Limedis Castillo

(Riohacha, Colombia). Normalista Superior con énfasis en Lengua Castellana, Trabajador Social, Especialista en Administración de la Informática Educativa y Magister en Informática Educativa. Tutor del Programa: Todos a Aprender en el área de Lenguaje del Ministerio de Educación Nacional. Docente de la Universidad de La Guajira. Gran parte de su obra ha sido publicada en el Taller Literario: El Solar. Autor del libro de cuentos: Dunaria y el Fuego (2014), Siete formas del otro (haciéndolo acreedor al Premio Departamental de Cuentos del Fondo Mixto de Cultura y de las Artes de La Guajira, 2007), del libro de poemas: Plegaria de Ulises (2015). Ganador del Premio Departamental de Ensayo, con: La Poesía Guajira un Canto Patriótico. Coautor de los libros: Los hijos del Pez, doce errancias por una Guajira luminosa y, Palabra y residencia.

Ora pro nobis peccatoribus

Tocaron a la puerta. Un mucamo traía una botella de whisky, una picada de naranjas y varios platitos de maní con pasas y aceitunas. El padre no le permitió ingresar. Recibió todo desde la puerta, le dio la propina y lo despachó.

Ausencia de su cielo

Fuerzas le quedaban, todavía; voluntad, mucho más. Vuelve a pujar, una vez, otra… Y ve la criatura asomar por la cavidad. Lo sostiene luego entre sus manos y, con una tijera de cortar papel, corta para siempre el cordón que la une a él; era un varoncito.

El hombre que nada buscaba en una ciudad pequeña

Él sabía que en la ciudad de Dunaria había poco oficio para un hombre de treinta y cinco y sin ninguna profesión. Su vida de poeta era una sinfonía de golpes en el áspero murmullo de la rutina. En esta ciudad, perdida en el desierto, se encontraba lejos de todo, incluso de sí mismo.

Doce de espadas

La tarde mostró algunos cambios atmosféricos. Un afanoso aguacero se había precipitado sobre ella. Aunque el sol y la lluvia consumían la ciudad, me sobrepuse.

El desprendimiento

Se marchó, no sé a donde, tal vez la esté pasando muy bien. He dejado el contestador automático por si acaso se arrepiente y me llama. Como también, su llave escondida en la matera, cerca de la puerta.

Olor a cebolla

Al principio sentía terror de quedarme a solas con ella; uno que me recorría desde los dedos hasta la más recóndita neurona. Se me dilataban las pupilas y me hacía tartamudear.

La Maquerelle

Eran otras épocas, cuando oficiábamos en nuestro cabaret con altura y decoro. Con el pasar de los días y los años, no soy más que una puta que todavía cree en su oficio.

Zapatos 43

La corriente trató de arrastrar el cuerpo ante la mirada impotente de los transeúntes que esperaban en los andenes a que amainara la tempestad.