EL ÚLTIMO CHAMÁN
Antony Sampayo
Había un niño de doce años de nombre Akhayno, al que, con justa razón, nadie de su pueblo le creía una palabra. La mitad de lo que decía carecía de verosimilitud y, la otra, de sentido. Por tal motivo, su padre lo regañaba y lo castigaba de manera continua; en cambio su madre, aunque le costaba, lo defendía a capa y espada. Enfrentaba a la gente en su afán de justificarlo.
—Deben comprenderlo, sueña despierto, y los niños así resultan siendo, más adelante, excelentes pensadores y del total agrado de los espíritus.
Por ello, cuando Akhayno le contó a un grupo de amigos de su edad que su madre le iba a regalar un perrito de raza mini pincher porque iba ganando el año, ellos se dijeron en silencio, con sólo mirarse los unos a los otros, que se trataba de dos mentiras en una; en primera medida, Akhayno era el peor estudiante de la escuela y, en segunda, esa raza de perros era ajena a la región que habitaban: zona montañosa repleta de depredadores, en la que a duras penas podían criar perros de gran tamaño y, aun así, pocos de ellos alcanzaban la vejez.
Akhayno estaba tan obsesionado con el asunto que un día sorprendió a su maestro en plena clase.
—Profe, ahora sí pondré empeño en los estudios porque mamá dijo que si ganaba el año me regalaría un mini pincher.
El recinto estalló en una gran carcajada que tardó en apaciguarse y, cuando se calmaron, volvió a estallar y así, por tres veces consecutivas dejando a la mitad del alumnado con dolor de estómago y al resto con la mandíbula dislocada, entre estos últimos estaba el maestro, que fue a quien más le costó controlarse. O era mentira de Akhayno o de su madre. Ni en el pueblo ni en los alrededores existía un espécimen de esos, y sólo se le conocía por retratos hablados que hacían los profesores, osados aventureros que un día llegaron, por azar, procedentes de la ciudad y se quedaron a vivir en la población. La ciudad quedaba tan lejos que los pocos que habían ido, con la esperanza de volver, nunca lo hicieron, por lo que se presumía que, o habían extraviado el camino o muerto de hambre, o resultaron comidos por un animal o les había dado pereza regresar o habían quedado enamorados de la urbe del otro mundo.
En parte era cierto que Akhayno había hablado con su madre sobre el asunto. Ella fue categórica la primera vez que tocaron el tema, pese a que vio en esa ilusión una leve esperanza para que él cambiara.
—Ese perrito no está hecho para la zona, hijo. Se lo comerían las ratas o las hormigas o los comejenes.
—Pero, mami, yo lo cuidaría bien, hasta dormiríamos juntos —ella meneó la cabeza.
—Tendrías que protegerlo hasta de la brisa, porque un golero se lo podría llevar en el pico para darles de comer a sus pichones.
—Yo lo tendría abrazado todo el tiempo, mami, no lo dejaría un minuto solo, me lo llevaría para la choza grande —ella evitaba comprometerse con un imposible.
—¿Y si te pega las garrapatas? Bien sabes que son enormes y pican duro.
—¡Ay, mami!, nos bañaríamos todos los días con eucalipto y limoncillo, como debe ser, y, si no resulta, nos aplicaríamos zumo de adelfa.
—Tienes respuesta para todo, hijo, pero ¿y si se enferma?
—Tú lo podrías salvar, mamá, eres chamana, hablas con los espíritus y sabes que las plantas que sirven para nosotros sirven para los animales —ella sonrió con ternura.
—Hay cosas que son imposibles, incluso para los chamanes. Si dejas de decir verdades fantasiosas, mejoras tu rendimiento en la choza grande y dejas de ser tan distraído, yo podría tratar de encargarte uno con el próximo que viaje al pueblo de las casas grandes de piedra y consiga volver —él sonrió con una ilusión mezclada con tristeza, pensando que su regalo podría tardar; hacía mucho tiempo, mucho, que nadie se arriesgaba a viajar a la ciudad.
De todos modos, contó en su escuela:
—Ya mi madre me aseguró que papá ira al pueblo de las casas grandes a buscar en persona al mini pincher.
Uno de sus amigos replicó:
—No creo que tu padre se atreva, no han regresado los cazadores expertos que se han ido, mucho menos lo haría él, que es sólo un pescador y desconoce las trochas y la ubicación de las arenas movedizas y nunca se ha enfrentado a un tigre con las manos y tampoco sabría qué hacer si se atravesara en su camino una serpiente gigante hambrienta. No sobreviviría ni al asalto de una manada de micos. Es una larga caminata de muchas lunas donde hasta a la brisa le da rabia cuando ve desconocidos.
Otro agregó:
—O le podría salir La Madremonte y matarlo del susto. Uno fue más específico.
—O se lo comerían las plantas carnívoras que se hacen pasar por plantas inofensivas, de esas que dicen que nunca duermen y abundan en los senderos.
Akhayno alzó la voz.
—Eso de las plantas carnívoras es pura mentira, nadie las ha visto.
—Porque cuando las ven ya es demasiado tarde, son veloces cuando tienen varias lunas sin comer, y los muertos no hablan ni descansan en paz mientras la planta o el animal que se los comió esté vivo.
Otro trató de estrechar el cerco.
—O quedar convertido para siempre en alma errante, de esas que rondan en el pueblo asustando a los que se duermen tarde y a los que no se comen toda la comida.
Akhayno se resistía a ser acorralado.
—A mi padre no le pasará nada, el que se va al pueblo de las casas grandes y no vuelve es porque no quiere, igual pasa con todos los misioneros que han llegado aquí, se amañan y consiguen mujeres y tienen hijos; si el camino fuera tan peligroso, como se dice, nadie llegaría de afuera.
Sus amigos casi que respondieron en coro.
—A los misioneros los cuidan los espíritus porque todo lo hacen de buena fe y saben mucho y construyen chozas grandes para enseñar. Y nunca sabremos cuántos pueden haber muerto en el camino porque jamás hemos visto sus cuerpos.
Akhayno enfatizó:
—De todos modos, mi padre regresará sano y salvo porque mi abuelo lo acompañará.
—¿Ese anciano? Casi no puede ni caminar y hay que pegarse a su boca para poderlo escuchar y a su oído para que él lo pueda escuchar a uno. Y la mayoría de las veces nos llama con el nombre de otro y nos dice cosas que no tienen que ver con uno.
Akhayno sonrió con malicia.
—Eso creen ustedes. Es que él se hace el tonto para que las fieras se confíen y así poderlas atrapar con facilidad en una próxima aventura. Ahí donde lo ven caminando apoyado en palos, con manos temblorosas y hablando disparates fue un temible cazador al que le temía hasta La Madremonte. Los animales salvajes le abrían paso y otros salían en desbandada cuando lo veían
aproximarse. Su comida favorita era la serpiente gigante y los micos lo veían como si fuera el cacique de ellos.
Todos se rieron y uno resaltó:
—Eso fue antes, cuando él no tenía tantas arrugas. Akhayno endureció la mirada.
—Claro que no, todavía le temen porque los animales salvajes no olvidan el olor de sus perseguidores más crueles, él solo espera el momento propicio para volver a sus andanzas. Y él le ha contado el secreto a mi padre y algún día este me lo contará a mí; así que yo iría al pueblo de las casas grandes y vendría cuantas veces me diera la gana.
—¡Sí, cómo no!
—He tenido algunas revelaciones donde me he visto bajando del cielo con un mini pincher en los brazos.
—¡Sí, cómo no!
—Y los espíritus que a veces hablan en la noche con mi madre también podrían proteger a mi padre si se decide a viajar.
—¡Sí, cómo no!
—Ella heredó de mi otro abuelo, el que murió, ese don de comunicarse con los espíritus que vagan sin descanso en la oscuridad.
—Eso demuestra que los chamanes también mueren.
Esa polémica levantó ampollas en el corazón de Akhayno, pese a que trató de demostrar lo contrario, y lo empujó a buscar de inmediato a su madre.
—Mamá, mis amigos piensan que miento cuando digo que tú me aseguraste que tendría un mini pincher. Se burlan.
La encontró tirada en el camastro, con la mirada triste.
—Eso es porque siempre estás fantaseando, hijo, recuerda la historia que contaron los misioneros sobre un pastorcito mentiroso que se llamaba Esopo, que cuando dijo la primera verdad de su vida nadie le creyó.
—Mis amigos también dicen cosas que no son. Lo haló y lo abrazó fuerte.
—Aún eres un niño, pero ya es hora de que empieces a forjar tu carácter y a ganarte la confianza de todos, y eso se hace hablando siempre con la realidad, sin que te importe lo que digan o hagan los demás. Hay cosas que existen, pero como otros no las conocen, no las creen. Eres diferente, no tienes que demostrarlo —él se sobrecogió.
—Mami, estás muy caliente.
—No es nada, hijo, me fui de pesca con tu padre y el sereno me afectó más que nunca. Ya hice una infusión con la mezcla de sauco, tomillo y salvia; no tardaré en reponerme.
—Me asusté, pensé que habías enfermado. Debiste agregar raíz de jengibre. Recuerda que así empezó a morir abuelo.
—Es diferente, hijo, mi padre estaba demasiado anciano, ya era su hora, tal vez los espíritus lo necesitaban más allá que acá.
—Pero muchos del pueblo están muriendo de lo mismo.
—Ten paz, hijo, los espíritus están conmigo y con el pueblo, la enfermedad desaparecerá pronto.
—Ojalá te oigan y nos protejan. Pues sí, má, si me consigues ese perrito no volveré a decir ni una mentira ni una verdad increíble, te lo prometo ante Dios, ese ser supremo y bueno que dicen los misioneros que nos protege desde lo alto sin que lo veamos y que es más poderoso que todos los espíritus juntos.
Ella miró al cielo, que no era más que un techo de palma que descansaba sobre una choza redonda de guadua, al tiempo que decía con voz ronca.
—Tendrás ese perro, Akhayno, y tú cambiarás, y el pueblo también, vas a ver.
La mañana de una semana después, ella no se levantó a hacer el desayuno. Akhayno corrió a verla y encontró a su padre y a su abuelo a su lado, estaban llorando. Se veía demasiado amarilla. Tenía puesta una toalla húmeda en la cabeza.
Ella decía sin ganas:
—La toma de manzanilla, albahaca y mejorana no ha detenido los vómitos y el caldo de gallina ha sido inútil para los escalofríos.
Su esposo expresó:
—Los misioneros dijeron que es una enfermedad que producen los mosquitos. Debiste tomar lo que te ofrecieron, esas piedritas blandas que ellos llaman pastillas.
—Sabes que no debemos confiar tanto en los remedios que provienen de los pueblos de las casas grandes de piedra.
—Ellos han demostrado que son sabios. Recuerda que cuando el pueblo sufría de dolores de estómago nos curamos poniendo el agua al fuego, como ellos recomendaron.
—Acepto que saben muchas cosas, pero los espíritus saben más. Aquí siempre ha habido mosquitos y hemos sabido convivir los unos con los otros. Los seguiremos ahuyentando con humo y curándonos sus picaduras con malva y llantén.
Akhayno intervino.
—Eso se sabe, mami, y nos rociamos clavo en la piel para que no se nos acerquen, pero muchos están muriendo, algunos ensucian sangre y quedan muertos aun respirando varias lunas antes de morir del todo. Deberíamos probar otras alternativas.
—A los espíritus les desagradaría eso, hijo, los que mueren es porque así lo quieren ellos —lo miró con profundidad y lo atrajo hacia ella. Su piel lo quemó.
—Hijo, si algo sale mal conmigo sabes que tu deber es continuar con las enseñanzas de nuestros ancestros y escuchar a los espíritus. Y recuerda que si sigues mis consejos tus sueños se cumplirán.
Esa anoche ella murió.
Un cuarto de año después, Akhayno viajó a la ciudad. Regresó dos meses más tarde en un helicóptero, desde donde también descendieron un sacerdote, tres médicos con mucha medicina y equipos, cinco profesores titulados, un periodista y una pareja de mini pincher.




(3 votos, promedio: 5,00 de 5)
(Maicao, La Guajira, Colombia. 1967). Tiene una novela y cinco libros de relatos publicados en Amazon. Ganó el portafolio de estímulos 2021 de la Secretaría de Cultura de Barranquilla, con el libro de cuentos Bahareque. Finalista del I concurso de microrrelatos Fundación Caja Círculo, España. Finalista del VI concurso de microrrelatos, entre cuarenta y ocho mil concursantes de ciento setenta y ocho países, de la Fundación César Egido Serrano, Museo de La Palabra, España.


Me ha parecido muy tierno el cuento, lleno de la inocencia que solo un niño puede tener, y la firmeza con la que insisten en que lo extraordinario suceda, a pesar de todas las vicisitudes.
¡Felicidades por la publicación!
Gracias
Felicitaciones al escritor Antony por tan tierno y bonito cuento. Gracias por compartir.