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A QUINCE MIL KILÓMETROS DE DISTANCIA

Roberto Molinares

A los héroes y mártires olvidados del insólito Batallón Colombia[i]

En toda familia hay secretos. Pero ahora todo se esclarece. Otoniel había sido un enamorado de mamá, antes que ella se casara con nuestro padre.

Otoniel, es lampiño y apuesto. Mira a mi madre y ríen apenados, ambos tienen el corazón descompasado. Están sentados a cierta distancia en una casa de paredes de barro. Conversan pocas palabras bajo la supervisión de un adulto.

Otoniel le escribía larguísimas cartas. Tal vez, pensaría casarse con ella, pero entonces estalló la guerra. ¿Qué tiene que ver una guerra tan lejana con un pequeño pueblo de la costa? Nada. He ahí lo absurdo. Colombia fue el único país en enviar un pelotón de apoyo. Otoniel debía tener menos de veinte años.

Lo vieron alejarse agitando su mano en la despedida. Dedicó una última sonrisa a mamá antes de perderse con el talego al hombro.

Lo imagino rodeado de sus paisanos. Cada quién jactándose de sus amoríos, presumiendo, hablando pendejadas, jugando a ser hombres, ocultando el temor.

Otoniel enciende un “Piel Roja” apestoso a tabaco aún cuando tiene a su disposición elegantes cigarros americanos. Está sentado sobre su casco de combate, va ataviado con un uniforme que no representa a su país. Se ve melancólico. Saca de su billetera el retrato de mamá. Suspira mientras fuma y escribe.

Las cartas de Otoniel no llegaron; se extraviaron como mariposas tratando de atravesar el océano, pero mi madre se consolaba releyendo las que él escribió antes de marcharse.

Los titulares de la prensa lo notificaron. La versión explicaba que al repeler una emboscada durante el patrullaje nocturno, el soldado había sido alcanzado.

En mi sueño lo veo de forma muy nítida. Es semejante a una visión cinematográfica.

Su grupo respondió, pero dieron la orden de retirada, Otoniel había sido herido y no pudo ser rescatado. Entonces fue rodeado por hombres que en realidad nunca fueron sus enemigos. Hombres de ojos oblicuos que hablaban raras cacofonías, sonidos martilleantes como maullidos de gatos.  El soldado fue despojado de su armamento, hurgaron en sus bolsillos y hallaron como trofeo, los cigarros “Piel Roja”. La fotografía de mi madre cayó a tierra y se confundió con la hojarasca. Su cuerpo quedó sembrado a quince mil kilómetros de distancia.

Mamá conservó aquellas primeras cartas de su amorío, aún después de estar casada. Un día mi padre la sorprendió. Enojado, la obligó a deshacerse de ellas. Mi padre sabía que era imposible competir con el recuerdo agigantado de un difunto.

Veo a Otoniel. No tiene forma definida. Es como la brisa, como una bruma que me es familiar y que flota sin pies en medio de la nada. No le conozco, pero sé que es él. Siento una pena terrible. Recibo una visión esclarecedora de los hechos. Una ráfaga de balas sacude su cuerpo. Lívido exhala un último pensamiento para mi madre.

Desde ese mismo instante comienza mi vida como una extraña preexistencia. Aún cuando mamá y papá no se han conocido, soy una posibilidad que habito contenido en una gota de semen de mi padre.

¿A dónde irán las almas de los caídos en combate? ¿Se les depara algún tipo de consuelo? ¿Alguna medalla al valor otorgada en un punto distante de los cielos? Me pregunto, si la conciencia de Otoniel puede resistir el tiempo y conservar las memorias, si puede acordarse de mamá. Si acaso ella, ahora con el cabello blanco, todavía lo recuerda. ¿Pude haber sido su hijo? Es decir, de no haber fallecido y haberse casado con la que sería más tarde, mi madre, ¿Sería el mismo que soy hoy? ¿Existiría la posibilidad de ser el mismo espíritu, pero revestido de los rasgos refinados de Otoniel, en lugar de los atributos recios de mi padre?  Es una extraña paradoja, lo que no fue, no será, porque simplemente, no puede ser.

Ha transcurrido una distancia muy grande, un largo tiempo, y hoy despierto llorando como si estuviera presente en el campo de batalla. Como si su sangre fuese pintura fresca.

Quisiera poder expresarle mi gratitud por la magnitud de su sacrificio.

—Eres un soldado Valiente. No tuviste alternativa. Fue tu destino —digo atemorizado—. Te perdono por no poder cumplir tu promesa de regresar. Agradezco tus largas cartas y por haber amado tanto a mi madre. Descansa en paz, soldado.

Hablar con un fantasma nunca debe haber sido una tarea fácil ¿Qué palabras escoger? ¿Cómo hablar a la nada? ¿Debo acaso esperar la respuesta del viento? No quiero incomodarlo. Avergonzado, con dudas, expreso.

—Papá también te lo agradece. Si no fuera por él, yo no estuviera hoy aquí.

Otoniel va perdiendo forma. Desaparece como una mancha sumergida en lejía. Su rostro tenso y atormentado por la guerra se relaja poco a poco hasta que aparece una sonrisa, tímida, sutil. Parece experimentar paz después de muchos años de agonía.

Me santiguo escalofriado. Firme ante él, le saludo militarmente.

 

______________________

[i] El Batallón Colombia, fue un batallón de infantería del ejército colombiano que sirvió con el Comando de las Naciones Unidas en Corea del Sur. Fue la primera división militar colombiana en combatir en Asía y sirvió junto a la Séptima y la Vigésimo quinta divisiones de la Infantería de Ejército de los Estados Unidos. Prestó servicio desde 1951 hasta 1954. De los 5.100 soldados colombianos que participaron en ese conflicto 163 perdieron la vida. Colombia fue el único país latinoamericano que envió un batallón de combate al conflicto.
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3 comentarios en «A quince mil kilómetros de distancia»

  1. Gracias, Roberto, que siendo venezolano nos cuente una historia colombiana, ¡Y qué historia!

    Muy bonita, bien construida, bien narrada. Gracias amigo, es un placer leerte. Ojalá te tengamos con mas frecuencia por estos lares.

  2. Me ha gustado mucho la historia, está llena de nostalgia, de romance, de un amor sublime y de un deber con la Patria, a pesar de todo lo que se dejaba de lado, aún sabiendo que en esa misión podía írsele la vida.
    ¡Gracias, escritor!
    Saludos desde México.

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