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LOS OJOS DE LA ESPERANZA*

Adalberto Camargo

Sus hermosos ojos verdes miraban desde la ventana, el bello panorama de la avenida del frente de su casa, adornada con frondosísimos acacios y llenas de niños correteando de un lado para otro. Esos ojos miraban con la esperanza de salir de cuarto para correr, reír y jugar con todos aquellos chiquillos, que lo hacían frente a ella. Pero no, esa timidez no la dejaba hacer lo que deseaba; su corazón, aunque grande y noble, jamás se lo permitiría. Esos ojos verdes esperanzas perdieron el brillo y se tornaron verde tristeza, porque no se atrevía a salir de su encierro y jugar con los demás niños.

—Ve tú, pelaita, ¿aquí ta tu mama? —oyó por encima de su rubia cabecita aquella voz que llego de pronto sacándola de sus meditaciones. Levantó la mirada y se encontró con una señora joven, despeinada con un vestido sucio y arrugado, un tabaco entre los labios, un pote bajo el brazo izquierdo y en chancletas, con todo ese aspecto de loca, la niña no se impresionó y por el contrario le sonrió tiernamente y se quedó mirándola con fraternal cariño.

—¿Tú cómo te llamas? —le preguntó con esa voz de niño, tierna e inocente, tan hermosa como su aspecto mismo.

—Yo me llamo Maité —contestó la señora, sonriendo también con esa inocencia propia de las personas que sufren trastornos mentales y cuya conciencia navega por el tiempo y el espacio sin espacio y sin tiempo—. ¿Y tu nombre cuál es?

—Yo me llamo Rosaura.

—Pero qué nombre tan bello, se parece a ti, porque tu pareces una rosa.

—¿Rosaura con quién hablas hijas? —llegó preguntándole su mamá, una señora distinguida, de porte elegante y de aspecto muy fino.

—Con mi amiga Maité mami.

—Qué bien ¿y cuando se hicieron amigas?

—Ahorita.

—¿Que teneí por ahí mi vieja? —preguntó Maité a la señora.

—Hola Maité, ¿para dónde vas?

—Pa´ donde mi hermana Helena, pasé por aquí pa´ vé que me guárdate.

—Rosaura, anda tráeme el bojotico que está en la cocina, ¡corre!

A partir de esa mañana, la niña siempre esperaba allí, para ver pasar a su amiga.

Maité, era una joven que desde los diecisiete años había sufrido de epilepsia, de familia humilde; a falta de padre quedó a cargo de sus hermanos. Por mucho que le prohibieran que anduviera de puerta en puerta pidiendo, ella hacia caso omiso a sus advertencias, continuaba en su peregrinar y ya era tan común que no causaba sorpresa, nadie la molestaba; su transitar era callado y muy rara vez se enfurecía.

Rosaura iba y venía de Bogotá, allá estudió siempre. Sus vacaciones eran de su casa a la finca de sus padres y de allí a sus estudios. Ella, al contrario de Maté, nunca había recorrido las calles de su pueblo y aunque tan pequeño no lo conocía, no conocía a sus gentes, no sabía de sus problemas ni necesidades y había en el pueblo personas que no sabían quién era ella. Fue creciendo, se hizo señorita muy rápido, ya se dejaba ver un poco más y en su pueblo había dos conceptos: Es creída, decían unos, o es muy tímida, otros. El tiempo le dio la razón a estos últimos.

Maité tuvo tres hijos a pesar de su enfermedad y todos fueron hijos normales, dos de ellos, tal vez por su condición, le abandonaron y el menor por su niñez, nunca pudo hacer nada por ella. Maité siguió sola en su peregrinar, querida por todo el pueblo y auxiliada por algunos de sus familiares. El tiempo intangible siguió su marcha infinita hacia su meta incierta y enigmática; ¿Dónde carajo cabe tanto tiempo en el espacio? El tiempo con su andar invisible, sus pasos invisibles y su camino invisible, deja una sola presencia. El tiempo trae sus cambios, cambian las cosas, las costumbres, las personas y hasta el tiempo cambia. Rosaura también cambio, después de un tiempo regresó casada con dos hijos, más madura, más hermosa, más taciturna; sus ojos verde esperanza habían perdido más brillo. Su esposo, un joven bien parecido, pertenecía a una familia considerada y adinerada del norte del departamento, era alegre, folclorista y descomplicado, con un hombre así cualquiera sería feliz, pero a Rosaura no se le veía así; sonreía con tristeza, con desdén; era como la sonrisa de las reinas de belleza. La avenida de su casa también había cambiado, los frondosos acacios los habían arrasado un vendaval que casi destruye al pueblo. Desde la puerta de su casa veía la calle de su infancia, desolada, sin niños, sin árboles, todo parecía tan o más triste que ella.

—¿Ve, tú no eres la muchachita? –así la llamo siempre; otra vez la había sorprendido abstraída en sus meditaciones, le sonrió de verdad, sin falsedades.

—¡Hola Maité! —gritó porque en su corazón había mucha piedad, mucho cariño y una inmensa nobleza y todo eso lo despertaba aquella mujer que tenía en frete.

—Tay muy flaca, ve y porque —le preguntó.

—¿No lo sé, tú también estas acabada y toda llena de cicatrices, ¿qué te pasó?

—Es que cuando me dan las cosas cerca del fogón me quemo mucho —dijo Maité.

—Muchacha ¿y porque cocinas?, ¿porque no te vas para donde tu hermana?

—No sé —siempre respondía los mismo.

Rosaura la miró tiernamente y le extendió luego un billete con una cifra bastante alta, Maité le dio las gracias con un “Dios te lo pague” y se alejó calle arriba, mientras Rosaura le veía ir con su eterno deambular, el fantástico vacío de sus ideas y sus ataques epilépticos a cuesta.

En el pueblo no había nunca tiempo mejores ni peores, eso es lo bueno de los pueblos. Diversiones pocas o ningunas, por eso es tan común que una persona hable de otra. Cuando algo pasaba era una novedad y la gente hablaba del mismo asunto hasta cuando llegaba otro y lo reemplazaba; eso sí, con mucha solidaridad el uno por el otro. Un pueblo donde todo el mundo habla de todo el mundo, pero en las desgracias de uno, todos van en ayuda del paisano. Había pasado ya tanto tiempo, que la mente no puede recordar cuantos años habían transcurrido.

El día en que Rosaura regreso de nuevo al pueblo, después de una larga ausencia, venía con unos años más, pero aparentaba los mismos que se había llevado, sus ojos seguían igual de hermosos, aunque sus rostros demarcaban un callado sufrimiento; vino sin el esposo, se habían abandonado, nunca se supo por qué; ella nunca lo contó y sus padres y hermanos la apoyaron como siempre. Una prima, la hizo formar parte de un comité cívico y ella, que tenía todo ese afán de servicio y todo ese humano corazón allí encerrado, comenzó entonces a servir en cuanto a campaña social se emprendía.

Un joven médico del pueblo, graduado en el exterior, emprendió una brigada de salud y Rosaura fue una de las más enérgicas colaboradoras. Cuenta la enfermera del puesto de salud que ese día llegó emocionada, ya que ella no conocía a su pueblo, ni a su gente; lo recorrió todo y le pareció divino. Su vida cambió, tomó la rienda de todos los negocios de su padre, ocupación que alternaba con sus ayudas en campañas por su pueblo, en las fiestas patronales, en el comité de salud, en la acción comunal, en donde a veces sin reparo ni egoísmos sacrificaba hasta su propio dinero y su vehículo en cualquier comisión que se presentaba; la gente comenzó a quererla, tanto que cuando les aparecieron aquellos quebrantos de salud, todo el pueblo lamentaba con tristeza: “Pobrecita, tan buena como es”.

Esos dolores en el vientre llegaron así de pronto, tan intensos que a veces la vista se le apagaba, se sentía desfallecer. Otra vez el dolor tocaba las puertas de ese ser tan divino, de esa madre joven, de esa hija buena. Comenzaron las visitas al médico y especialistas con más frecuencia; sus ojos verdes esperanza volvieron a tornarse tristes. Como rara coincidencia Maité también comenzó a convulsionar con más frecuencia que antes, no se le veía ya por las calles, nadie la echaba de menos porque muchos conceptúan que estas personas están de más.

Aquel día el sol salió más lento, algo radiante, pero lento, como si quisiera detenerse en el espacio inmenso para empequeñecer las horas en el tiempo. Maité agravó y sus familiares la internaron en el hospital de la ciudad más cercana, sus signos vitales no eran tan vitales ya, la vida se le iba en cada convulsión lenta pero constante, como granitos de tierra en un reloj de arena. Ese día que quedará grabado en la memoria del más desmemoriado, llegó una saeta hecha noticia al pueblo. ¡Dios mío, no puede ser! —gritaba la gente— ¿Porque nunca nadie cree en la muerte, nadie le tiene fe, nadie la quiere, nadie la desea? ¿Entonces porque existe la muerte?

La noticia corrió por veredas, caminos, por calles y careras; se metió por puertas y ventanas, corrió por los hilos telefónicos, por las ondas hertzianas de las emisoras y se metió por todos los oídos; entonces el día sintió un dolor inmenso y el sol recogió sus rayos rojos y los cambió por rayos de luto, el día se escureció en señal de duelo. En la madrugada del mismo día llegó la noticia de la muerte por asfixia de Maite, pero la gente estaba demasiado ocupada en la muerte de Rosaura, como para darse cuenta de otra noticia que a la postre tenía la misma protagonista: La Muerte.

Los cadáveres llegaron el mismo día al pueblo, a diferentes horas, a diferentes hogares, con diferentes acompañantes. Pero la muerte tiene algo especial, a todos nos trata igual, a todos nos quiere lo mismo; a pesar que todos la odiamos y si pudiéramos matarla lo haríamos con mucho gusto. El sacerdote de la parroquia quiso que los sepelios se hicieran al mismo tiempo. Maité entro primero a la iglesia, luego lo hizo Rosaura, allí habló por las dos ante el Supremo Creador, sin distingos, ni preferencias, porque también antes los ojos de Dios todos somos iguales, aunque muchos mortales quieren imponer diferencias tontas y vanas. Salió Maité primero, como si quisiera ir guiando a su compañera de viaje por aquel camino que comenzaron a transitar juntas y que, según la ley de Dios, es el camino que conduce al encuentro con él.

Alguien dijo camino al camposanto:

—Murió Maite, junto con Rosaura para darle la gloria.

—No —dijo un pariente de Maité—, Rosaura se ganó la gloria por su propio merito, porque fue una santa en todas sus actitudes; sus vidas fueron muy distintas y cada una por su lado se ganó su lugar en la gloria.

La persona que hizo el comentario, guardó silencio, todos caminaban así mismo, nadie entendía porque tienen que morir las personas. El cortejo fúnebre siguió avanzando, iba gente de todos los pueblos de la región, vehículos de todas partes; la carretera rumbo al campo santo parecía el camino de un hormiguero en plena actividad. Dos clases sociales estaban allí acompañando a dos cadáveres que ya pertenecían a otra clase: la de los difuntos, la clase más social del mundo entero, la única clase que los une a todos en una sola.

Al entrar al cementerio, los dos cortejos se dividieron y solo entonces se supo quienes acompañaban al uno y al otro féretro; los dolientes de cada uno se colocaron a ver partir dentro de aquel agujero rustico y oscuro al ser querido. El llanto volvió a explotar en los pechos de los parientes, dando el último adiós a esos dos seres tan distintos y tan iguales que dejaban este falso mundo y comenzaban a vivir la verdadera vida: La eterna. Los deudos y acompañantes fueron abandonando el lugar poco a poco como si no quisieran dejarlo tan pronto.

Pasaron los días y solo se comentaba el infausto suceso que también se iba olvidando, hasta que ya nadie dijo nada; todo se cambió por nuevos acontecimientos.

De todo aquello, solo quedan estas páginas, que alguien leerá hoy y que mañana no recordará tampoco.

* Cuento ganador del primer puesto en el concurso Fiesta de letras, realizado este sábado 15 de octubre 2022 en Barranquilla, Colombia.

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