Lardus (criatura amorfa)

Fragmento

Diego Fernando Gutiérrez

Un baño de girasoles un domingo, un azul y blanco del cielo ante mis ojos, y entonces me sigo preguntando qué vengo a ser. Una historia de ayer, terminaría en una serendipia. Pues pasaba por un bulevar que conduce al rio Mis Sueños Más Oscuros, cuando vi una manada de perros que mecían su cola y de repente al percatarme cerca de ellos la paralizaron al instante. Los mire, me miraron, nos miramos y luego llore, ellos, ¿ellos qué hicieron? Ladraron los muy maricas, me mostraron esos colmillos bien finos, blanquísimos. Entonces era el miedo en la mitad de tanta fiera inconforme con los que se plantan en dos cruras, me rodeaban y les dije que no más, que este sábado había estado muy azaroso como para que me demuestren odio unas vainas cuadrúpedas, ¿cómo me habían trasmitido esa rabia? ¿Cómo la había yo comprendido? Los humanos me describieron algo como inclinación hacia abajo, es una señal un poco incómoda. De un momento a otro un Gran Danés hizo unos gestos, unas señales bien maricas y se fue, pronto un resto de cuadrúpedos lo siguieron; un Schnauzer, un Terranova y unos tres enrazados sin rostro; de estos últimos debo tener algo, pensé. Deduje que se habían comunicado no sé de qué forma, más claro comprendí cuando el Gran Danés volvió la mirada hacia los otros perros que mantenían ladrando, estos sin verlo al jefe, dejaron de tender colmillo, de hacer escándalo y chau, se abrieron.

Adiós, miedo, fue algo bonito volver al diástole, se alejaban yéndose en línea recta, cuesta arriba. Pero ¿qué paso? No entendía nada. Tan solo basto unos segundos para irme tras ellos, tomando la misma línea recta y ladrarles “cosas cuadrúpedas, escuchadme, ¿qué sois?”  Y ni caso, o bueno, solo una de esas criaturas toda macilenta, se dio vuelta con una mirada mustia que claramente había escuchado mis sonidos, pero nada, el marica no captó nada, no hay caso, me dije. Con eso fue suficiente para concluir que debía ir a embriagarme con cerveza fría a esas alturas bruscas de la noche y de contarle a la chica de pechos grandes esta posible hazaña “cosa rica, no soy una especie irracional”, porque es cierto que vengo desde tiempo buscando mi esencia, pero que vainas cuadrúpedas me hicieron entrar en razón, eso no me lo esperaba, los animales se comunican, no sé cómo, pero es claro que no tienen lenguaje como este que puedo poseer, los animales se limitan al instinto y a emitir unas señales que el humano va, nada más, a conjeturar sus significados, y si yo sé, entonces pienso, si algo sé ahora, es que el tiempo me ha llevado a saber que no soy un animal de este calibre. El gato de Esteban no podía leer mis movimientos, ni mucho menos yo, lograba descifrar sus aullidos o sus gestos; los peces de Coran, ni que decir, solo ojos en medio de colores abigarrados. Esto es importante para mí, pero el camino es largo, a no ser que me detenga aquí en esta cervecería, ¡mierda!, no soy un animal de esos que pueden vagabundear por donde quieran, de salir y entrar a la hora que quieran, de coger con una hembra cuales quiera, pues estos animales no tienen la capacidad de beber cerveza un sábado bajo el erotismo de la luna.

Un baño de hojas sueltas un domingo, gris el cielo ante mis ojos.

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