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CUANDO NUESTRAS MANOS SE EVAPOREN

Gastón Ernesto Ludueña

Y llegó el momento en el que Román se quedó solo. El eterno presente transcurrió como todo lo que debía ser y fue. Pasaron muchos años desde aquel entonces y las cosas que reemplazaban la compañía humana también fueron desapareciendo, como el don de comprender el lenguaje escrito. La oralidad la había perdido antes, motivo por el cual, junto al carácter cada vez más inentendible de Román, las personas lo habían ido abandonando.

De suerte tiene un techo en una vieja estación de servicio tirada al costado de una ruta en ruinas, esas que conectaban un pueblo con otro. Estos también desaparecieron, más bien, se evaporaron, convirtiendo a la ruta en un cadáver de serpiente reseca bajo el sol gigante y rojo del ocaso de los planetas. De suerte tiene un techo, una cisterna para combustible con una ventilación en la parte superior, por donde en una época –antes de que él llegara- entraban zarigüeyas y lechuzas, hasta que estas se evaporaron.

El crepúsculo ardiente hace que Román no quiera salir de su agujero. Qué importa eso si tiene en las manos sus dos entrañables compañeras: Una llave de tuercas herrumbrada y una fotografía antigua prensada entre dos gruesos vidrios de botella.

Cuando lo dejaron solo al hincharse el sol, porque todo llega, Román pudo llevarse consigo su llave de tuercas. Sólo eso pudo recoger de las cenizas rojas que reemplazaron a los árboles y a los edificios. A veces, brotan lágrimas de sus cuencas resecas y el calor las evapora antes de llegar a la nariz; es cuando se entretiene tratando de reconstruir el origen de sus dos compañeras. Hace millones de años, cuando el sol comenzó a envejecer y la gente moría de sed tirada en sus refugios –la superficie ya había sido abandonada, porque todo llega- recogió de su vieja fábrica una llave de tuercas herrumbrada. Con el amor que posee un restaurador que nunca fue padre, intentó devolverle el brillo y la funcionalidad que la caracterizaba en tiempos pretéritos, aunque todo lo líquido se estaba evaporando. Trató de lijarla, pero las cosas empezaron a derretirse y corrió a buscar un refugio bien profundo, hasta que llegó aquí, un lugar tan enterrado, donde el hierro y el vidrio no alcanzan a fundirse.

En la cisterna fue recibido por una encantadora y piadosa oscuridad y un pequeño trozo de papel, que él conjetura, se trataba de la foto, aunque casi siempre cambia el origen de esta. A veces, recuerda que la foto ya la llevaba en su cuerpo bien a resguardo del calor extremo. Y otras veces, sostiene que la foto fue una antigua impresión de una imagen tomada por un celular en tiempos de cielos azules y nubes oscuras cargadas de agua, cuando él era un sencillo operario en la fábrica y un amante de las historias. Aquella foto representa varias cosas al mismo tiempo, y cuando sus lágrimas son tan densas que ni el calor las puede evaporar, es cuando descubre las cosas que suceden detrás de la imagen. Las gruesas placas de vidrio de botella… no sabe cómo llegaron ahí, pero igualmente, lo agradece.

Los buenos recuerdos que a la vez son apasionantes motivos para que las lágrimas densas duren lo suficiente como para rodar hasta la nariz de Román, cuentan que la foto es una más de una serie, una foto por cada página de un libro que había sido sostenido por la misma mano. Román ya no sabe decodificar los símbolos escritos en el papel del libro, pero no lo entristece tanto como la mano que lo sostiene. Pequeña y joven, blanca y pecosa. No recuerda la trama del cuento, pero recuerda que alguna vez, aquella mano pertenecía a un ser que no aparece en la foto. No recuerda a ese ser, pero no importa, sólo sabe que fue la última persona en abandonarlo. No se puede parar el tiempo y los hechos siempre llegan y el sol, hace millones de años, evaporó la mano y al ser que fue la última persona en abandonarlo.

Román, acostumbrado a la oscuridad de la cisterna, iluminado por escasos fotones rojos que se cuelan a partir de las seis de la mañana, toma la llave de tuercas y contempla su contorno y recuerda que en el pasado y ahora en el futuro, la vida y la muerte son dos cosas unidas por el lazo común de la ingratitud de la imaginación colectiva e individual, porque lo dejaron solo y mientras un hombre quede vivo, el resultado de todas las ecuaciones siempre va a ser la ingratitud.

No puede restaurar esa llave de tuercas y no puede recordar nada acerca de quién sostenía el libro en la fotografía. Tampoco puede saber qué quieren decirle esas palabras que también desaparecerán con él, la cisterna y el planeta entero cuando el sol, inútil, viejo y resentido, evapore a todos los planetas que siempre iluminó. Pero eso aún no llega, aunque llegará, porque todo llega.

Los escasos fotones rojos vuelven a la foto y dan luz a la mano tersa y pecosa de un ser al que él intenta darle nombre. Pero si no recuerda ni que su nombre es Román, cómo va a recordar algo más de ese ser del cual sólo conserva una de sus manos, la que sostiene el libro en la fotografía.

Román, que no sabe que es Román, acaricia el vidrio para jugar a que acaricia esa mano, que es lo único que le da sentido a su perpetuidad en esta tierra a punto de ser evaporada por el moribundo y resentido anciano rojo. La cisterna lo protege y él impunemente mira los contornos de la llave herrumbrada y acaricia una y otra vez esa mano pequeña y pecosa detrás del vidrio grueso de botella.

 

Pasan los días, los años, los milenios y los eones y todo llega porque todo tiene que llegar, sólo que no de la manera que él esperaba.

El sol comienza a contraerse y Román sospecha lo peor. Por unos instantes, la temperatura desciende. Él experimenta el alivio de un clima piadoso, como hace mucho no lo hace. Su cuerpo se siente hidratado y su corazón vuelve a latir. Las lágrimas de emoción alcanzan a tocar el suelo metálico de la cisterna mientras no deja de acariciar la mano de la imagen de la fotografía protegida por dos gruesas capas de vidrio de botella. Quiere, desea con toda la pasión acumulada en su larga vida, romper con la ecuación de la ingratitud y tiene el impulso de sentir esa mano, su piel, la textura de sus pecas y la suavidad y el calor humano de aquel perdido tiempo presente. La llave de tuercas, dormida por eones, despierta con su propósito de conceder a Román su último deseo. Y la llave herrumbrada retorna a su brillo original y con un golpe seco rompe el vidrio grueso de botella y ambas manos se entrelazan en un amoroso y emocionante reencuentro que las fusiona y las convierte en una sola al tiempo que el sol revienta en una supernova que vaporiza a la tierra, a Román y a las manos entrelazadas, descomponiéndolos en átomos expulsados a los confines del universo, esquivando otras estrellas y agujeros negros para crear una galaxia nueva donde Román vuelva a ser Román y se reencuentre con ese ser, cuyas manos le ayudarán a recordar otra vez, el amor por las historias, su historia.

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4 comentarios en «Cuando nuestras manos se evaporen»

  1. Su escrito tiene un enfoque muy particular y un estilo que lo hace destacar. Me pareció interesante cómo desarrolló la historia y el concepto de ciencia ficción que planteó.

    ¡Felicidades por la publicación, Gastón!

  2. Particularmente la ciencia ficción de mundos distópicos me parece aburrida, sin embargo, este cuento me atrapó, porque no se queda sólo con las descripciones de lo que sucede sino que te hace parte, te hace sentir como el protagonista y vivir sus experiencias. Pareciera como si me puse una lente de realidad virtual donde no sólo es lo que ves sino lo que se te impregna.
    Quiero leer más cuentos así. Gracias

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