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EL DESPERTADOR

Antony Sampayo

Juanchito llegó contento a su casa. Lucía en su mano un despertador de cuerda que había comprado en un local de antigüedades del mercado. Su mujer lo regañó al contemplar cómo lo manoseaba con tanto orgullo: 

— ¿Tú eres loco? ¿Qué vas a hacer con esa porquería tan vieja?, ¿o es que la alarma de tu celular no sirve? 

Él, sin ocultar la vanidad que le hacía hinchar el pecho, proclamó, dándole un cantadito a su vocalización para hacerla sentir halagada:

—Pero mija, no seas aguafiestas, mira lo bonito que es. 

Ella se mordió los labios y, tratando de imponerse a su marido —como era la constante desde que se casaron—, insistió en desprestigiar el aparato: 

— ¿Y tú te lo compraste para utilizarlo de adorno o porque necesitas en realidad despertarte temprano? ¡Idiota!

Juanchito, acostumbrado por una convivencia de dieciocho años a esas reacciones negativas en todo lo relacionado a sus decisiones sin consultarla, procuraba convencerla, a como diera lugar, de lo grandioso de su nueva adquisición, por lo tanto caminó hasta ella sonriente y se le acercó mostrándoselo para que constatara lo precioso que era, y agregó a modo de explicación, sin abandonar su tono arrullador:

— ¡Por favor! Reinita de mi corazón, compréndeme una vez en la vida, yo no me fío mucho en lo moderno de esos dichosos celulares, se descargan de repente y lo dejan roncando a uno por veinte horas, o se apagan, o hasta se descontrolan, qué sé yo, y vaya a saberse cuándo ocurrirá uno de esos percances y pasa uno tremenda pena en el trabajo por llegar tarde. Lo que te digo es que estos de antes sí son de confianza, después que uno los calibre como corresponde y lo ajuste en la hora indicada despiertan hasta un oso invernando ¡Son infalibles!

Su mujer se cruzó de brazos resignada, por más que dijera no lo iba a hacer cambiar de idea, así que concedió desdeñosa: 

—Pero te lo irás a pegar al oído porque a mí no me vas a asustar con esa bulla en plena madrugada que es cuando el sueño es más sabroso.

Juanchito sonrió sabiéndose, por fin, triunfador. A veces ganaba una… 

—Tranquila mija, tranquila, yo sé lo que te digo, nos ganamos la lotería con su compra.

La primera madrugada el artefacto fue puntal, pero su sonido tan estridente y sonoro despertó a la familia entera. Su mujer —molesta— le dio un fuerte manotazo en la espalda que por poco le saca las tripas por la boca:

— ¡Huy!, pedazo de zoquete, te lo advertí, apaga eso.

—Ya mi amor, ya, relájate.

Juanchito, apenado, procedió a obedecerla lo más rápido posible, pero muy feliz de tan milimétrico funcionamiento.

Al regreso de su trabajo, su mujer, que era más refunfuñona que un perro con mal de rabia y no olvidaba con facilidad una contrariedad, le reclamó por lo sucedido, relegándolo en castigo a dormir, de no deshacerse del aparato, en la habitación de los niños. 
Entonces Juanchito, afiebrado con su despertador, prefirió irse al cuarto de sus hijitos, a perderlo.

Allí lo activó de nuevo. Al alba el ruido pareció multiplicarse y las casas aledañas sufrieron el embate de su retumbo. Sobra decir que la insultada y cachetada que le propinó su mujer no disminuyeron en nada su engreimiento.

De regreso lo esperaba una comisión nombrada por los vecinos más cercanos que airados reclamaban su derecho a dormir hasta tarde sin ser molestados con ruidos tan exorbitantes. Juanchito, muy comprensivo, prometió remediar la situación y para ello esa noche procedió a esconder el despertador dentro de su almohada; estaba seguro por completo que eso ahogaría el sonido, pero no lo suficiente como para no sentirlo él.

Pero se equivocó, al parecer ese despertador con el pasar de los días aumentaba el volumen de sus timbradas y fue escuchado en el barrio entero, y antes de que lo apagara, varias piedras de mediano tamaño cayeron sobre el techo de su casa en evidente señal de protesta.

Su mujer, cansada de la situación, se levantó y estrelló el despertador contra el suelo, y suponiendo que el problema llegaba a su fin, prosiguió su apacible sueño. Juanchito lo recogió, guardó y se marchó entristecido a su trabajo.

Fue un día largo y aburrido y en algunas oportunidades no pudo contener sus lágrimas, pero de regreso lo miró con detenimiento y observó feliz que las manecillas aún giraban con normalidad al darle cuerda.

Esa noche, solo en el cuarto pues sus dos hijos pasaron a dormir con la madre, lo activó y lo escondió dentro de una lata vacía de leche en polvo y lo tapó con mucha presión. Ubicó el recipiente a su lado y se durmió enseguida.

Esa madrugada fue la peor de todas, pues al activarse y no encontrar salida su sonido tan fuerte, explotó la lata en pedazos y ahí sí, ese despertador soltó su estrepitoso repertorio. El vaso se acababa de llenar. Personas iracundas de los barrios circunvecinos llegaron a su puerta y la derribaron, entraron y no se detuvieron ni al ver a Juanchito con la lengua afuera casi asfixiado por las tenazas de su mujer que le apretaban el cuello con todas sus fuerzas, se lo arrebataron, no por salvarlo, por el contrario, para continuar con la faena. La turba solo se marchó cuando Juanchito quedó exánime en el suelo y satisfechos porque por fin todos podrían descansar en paz, pero más Juanchito al que le compraron un hermoso ataúd. 

Su afligida esposa reconoció después, durante el velorio, que al pobre no lo comprendieron y como para congraciarse con su alma, le introdujo en el féretro el despertador causante de sus males para que así bajaran juntos a la sepultura como de seguro a él le hubiera gustado; y así fue enterrado. 

A la siguiente madrugada, a la hora indicada, el despertador cumplió y ni la tumba impidió que el celador del camposanto lo escuchara. Este se golpeó, contrariado, la palma de una mano con un puño y expresó para sus adentros: ¡Otra vez lo mismo, carajo! Localizó sin demora la procedencia del timbre y, aprovechando la soledad de su profesión, partió el cemento aún fresco de la tumba de Juanchito. Llegó al cajón, lo abrió, sacó el despertador y lo apagó. Luego de dejar las cosas como estaban, esperó la salida del sol y lo llevó a un local de antigüedades del mercado: no podía comprender —se extrañaba— las recientes prácticas de los dolientes con sus muertos, tercer despertador que vendía en el mes obtenido de idéntica forma. 

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