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Afrodita noventa y nueve

Giuseppe Vetromile

 

Ginestra C., señora de la limpieza

Ella dijo al escuchar el reloj apresurándose a la parte superior
de la hora:
ya no es tiempo de seguir aquí en tus manos
que tienen ganas de inventar otras zonas y nuevas poses –
tengo que cobrar el sueldo del otro mes
y algunas monedas más
por esas limpiezas dadas a cambio de un favor
a ese pobre hombre encima del entrepiso (1) –
y luego cansada por la incontenible vileza
ineluctable ya veo el volverse obsceno
del oscuro portal en el número tres del callejón sin salida –
suficiente para nosotros cinco más el perro sarnoso
y algunas pulgas de paso – ¡oh, sí! mi nombre
es Ginestra C. lejos de los cuentos de hadas, limpio fregaderos
y baños en la empresa B. – alejada
me conformo con estos breves subterfugios
para obtener lo que se niega a las mujercitas
con grandes ojos de amor y corazón de una novela (fatalidad
ay qué pena nacer en las camas aborrotadas del barrio
solo el momento de saborear el sol de la mañana
y luego perderse bajo la barbacana (2) así –
como cualquier pieza de carne usada)

 

 

Ella

Ella se queda con el reloj en la muñeca y los pendientes
abiertos y colgando
como extensiones de su capullo interno
y luego los labios coloreados con pintalabios
a pesar de la inutilidad de las palabras
y sonríe
Todo sobre ella ahora es solo un caparazón arrugado,
una manta bordada a la antigua
un chal de colores que la envuelve por completo
como quisiera protegerla de los años del destino.
Los cordones en las manos siguen teniendo la delicadeza
dulce de una madre que se acaba de marchar
Ella se ha escondido detrás de su luz y ahora
se balencea aquí y allá
esperando el perdón.

 

 

Afrodita noventa y nueve

Le falta una luna al amor de esta noche
y el diluvio del éxtasis en las mesetas del placer.
Recita Safo en el borde de los labios
la danza voluptuosa de la vida
(pido disculpas si me satisface una sola
mirada, el azul de los ojos,
la caricia de la languidez en el pecho
y la mano que teje novelas
sobre el terciopelo de tu pecho).
Un alboroto brota e interrumpe
el diario e inmóvil ir y venir.
Ya es hora de que madure
el fruto baldío del árbol del bien:
mi amor, desteñido con una pátina gris,
abrumado por una rutina de enfoques
entre el blabla de los epílogos vespertinos
y la construcción de galerías al amanecer:
todavía te pierdo, mi Afrodita.
Al día de otro vivac
perduro en sótanos atroces
necesitado de pan y de prisa,
como siempre arrastrado
por engranajes de propulsión desconocidos.

 

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1 comentario en «Afrodita noventa y nueve»

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