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LA CASA DONDE LLORAN LOS RELOJES

Juan Camilo Ramo Henao

En el corazón desbordado de un pueblo olvidado del Caribe, donde el tiempo no pasaba, sino que se estancaba como el agua en un aljibe maldito, vivía Eusebio Daza, un relojero ciego que podía oír los minutos llorar.

Su taller era una casona antigua que olía a aceite de máquina, alcanfor y soledad. Los niños decían que allí moraban los relojes que habían visto morir a sus dueños. Y es que cada tic-tac en esa casa no marcaba el tiempo, sino el alma de alguien que había partido.

Eusebio, aunque ciego, reparaba relojes con una delicadeza tan sobrenatural que algunos juraban haberlo visto susurrarles. “No es que los arregle decía la comadre Francisca, es que los convence de seguir latiendo”. Pero nadie sabía que, dentro de cada caja, Eusebio sellaba un recuerdo robado, un instante del alma de quien llevaba el reloj en la muñeca.

Una tarde de julio, bajo un cielo que lloraba como un niño enfermo, llegó a su puerta una mujer vestida de sombras. Traía un reloj de bolsillo antiguo, detenido justo a las 11:47. Dijo llamarse Rosalía del Mar, aunque su voz parecía arrastrar siglos de sal y llanto.

Este reloj dejó de funcionar cuando mi esposo se ahorcó con las campanas de la iglesia. Quiero que vuelva a latir, aunque sea por un instante. Quiero oírlo decir la hora en que lo perdí.

Eusebio lo tomó entre sus manos temblorosas. Supo entonces que ese reloj no sólo marcaba el tiempo… sino la muerte.

Esa noche, mientras lo abría con su instrumental de precisión y memoria, el taller se llenó de murmullos. Voces de otras horas, otras penas, otros tiempos. El tic-tac regresó, pero era un tic-tac hueco, como pasos en una cripta.

Cuando Rosalía volvió, Eusebio se lo entregó envuelto en un pañuelo negro. Ella lo sostuvo como quien sostiene el corazón de un hijo muerto.

—¿Y ahora qué hago con él? —preguntó.

—Escúchelo —susurró Eusebio—. A veces, el pasado no quiere ser olvidado… sólo escuchado.

Rosalía desapareció como vino. Algunos dijeron que nunca existió. Otros aseguraron que, desde esa noche, todos los relojes del pueblo empezaron a llorar a las 11:47 en punto. Y el taller de Eusebio… ardió en llamas una semana después, aunque nadie vio fuego. Sólo humo… y mariposas amarillas saliendo por las ventanas.

Desde entonces, en ese solar vacío, si pasas a la hora maldita, puedes oír los suspiros del tiempo, y una voz antigua que murmura:

No hay reloj que no guarde un alma. Y no hay alma que no tenga una hora exacta para llorar.

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5 comentarios en «La casa donde lloran los relojes»

    1. Mayuleidys Aristizábal Movil

      Debo decir que leer este cuento me transporto a la misma historia, siempre es un gusto leer todo aquello que tenga algo de realismo mágico impregnado. Me encanto!!!

  1. No sabría explicar por qué me gustó tanto este cuento, pero lo hizo, creo que ha sido en todo. Tiene algo de misterio, de nostalgia y de verdad que cala hondo. Me dejó con esa sensación extraña que sólo provocan las historias bien contadas, esas que uno no olvida.
    Gracias por escribirlo y compartirlo.

  2. Apreciado Dr Juan C. Ramos H. Permítame en pocas líneas expresar lo enigmático que es poder mover las entrañas del lector abrumado por sus letras llenas de misterios y sollozos, en verdad en verdad le digo, no es la cola la que mueve al perro sinó el perro el que mueve a la cola, jajajaja, entre misterios e incógnitas se desliza el lector buscando descifrar el misterio envuelto en el océano de su expresión poética.
    Cuál sería la pregunta problema?
    Siga Así que va Muy bien, un fuerte abrazo Hermano y Colega.

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