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HERIDAS INVISIBLES

Leonardo Petro Llorente

 

A GOLPE DE PIMIENTA

Me despierto con la claridad perezosa de la mañana,

lo primero que veo es a mi madre moliendo la pimienta.

La rompe despacio,

dejando que el amor y el aroma se escapen,

como si cada grano fuera un secreto que la noche guardó.

El aire se llena de ese olor a vida que se prende en la lengua,

como un recuerdo al borde del olvido.

Y allí, en la esquina de la cocina estoy yo,

esperando la galleta de limón y el primer café.

El aroma se queda,

el pan cortado en rebanadas gruesas,

el cuchillo que raspa la tabla de madera,

la mano que se detiene en la cadera,

pensando en la próxima tarea.

 

La pimienta no es solo un condimento,

es la chispa de la mañana,

presente en los huevos,

en la carne,

en la sopa,

en el pan,

en el chocolate criollo,

en el alfajor con panela,

el toque que convierte lo común en algo más.

 

En la esquina de la mesa,

donde la luz cae de lado,

la vida sabe a madre y pimienta.

A esa mezcla de lo simple y lo fuerte,

lo cercano y lo profundo,

el amor a la intemperie.

En mi mesa día es así,

como la pimienta,

un poco picante,

pero siempre necesaria.

 

A CONTRALUZ

Un día nos acostamos con la prisa de siempre,

apagamos la luz pensando en el mañana como una certeza,

pero el sueño se nos llevó,

nos quemó un poco por dentro,

y al sonar la puerta, nadie respondió.

Quedamos atrapados entre el tiempo que huye

y las ganas que dejamos a medias:

las de decir te quiero sin prisa,

de romper el silencio con una risa,

de mirar al cielo y agradecer el milagro de existir,

aunque falten monedas para el café o para el bus.

Tal vez, en esa última noche,

olvidamos pagar deudas,

dar un beso, o cerrar una herida.

Quizás faltó un postre, un perdón,

un abrazo hacia adentro,

algo tan simple y tan grande

como celebrar el milagro de un nuevo día,

como si cada amanecer fuera un premio

y no una rutina.

A veces nos falta la almohada,

pero nunca nos falta el sueño.

Porque el sueño,

ese del que nos llenamos sin darnos cuenta,

vive en las calles,

sobre las piedras,

en los puentes que cruzamos a diario.

Uno puede vivir sin dormir,

pero no sin soñar.

Y se sueña sin colchón,

sin abrigo, sin monedas,

se sueña con las manos vacías

y el corazón lleno de ganas.

Se sueña aunque la vida se empeñe en ponernos a prueba,

porque el sueño es ese rincón de libertad

que nos queda,

un destello de esperanza en medio de todo lo que duele.

Porque al final,

sólo aquellos que se atreven a soñar,

entienden que la vida

no es más que una vigilia frágil y breve,

y que es mejor arder en el fuego de un sueño

que conformarse con la ceniza de lo seguro.

 

 

HERIDAS INVISIBLES

Había días en que respiraba

como si el aire pesara más que yo,

como si los pulmones fueran una cárcel y no un refugio.

Pero nadie lo notaba, claro.

Seguía llevando el café a la boca, sonriendo en las fotos,

dando los buenos días con la misma voz que antes

y pagando las cuentas puntualmente,

porque el derrumbe también tiene modales.

 

La vida me iba desangrando, pero sin ruido,

como un reloj al que nadie le presta atención

hasta que deja de marcar la hora.

Me dolían las cosas que no duelen:

los buenos recuerdos que te arrancan de golpe,

los abrazos que no dieron,

las palabras que se atragantan y nunca encuentran salida.

Pero, ¿cómo explicar que el peso de una ausencia

es tan real como el de una bala?

 

Se me rompían las costillas

cada vez que el mundo giraba demasiado rápido,

pero seguía caminando, porque detenerse es un lujo

que los que están muriendo en silencio no pueden permitirse.

Es curioso cómo aprendemos a ocultar las grietas.

Nos convertimos en actores de reparto en nuestras propias vidas,

maquillamos las ojeras, retocamos las cicatrices,

como si tapar las ruinas hiciera que dejaran de ser ruinas.

 

Había noches en las que el insomnio me mordía los talones

y me quedaba mirando al techo,

pensando en lo fácil que sería rendirse

si no fuera por ese orgullo absurdo

que tienen los que no saben llorar delante de otros.

 

Nadie vio las heridas porque no manchaban la camisa,

porque el dolor, cuando es de verdad, no hace ruido.

Y así seguí, muriéndome despacio,

en cuotas,

hasta que un día el alma también dejó de pagar.

 

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1 comentario en «Heridas invisibles»

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