LLUVIA

Sebastián Orozco Forero

En una mano, mi mamá sujetaba un carrito rojo, uno de esos de hacer mercado, con la otra intentaba cerrar la puerta de la casa, mientras que yo observaba las rosas, los cartuchos y las astromelias aún empapadas por la lluvia, cubiertas con gotitas que escurrían lentamente del tejado, aguardando a que mi mamá cerrara para tomar su mano y salir. No recuerdo con exactitud si era un lunes, pero debía serlo porque el pueblo estaba repleto de transeúntes cargados con grandes paquetes, las calles estaban ruidosas y congestionadas, la gente caminaba con dificultad sobre los pequeños andenes, debido a las conversaciones que tomaban lugar en tan reducidos espacios, y los carros avanzaban como una marcha fúnebre por la calle principal, impacientes por continuar su camino.

Sin tener prisa alguna, mi mamá arrastraba su carrito rojo y yo iba a su lado escuchándola sin prestarle mayor atención, distraído por el bullicio de la calle.

―Menos mal que dejó de llover ―me decía mientras empujaba su carrito rojo, a lo que yo respondía con un sí, menos mal.

Al llegar a la estación de gasolina, justo al lado del paradero de las busetas Águila, un hombre de unos sesenta y pico de años, con la cara roja y arrugada, de escasos cabellos plateados y prominentes entradas, aunque con buen cabello en la parte de atrás, de cejas enmarañadas y vestido con una chaqueta roja y una sudadera gris, profería insultos a las personas que pasaban por el lugar. ¡Hijueputas ladrones!, repetía enfurecido mientras aplaudía o se daba golpes en las manos. Mi mamá apenas lo miraba de reojo con temor, porque no entendía cómo un hombre podía maldecir de tal forma, sin razón alguna, o por angustia de que la emprendiera contra nosotros como más tarde pasaría.

En el supermercado la situación no era muy alentadora; los estrechos pasillos del supermercado estaban apretujados por familias enteras de hasta seis miembros que se regaban a mirar o a comparar los productos que el establecimiento ofrecía; los niños lloraban porque no les compraban algún dulce y los adultos se rozaban unos con otros en el intento de pasar con sus carros por los angostos pasillos. A decir verdad, el lugar me parecía desesperante, pequeño; sin una ventana que permitiera el paso de luz natural, y aunque la tarde estaba oscura porque había llovido, estaba iluminado por bombillas blanquecinas que cubrían todo el sitio, dándole un toque de pulcritud. Mi mamá había dejado aparcado su carrito rojo y ahora yo arrastraba con destreza un carrito de supermercado, mientras que mi mamá tomaba las cosas que necesitábamos de las góndolas grises que, a pesar de haber tantas personas allí, permanecían organizadas y bien surtidas.

Al llegar a la caja, la registradora le preguntó a mi mamá que si quería comprar bolsas para empacar el mercado.

― ¿Desea incluir bolsas plásticas en su compra? Cuestan 50 pesos cada una ―a lo que mi mamá amablemente respondió

 ―Muchas gracias, pero yo aquí traigo ―salimos del supermercado.

―Hasta luego, muchas gracias ―le dijo a mi mamá al Guardia de seguridad, un moreno grande y de cabello extremadamente corto que daba la impresión de ser calvo (aunque realmente no lo era).

Luego tomó el carrito rojo para salir a la calle de vuelta a la casa. En la esquina, justo al lado del paradero de las busetas Águila, seguía el tipo que insultaba, recostado contra el poste gris de la señal azul que indica la parada de autobuses. Al vernos empezó a insultar más fuerte, a señalar y a aplaudir o a golpear sus manos para producir ese sonido que nunca supe si era no aplauso o el choque de su puño contra su palma. ¡Esos son unos llaneros hijueputas! ¡Unos ladrones!, les gritaba a las demás personas, señalándonos con su dedo índice. Mi mamá hacía muecas, quería llorar, trataba de cubrirse la cara porque sentía vergüenza de las estupideces que decía aquel hombre, pero no podía porque con una mano jalaba el carro del mercado y en la otra llevaba una bolsa pequeña que no cabía en el carro de metal. ¡Tengan cuidado con esa plaga; ¡es mala y carga veneno y hacen mugrera!, repetía con elocuencia. Mi mamá tiraba con desespero del carro rojo, cuya rueda izquierda se había atorado en la esquina del andén; ella quería sacarnos de ese bochornoso lugar, pero el cúmulo de gente no le permitía zafarse de la lluvia de groserías que caía sobre nosotros como el aguacero que había caído temprano, solo que esta vez no encontrábamos dónde refugiarnos.

Por mi parte, quería gritarle: Más hijueputa será usted; yo a usted ni lo conozco, tomarlo de la chaqueta roja e increparlo: ¿Qué es lo que le he robado? ¿cuál es la mugrera que le he hecho?, me desesperaba el tono agresivo con que gritaba ese atado de mentiras, quería que se las comiera de un buen bofetón, para que aprendiera a decir la verdad y a no faltarnos al respeto. Mi mamá, con ese don que tienen las mamás de entender a sus hijos sin siquiera mirarlos, me miró con desaprobación. Forcejeando entre piernas y pies le ayudé a desatorar el carrito rojo para seguir nuestro camino y así, dejar atrás al viejo loco que no paraba de refunfuñar en la esquina, justo al lado del paradero de las busetas Águila.

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2 comentarios en «Lluvia»

  1. Estoy de acuerdo contigo: ‘La literatura nos acerca a lo más íntimo de nosotros y nos permite ver la vida desde diversas ventanas’. Con este escrito nos has permitido ver un poco de ti, de tus emociones, de tus vivencias…: de tus recuerdos.

    Saludos desde México.

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