No fue mi culpa, toda fue de él. Claro que éramos los mejores amigos, Desde la adolescencia que andábamos juntos. Nos gustaba la misma música, las lecturas, las películas. Parecíamos hermanos gemelos. La gente solía creer que lo éramos, los que no nos conocían, por supuesto.
A los dos nos gustaba escribir. A mí me atraía la poesía y a él la narrativa. Pero siempre nos leíamos, nos corregíamos. Nuestra ciudad nos parecía chica y sin esperanzas, así que nos mudamos a la capital. Yo conseguí un empleo fijo, no me pagaban mucho, pero alcanzaba para el alquiler de la ratonera donde vivíamos. Él hacía changas, tomaba trabajos temporales, y eso era suficiente. No teníamos mucho, pero estábamos felices. La gran ciudad tenía mucho movimiento cultural, muchos lugares donde se reunían los intelectuales y dedicábamos los fines de semana para ir a conocer gente. Vida bohemia, la mejor vida para nosotros. Éramos Rubén y Julio, el par invencible.
Entonces nos presentaron a un escritor consagrado. Estábamos deslumbrados. Era un tipo simpático, a pesar de todos sus premios se mostraba sencillo y atento. Nos permitió leerle nuestros trabajos, hasta nos invitó un par de copas y nos citó para la semana siguiente. Salimos flotando. Ese fue el principio de todo.
En unas pocas reuniones fue obvio que sólo le interesaba lo que Rubén escribía. Ponderaba cada palabra, incluso algunos textos que eran verdaderamente malos. A mí me cortaba a la mitad de la lectura o, simplemente, no me permitía leer; me decía que le diera mis escritos, los ponía en una gran carpeta de piel que siempre llevaba y, estaba seguro, jamás los leía. Sólo le importaba Rubén.
Literalmente, sólo le importaba él. Yo, que siempre fui un ingenuo no me daba cuenta de que a ese notable personaje no le gustaban las chicas y que mi amigo lo tenía loco, no precisamente era un interés literario. Cuando me lo dijeron ya era tarde. Yo le había plantado cara a mi amigo, diciéndole que me estaba dejando a un lado por ese tipo y él, sin ningún tapujo, me dejó bien claro que ese hombre representaba su futuro y que ya había elegido, por eso se iba a mudar, se iba a vivir con él.
Como le digo ya era tarde. No pude decirle nada de lo que el otro pretendía de él. Tiempo después me enteré de que lo había agarrado a trompadas cuando quiso algo más que una lectura. Le dio una paliza en el departamento, al que se había mudado como un idiota. Pero no volvió conmigo, calculo que por vergüenza.
Yo seguí como siempre, pero él se hizo famoso. Sobre todo, porque la historia de la paliza fue la comidilla de todos los del ambiente. No digo que no me alegré por él, sólo que me dio un poco de tristeza que se hubiese olvidado de mí. Aunque siempre tuve la esperanza de que volvería cuando se le pasara.
Por eso fui a la presentación de su libro. Había mucha gente, hasta la prensa estaba. Se lo veía feliz y yo compartía esa felicidad. Esperé que se despejara un poco y fui hacia él con un ejemplar de su novela, sonriendo…
Le digo la verdad, no me di cuenta de que lo había matado hasta después. Es que no pude soportar que me tratara como un desconocido, que ni siquiera me saludara. Lo que le dije, fue toda su culpa porque siempre fuimos los mejores amigos del mundo…
Excelente relato, me encanta la manera como es contado, una narrativa que atrapa la atención del lector. Felicitaciones.
Gracias, Yaleydis. Un honor que leas mis cuentos. Saludos
Querida amiga, siempre me atrapa tu escritura
Abrazos
Gracias, Magdalena. Un abrazo.-