por su parte, nadie lo escuchaba, nadie lo aludía, era como un fantasma entre tantos fantasmas, pero imperceptible a ellos.

El día que siguió a su llegada a la ciudad, visitó algunos cementerios. Ya entrada la tarde regresó a casa, en donde socorría su reclusión acomodando sus cosas personales. Tenía cuanto podía necesitar: un sofá rojo, como una especie de tabernáculo, que le vendieron unos recicladores, y que, según ellos, cayó del cuarto piso de un apartamento; poseía una pequeña estufa, una máquina de escribir, una báscula y varios estantes oxidados.

“En estos días, he creído que soy un fantasma más, que deambula por los pasillos; mis oídos están adaptados a escuchar todas las confidencias, los gemidos, los insultos, las promesas y palabras que podrían decirse. He sacado ganancia a todo lo que escucho. He podido comprender que mi única estación es indagar en lo perdido, tal vez en el canto de un grillo, en los quejidos de una máquina gastada por el tiempo, en los lamentos de un orgasmo, en la lluvia arrebatada sobre láminas de zinc, en el escándalo de una pelea por un hombre, en el abrir de una puerta para que entre un homicida, en el viento débil que reposa en las tumbas, en una amenaza de muerte. Aquí, sigo sin ilusiones y adherido al mutismo. Este es el territorio donde me hago invisible”.

“Hoy no me fue tan mal, pensé; me robé diez lápidas”.

Después de leer unas páginas de Crimen y Castigo, en una edición bilingüe, mitigaba su aislamiento a través de los poemas que iba escribiendo cada mañana, en ayunas. Para hacerlos vendibles, los decoraba con acuarelas donde las flores y las sombras mostraban todo su esplendor; luego, los negociaba, sin el menor remordimiento, a la entrada de los cementerios. Dunaria es una ciudad de cementerios, extraviada en el litoral Caribe y poblada por el aroma de la flora marina.

Poco a poco, fue conociendo a los vecinos. La señora Juana era la dueña del inquilinato. Según algunos comentarios que escuchó, ella era bruja; no le constaba, pero las visitas frecuentes de políticos, señoras pelimoradas, curas, comerciantes, podían darles la razón. El tiempo y la gordura no habían logrado opacar su belleza. Él trataba de cruzarse con ella lo menos posible; el pago de su arriendo y listo. No les temía a las brujas, pero las respetaba.

El día en que se mudó a aquel lugar, llevó sus cosas empacadas y embaladas, menos la vieja máquina Olivetti, ya que presumía de ser poeta. Pero poeta de versos chuecos, que alguna vez aparecieron en una antología de pésimos poemas.

El dinero que ganaba le ayudaba a solventar sus necesidades a medias. Los primeros días, después de la mudanza, los pasó ensimismado entre sus propias sombras, como buscándose a ciegas. “Debí haberme cortado las venas hace tiempo”, caviló. Pero no, no soportaba quedarse en la habitación con esa frustración de estar develando de modo infinito y con tal rapidez, un espejo roto, agravando la soledad que le espoleaba a toda hora. Puso un vidrio polarizado en la puerta de su habitación; así lograba ver las siluetas de los que pasaban y escuchar palabras vagas entre el silencio monstruoso que tenía aquella casa. En los ratos que permanecía allí, además de leer, se dedicaba a pesar preciados metales (floreros de cobre, incrustaciones de bronce y recordatorios de aluminio). Los conservaba en talegos, acomodados con mucha disciplina en la estantería.

“Ayer pesé los metales que he reunido esta semana: ochenta kilos de cobre, sesenta de bronce y treinta kilos de aluminio. Éste es todo mi capital. Tengo que venderlos al menudeo. La policía no me dejó trabajar el fin de semana. Andaban tras la pista de unos ladrones que hurtaron novecientos metros de cable de la telefónica local. Yo no tengo nada que ver con eso. Pero, hasta que la policía no se calme, mi producto no sale al mercado. Yo sé que siempre es así. Ellos arman su alharaca, agarran a cualquier ingenuo y lo inculpan. Y, claro está, los medios de comunicación y la ciudadanía se calman”.

“Tomaré un poco de ron para pastorear las horas de insomnio que me faltan”, pensó. Y la noche seguía creciendo en su mundo.

Pero, muchas veces, cuando tenía dinero sobrante, traía mujeres baratas (siempre y cuando no fueran muy feas), con las que hacía el amor sobre el sofá rojo de la sala. Eso estaba prohibido, pero él se las arreglaba para no ser visto. Se comportaba como un fantasma. Jamás las adentró al cuarto para no darle esa categoría de señora. Siempre había sido impío para creer en el amor verdadero. Se prometió no convivir con ninguna mujer para no entrar en la diatriba de los celos, las obligaciones matrimoniales y el rococó de las dietas, tintes de cabellos, modas y, lo más terrible para él: el hastío de un rostro femenino untado de cosméticos.

La primera vez que hurtó unas lápidas, pocos años atrás, fue de día al cementerio. Examinó, de forma metodológica, los pasos a seguir, marcó las tumbas que le sugerían mejor ganancia. Aún recuerda que se dijo así mismo: “me toca salir a las nueve”, con un tono casi adolorido. Fue su primer golpe. En unos meses, se había convertido en un experto con el cincel y el martillo. En esa sola noche, logró extraer diez kilos de bronce, ocho kilos de cobre y siete de aluminio.

“Anoche, traje una puta a mi habitación. Llegué más temprano que de costumbre. Ella tenía el cabello rubio. Conservaba una expresión juvenil, pero sus ojos eran vidriosos como un ave de cetrería. Todo lo miraba con lujuria. Me había acompañado durante buena parte de la noche a saborearme unos tragos. Era pausada. Hablamos como dos viejos amigos. Ella me hablaba con familiaridad y me servía el ron que me hacía suyo en cada mirada y en esa inocente sonrisita entre labios. Viky, se hacía llamar. Me hizo sentir bien desde el primer trago. En el sofá rojo, se portó con tanta generosidad que pensé en buscarla más a menudo. Hacía el amor con tanta delicadeza y presteza como si fuera la última vez. Tuve la impresión de que su rostro era compasivo conmigo. Tendría escasos dieciséis años. A pesar de su edad, se notaba madura en el oficio. Pero, yo, siempre he sido un desagradecido. Además, me resultaba intrascendente volver a aquel bar”.

En el inquilinato, vivía un anciano. Parecía un viejo arcángel. Se dedicaba a llevar a los clientes a la habitación de Doña Juana, la adivina. Él pensó que era un fantasma; las pocas veces que lo vio caminar no sentía sus pasos sobre la madera del entrepiso. “¿Levitaba?”, se preguntaba para sí. Al lado, vivía otra vecina; era, supuestamente, auxiliar de enfermería. A ella la visitaban muchas adolescentes, estudiantes de colegios aledaños. Dicen que practicaba abortos clandestinos. Un día, se tropezó con ella. La miró de la misma manera que ella le observaba. No se hizo muchas esperanzas de ser su amigo; él odiaba a los operarios de la salud que practicaban abortos. Al otro lado de su habitación, vivía un peluquero quien, solamente, llegaba al caer la tarde. Los sábados era un travesti más de las zonas de tolerancia. Él lo había visto, muchas veces, deambular en los andenes por el centro de la ciudad, transformado en incitadora mulata de tacones altos, extensiones ensortijadas, bolso de mano, uñas y pestañas postizas, blusa de espaldas afuera y de una faldita insinuante. Nunca habían cruzado palabra, suponía que a él le daba vergüenza su propia condición, por lo menos con sus vecinos del inquilinato. En cualquier caso, ninguno de los arrendatarios era amigo suyo; vivía su vida y punto.

Con los progresos en su trabajo, podría mudarse a cualquier otra ciudad, pero, aquí, le sentaba muy bien; una ciudad antigua, con muchos habitantes donde cualquier persona, como él, pasaría al anonimato y no tendría responsabilidades sociales. Sus indagaciones se hacían, cada día, más verídicas; sus pesquisas se movían solas, arrastrándolo hacia los cementerios.

“Algo tengo que hacer mientras tanto”, se decía.

No quería aparecer como un tipo raro, vago y desocupado. Iba, algunas tardes, a la biblioteca y leía a Borges, algo de los clásicos universales y separatas dominicales de los diarios nacionales. Regresaba a casa envuelto en un silencio de sarcófago y con algún libro robado, entre las ropas. Los cuentos de Hemingway y de Chejov le atraían, ostensiblemente. Con ellos, lograba calar su abrumadora soledad y engañar la rasquiña de la sarna de buscarse, siempre, entre aquellos libros que regresaba a hurtadillas, tal y como lograba sustraerlos, evadiendo la extremada vigilancia de un bibliotecario meticuloso y suspicaz. “Parece un policía”, pensaba, mientras trataba de perdérsele entre la estantería. Tal parece que, para los bibliotecarios, los fantasmas no existen.

“Traté de disipar toda búsqueda en los cuartos deshabitados de la vieja casona. Estos tiempos son duros y, a veces, uno está muy de malas. Yo, todavía, seguía recogiendo pistas, no sé de qué, en esta ciudad amurallada por los cocoteros, en esta ciudad donde la arena tapa las entradas de las casas. En esta ciudad que está sometida al imperio del calor. Busco, entre las palabras de los otros, entre las dunas de su pasado, entre el almizcle de las putas y el ron. Sí, indago entre las lápidas, cuyos muertos ya no están, y en ella los nombres se han borrado. Acaso como un sueño inconcluso, puedo verlo todo, en el silencio de todo”.

“Es sábado. Hoy, puede ser un buen día, imaginé, tratando de darme nuevos ánimos”.

El sábado transcurrió con una desazón insospechada. Como era usual en él, al caer la noche, se fue a un cementerio. Sentía impotencia, sin embargo, ante la desolación que se cernía sobre el espacio. Le arremetió una ansiedad, como nunca, de buscar, de encontrar algo. Saltó el muro y se adentró en la solemnidad del camposanto. Había una lápida recién puesta. No llevaba nombre, únicamente la inscripción de N.N. Pensó largo rato. Quizás divagaba. Aquella lápida de aluminio que cubría un sepulcro insignificante dominaba sus sentidos. Era raro, porque nada de valor había en ella. Pero, aun así, en un leve, pero certero martillazo voló la pieza de metal; estaba suave, el cemento no había fraguado bien. Los oídos de los muertos, tal vez ahora, escucharon el golpe, lo levísimo que fue, casi etéreo. No sabría por qué, pero por primera vez le aguijoneaba el deseo de profanar una tumba sin nombre. Fue más allá. A punta de mazos, abrió la entrada, sacudiendo todo lo que allí yacía. Nada extraño había dentro, solo un cadáver inmenso, recién muerto, con un libro, “El libro de Arena” bajo el brazo y algunos manuscritos. Llevaba, eso sí, su misma ropa y unos zapatos de su talla. “Siete formas del otro”, leyó en los manuscritos, en voz alta. Aunque esto no le causó mayor impresión, regresó el libro a su sitio: “Este ya lo leí”. Ordenó los manuscritos, los guardó entre sus ropas y se fue para el inquilinato.

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3 comentarios en «El hombre que nada buscaba en una ciudad pequeña»

  1. YALEYDIS VILORIA NORIEGA

    Excelente narrativa, tiene una tensión y una temática interesante, aunque aborda un contexto social bastante real de una sociedad de la que poco se habla. Gracias por compartir.

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