GUARDIÁN DEL CAMPO
Risto Vasilevski
Ir a Prespa
Al atardecer, al amanecer, en cualquier momento,
ir a Prespa, a Ohrid,
pasar felizmente todas las pistas y las emboscadas,
llegar desnudo, descalzo y hambriento,
lleno de guerras, de años,
bronceado por la blancura de las manos de una joven
que caen cansadas sobre las sábanas,
sobre la arena, sobre las cálidas rocas.
Descender, con cuidado, de Baba, de Galičica
hacia caminos pobres y crestas empinadas,
cantar por miedo a las voces, al aullido de las fieras,
que ponen sus garras en la frente sudorosa
de su víctima,
embriagadas por el diente – la marca que designará su muerte.
Luego cruzar las manos, detener la respiración,
saltar sobre una nube que roza el bosque
y navegar por el río, por el lago,
en las capas secretas del suelo, en las cuevas,
en las que las personas, las bestias, hacen sus hogares.
Pasar la noche lejos de los encantos, en tranquilos barrios sagrados,
beber el agua del monasterio de los manantiales
que emigran desde el fondo del lago hacia el fondo
del alma.
Y cantar, beber vinos dulces con los bodegueros,
pisoteando las sábanas donadas a las jóvenes,
bailar el oro con Biljana, la Kosara,
olvidar la trágica noche de Samoil,
los ojos de ese soldado – como perlas rojas
rodadas por las laderas hacia los valles de Belasica.
Y yacer pacíficamente en una arboleda, en el año en que ha nacido el jardín,
cerca de un cojín de piedra, sobre un lecho de barro,
y acariciar el hueso por donde sopla el viento,
como el sonido de un cuerno que comienza y termina cada cacería.
Y ver cómo los ancestros resucitan,
a través de los rostros de sus hijos, de sus hermosas hijas
que bajan de los montes, de las majadas lecheras,
después de pasar ricas noches con los pastores de caballos.
Y decir: el fruto, el árbol y su raíz,
s iento algo en mi cabeza, en mi alma.
Entonces olvidar la noche, el día, las historias vacías,
personas en las macetas, en probetas, en zoológicos,
en los acontecimientos cercanos y lejanos de las ciudades,
donde flota el opio del tiempo,
como un gusano malvado en el corazón de un bosque verde.
Y así, borracho y despierto, esperando el amanecer,
me levanto como si fuera el sol o la luna nueva.
Andare a Prespa
Al tramonto, all’alba, in ogni momento,
andare a, a Ocrida,
passare felicemente tutte le tracce e gli agguati,
arrivare nudo, scalzo e affamato,
pieno di guerre, di anni,
abbronzato dal candore delle mani di una fanciulla
che, stancamente, cadono sulle lenzuola,
sulla sabbia, sulle calde rocce.
Scendere, con attenzione, da Baba, da Galičica
verso poveri sentieri e ripidi crinali,
cantare per paura delle voci, dell’ululato delle bestie,
che mettono i loro artigli sulla fronte sudata
della loro vittima,
inebriate dal dente – il segno che ne designará la morte.
Poi incrociare le mani, fermare il respiro,
saltare su una nuvola che lambisce la foresta
e navigare sul fiume, sul lago,
sugli strati segreti del terreno, sulle caverne,
nelle quali le persone, le bestie, fanno le loro case.
Trascorrere la notte lontano dagli incantesimi, in tranquilli quartieri sacri,
per bere l’acqua del monastero dalle sorgenti
che emigrano dal fondo del lago al fondo
dell’anima.
E cantare, bere dolci vini con i vignaioli,
calpestare le lenzuola donate alle ragazze,
ballare l’oro con Biljana, la Kosara,
dimenticare la tragica notte di Samoil,
gli occhi di quel soldato – come perle rosse
rotolate giù per i pendii, nelle valli della Belasica.
E giacere pacificamente in un boschetto, nell’anno di nascita del giardino,
vicino a un cuscino di pietra, su un letto di fango,
per accarezzare l’osso attraverso il quale soffia il vento,
come il suono di un corno che inizia e finisce ogni caccia.
E vedere come resuscitano gli antenati
attraverso i volti dei loro figli, delle loro belle figlie
che scendono dai monti, dagli ovili da latte,
dopo aver trascorso ricche notti con i pastori di cavalli.
E dire: il frutto, l’albero e la sua radice,
sento qualcosa provenire dalla mia testa, dalla mia anima.
Poi dimenticare la notte, il giorno, le storie vuote,
le persone nei vasi di fiori, nelle provette, negli zoo,
negli eventi vicini e lontani delle città,
dove galleggia l’oppio del tempo,
come un verme malvagio nel cuore di una foresta verde.
E così, ubriaco e sveglio, in attesa dell’alba,
sorgo come il sole o la luna nuova.
Cena
(Обед)
Nos sentamos a la mesa, nos comemos los unos a los otros, a nosotros y a la muerte.
Nosotros en el Zenit, ella al final, en la materia
que pierde forma. El musgo se evapora de los platos.
Trozos de animales nadan
dentro de ellos como los miembros muertos de una persona que se ahoga. Nosotros, tranquilos,
los cazamos. Con fuerza interior, con miradas, con tenedores ingeniosos.
Ninguno de nosotros recuerda el rugido del animal
emitido mientras venía arrastrado por la mesa.
Nadie conoce cómo era su aspecto, cómo eran sus ojos hace tiempo,
después de saciar su sed,
todavía observaban el cielo, atentos a todo cambio
del bosque. Nadie recuerda sus primeros pasos,
su ligereza, mientras huía
de la persecución. Nadie menciona los escalofríos, los chillidos,
y, finalmente, la caída. Nadie explica el destello del cuchillo,
atrapado en el aire, en su joven corazón, en su vida.
Nadie revela que la muerte misma está sobre la mesa.
Apagamos nuestra hambre, apagamos nuestra sed.
En la prisa los cristales de los platos chocan.
Un almizcle de vino baja a nuestras gargantas. Nueva fuerza fluye
a través de nuestros poros, agudizando nuestros sentidos y movimientos.
Nadie menciona los ronquidos del bosque, los lanzamientos
de la semilla. Como una película que se repite. Lágrimas
que gotean debajo de las azadas. La propagación del polen,
el silencio del florecimiento. Nadie duda
sobre las cosas que están en la mesa y que las manos tocarán,
esas cosas pertenecen a la muerte desde hace tiempo. En efecto,
¡Nadie comprenderá el trueno de su propia muerte!
Cena
(Обед)
Ci sediamo a tavola, ci mangiamo a vicenda, noi e la morte.
Noi allo Zenit, lei alla fine, nella materia
che perde forma. Il muschio evapora dai piatti.
Pezzi di animali nuotano
dentro di essi come i membri morti di una persona che sta annegando. Noi, tranquilli,
li cacciamo. Con forza interiore, con sguardi, con forchette argute.
Nessuno di noi ricorda il ruggito dell’animale
emesso mentre veniva trascinato sul tavolo. Nessuno
sa com’era di aspetto, com’erano i suoi occhi un tempo,
dopo aver estinto la sete,
osservavano ancora il cielo, attenti ad ogni cambiamento
del bosco. Nessuno ricorda i suoi primi passi,
la sua leggerezza mentre fuggiva
dall’inseguimento. Nessuno fa menzione dei brividi, dello stridio,
e, infine, della caduta. Nessuno spiega il lampo del coltello,
conficcato nell’aria, nel suo giovane cuore, nella sua vita.
Nessuno svela che proprio la morte stessa è sul tavolo.
Plachiamo la fame, plachiamo la sete.
Nella rapidità si schiantano i cristalli delle stoviglie.
Un muschio di vino ci scende in gola. Nuova forza fluisce
attraverso i nostri pori affinando i nostri sensi e i movimenti.
Nessuno menziona il russare del bosco, il lancio
del seme. Come un film che si ripete. Lacrime
che gocciolano sotto le zappe. La propagazione del polline,
il silenzio della fioritura. Nessuno tentenna
sulle cose che sono sul tavolo e che le mani toccheranno,
quelle cose appartengono alla morte ormai da un po’. Infatti,
nessuno capirà il tuono della propria morte!
Guardián del campo
(Чувар поља)
Hay que vigilar el campo, el pan, los pájaros,
el fluir del agua desde la fuente hasta la boca, la cosecha,
el otoño. Hay que convertirse en un galgo, excavar bajo tierra,
cuidar las semillas de los cultivos subterráneos. Uno debe
volar en el aire, captar cada onda.
Me han nombrado guardián, me han comprado binoculares
enmarcados en fieltro. Una soga. Pieles de un
animal desollado. (Alguien debe estar atado
a un pilar, a una roca submarina). Me han dado
un rifle, un cuchillo, todos los poderes y me han dicho: vigila el
campo, cuida un terreno (hecho por
espuma de mar y de aire). Cuídate.
Han pasado muchas tribus (no lo han tocado).
Le han tomado fotos desde abajo, desde arriba,
de todos lados y los últimos nos han regalado hermosos mapas.
Las fotos muestran claramente: nuestro campo, cerca del mar, de los ríos, de los lagos,
de los bosques talados,
los mapas lo han revelado todo; no hay lugar donde poder esconderte.
Ellos han dado la orden: vigila el campo, protege las pupilas de tus ojos.
Me han mostrado los límites, los límites en el aire.
Ahora los miro, soy todo ojos, día y noche
y me pregunto: ¿quién los necesita?
Los he visto muchas veces, en el juego y en el trabajo,
pública y secretamente y siempre he regresado
a la mejor fuente, al pilar de mi conciencia.
Siento: el campo es estrecho para mí, como lo sería una piedra
en el pecho. Necesito amplitud, espacio, el mundo,
pero qué puedo hacer: tomo el rifle, apunto
más allá de la frontera, detrás de alguien,
en la vida de otra persona.
Apunto al cráneo de todos. Los amenazo
y respondo a sus amenazas.
Enseño mis dientes, todos.
Nadie está bromeando. Cada uno vigila su campo.
¿De qué lo estoy protegiendo? ¿De quién lo defiendo? (¿o para quién?).
Han pasado siglos y todo se ha quedado en su lugar,
las colinas y las montañas, las hojas y los árboles,
el cosmos entero.
Sólo los hombres se han apoderado de las fronteras y las han desplazado.
Con las batallas vino la sangre, con las batallas vino la muerte.
Todavía vigilo el campo. Sé de quién es.
También sé por qué lo hago. Pero sólo estoy fingiendo…
Guardiano del campo
(Чувар поља)
Il campo deve essere sorvegliato, il pane, gli uccelli,
il flusso dell’acqua dalla sorgente alla foce, il raccolto,
l’autunno. Bisogna diventare un levriero, scavare sotto terra,
prendersi cura dei semi delle colture sotterranee. Uno deve
librarsi nell’aria, afferrare ogni increspatura.
Mi hanno nominato custode. Mi hanno comprato un binocolo
incorniciato in feltro. Un cappio. Pelli di un
animale scuoiato. (Qualcuno deve essere legato
a un pilastro, a una roccia sottomarina). Mi hanno dato
un fucile, un coltello, tutti i poteri e mi hanno detto: custodisci il
campo, prenditi cura di un appezzamento di terreno (fatto dalla
schiuma del mare e di aria quitar dall’aria). Prenditi cura di te stesso.
Molte tribù sono passate (non l’hanno toccato).
L’hanno fotografato dal basso, dall’alto,
da tutti i lati e gli ultimi ci hanno regalato bellissime mappe.
Le foto mostrano chiaramente: il nostro campo, vicino ad esso il
mare, i fiumi, i laghi, le foreste disboscate,
ci hanno mostrato tutto; non esiste posto dove puoi nasconderti.
Hanno comandato: custodisci il campo, proteggi le pupille dei tuoi occhi.
Mi hanno mostrato i confini, i limiti nell’aria.
Ora li guardo, sono tutt’occhi, di giorno e di notte
e mi chiedo: chi ha bisogno di loro?
Tante volte li ho incrociati, nel gioco e nel lavoro,
pubblicamente e segretamente e sono sempre tornato
alla fonte migliore, al pilastro della mia coscienza.
Sento: il campo è stretto per me, come starebbe stretta una pietra
nel petto. Ho bisogno di ampiezza, di spazio, del mondo,
ma cosa posso fare: prendo il fucile, prendo la mira
oltre il confine, alle spalle di qualcuno, nella
vita di qualcun altro.
Cerco il cranio di tutti. Li ho minacciati
e rispondo alle loro minacce.
Scopro i denti, tutti.
Nessuno scherza. Ognuno custodisce il suo campo.
Da cosa lo difendo? Da chi lo difendo? (oppure per chi?). I secoli
sono passati e tutto è rimasto al suo posto,
le colline e le montagne, le foglie e gli alberi,
l’intero cosmo.
Solo gli uomini hanno preso e spostato i confini.
Con le battaglie arrivò il sangue, con le battaglie arrivò la morte.
Io faccio ancora la guardia al campo. So di chi è.
So anche perché la faccio. Ma sto solo fingendo…




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(Nakolec, Macedonia. 1943). Académico, poeta, ensayista, crítico literario, escritor para niños, antólogo, traductor, editor. Escribe en macedonio y serbio. Hasta la fecha ha traducido a dichos idiomas: 36 libros de poesía, dos libros de filosofemos, paracopas y bocetos, dos libros de poesía para niños, dos novelas en verso para niños y 28 libros de poesía seleccionada. Sus propias obras han sido traducidas a 26 idiomas.


