HERIDAS INVISIBLES
Había días en que respiraba
como si el aire pesara más que yo,
como si los pulmones fueran una cárcel y no un refugio.
Pero nadie lo notaba, claro.
Seguía llevando el café a la boca, sonriendo en las fotos,
dando los buenos días con la misma voz que antes
y pagando las cuentas puntualmente,
porque el derrumbe también tiene modales.
La vida me iba desangrando, pero sin ruido,
como un reloj al que nadie le presta atención
hasta que deja de marcar la hora.
Me dolían las cosas que no duelen:
los buenos recuerdos que te arrancan de golpe,
los abrazos que no dieron,
las palabras que se atragantan y nunca encuentran salida.
Pero, ¿cómo explicar que el peso de una ausencia
es tan real como el de una bala?
Se me rompían las costillas
cada vez que el mundo giraba demasiado rápido,
pero seguía caminando, porque detenerse es un lujo
que los que están muriendo en silencio no pueden permitirse.
Es curioso cómo aprendemos a ocultar las grietas.
Nos convertimos en actores de reparto en nuestras propias vidas,
maquillamos las ojeras, retocamos las cicatrices,
como si tapar las ruinas hiciera que dejaran de ser ruinas.
Había noches en las que el insomnio me mordía los talones
y me quedaba mirando al techo,
pensando en lo fácil que sería rendirse
si no fuera por ese orgullo absurdo
que tienen los que no saben llorar delante de otros.
Nadie vio las heridas porque no manchaban la camisa,
porque el dolor, cuando es de verdad, no hace ruido.
Y así seguí, muriéndome despacio,
en cuotas,
hasta que un día el alma también dejó de pagar.
¡Gracias, Petro!