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ELLA ES MI CONSUELO Y MI FAROL

Abel Rivera García

El doctor Topamí

Lo pienso, y en verdad que yo no sé

si es un amigo, o un buen compañero

un camarada, compadre o un bacán,

o quizás, solo sea un avivato camaján.

Desconociendo su malvado ingenio,

muchos, como yo, le ofrecimos amistad

sincera, no en virtud de un convenio

con clausulas definidas y acordadas;

aunque sin acotaciones reservadas.

Muy solidario contigo, si es de fiesta,

de parranda, o jolgorios de alegrías;

pero si estás en problemas ¿dónde está?

No aparece, se pierde y te deja solo,

¡ay! ¡ay! ¡ay!, ¡qué vaina, madre mía!

te quedas solo viendo un chispero.

Claro, que de política sabe hablar,

de jaranas, mujeres, música y folclor.

Incursionó en la política, más por necesidad

que por ideales de compromiso y verdad

con un discurso huero, vago y embustero,

sin sustancia, olor, sabor ni color.

Y aun estando en grupo de oposición

este felón buenos cargos ha ocupado,

¿por causa, en pro o beneficio de quién?

¡Pues, de él mismo, de nadie más!

Sin gracia, sin pena ni gloria pasa

como un marchito clavel de florero.

Mientras de funcionario funge,

como tantos que pululan por ahí,

ya muy poco se acuerda de ti.

¿De qué te vale ser su amigo?

No halla tiempo para darte un saludo,

ni una visita o siquiera una llamada;

pero, velo bien, estando en paro:

cual un manso cordero pascual,

te llama de noche y todos los días,

o bien temprano en las mañanas,

cien mensajes lisonjeros por las redes,

visitas reiteradas en horas inesperadas

con gestos y sonrisas impostadas,

charlando con aguzada parla amena,

¡todo un teatro para tirarte un varillazo!

¡Vete a la mierda, marimonda obscena!

Ella es mi consuelo y mi farol

Como hace al final de cada año,

quien fuese mi consuelo y mi farol

—en tiempos de borrasca y estupor—

cual migrante mirla de altiplano

ha vuelto a su natal lar antillano

para reabrirme las heridas del amor

que aun por dentro no restaño.

.

Esta vez fue un encuentro casual

mientras paseaba en el malecón.

Al verla de dicha saltó mi corazón

que ante ella se emociona igual.

Tendida bajo playeros parasoles,

como la bella diosa Artemisa,

ella recarga su alma con las brisas,

los calores y las luces de arreboles.

¡Tantos recuerdos hoy vienen a mi

al volverla ver tan graciosa y muy feliz!

Ella conserva el brillo de sus negros ojos

y el rubor de sus mejillas sonrojadas;

olvido que mi vida hincada fue de abrojos

cuando veo la lumbre que tiene su mirada.

Volverá a marcharse. ¿Qué puedo hacer yo?

Mi herida de nuevo se abrirá y sangrará,

¡pero mi corazón por siempre la amará!

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