Odiaba su nombre y su mañana no era mañana… Nombrarlo Juan Cruz había sido una predicción y su condena eterna.
Su día empezaba cuando más oscura era la madrugada, en la soledad de la cuadra, amasando pan, preparando el horno. El olor que reconfortaba a los madrugadores usualmente le daba náuseas. Tan odiada tarea, tan hecha cáscara quemada en su piel oscura.
Terminaba la primaria cuando su padre, borracho como siempre, lo sentó frente a la mesa y le anunció que ahí se terminaban sus estudios, que era hora de que lo ayudara en la panadería. Él veía la cara detrás de la botella de vino, esa boca floja y esa voz pastosa que tartamudeaban su sentencia de muerte, y deseaba con toda el alma animarse a asir el cuello de la botella y estrellársela en la cabeza. Ese día deseó su muerte… Muchos años siguió deseándola. Pero no hizo nada: cerró los ojos y se mordió los labios hasta que sintió el sabor de la sangre. Fue peor cuando la voz gangosa siguió diciendo que no valía la pena mandarlo a la escuela, ya que no tenía futuro en los estudios porque era demasiado lerdo de entendederas; que, como hombre, tenía que aprender el oficio, mientras su hermana, que sí era inteligente, iba a ir al colegio de monjas privado y luego a la facultad para mantener en el futuro a su padre como se merecía.
Fue la noche en que se le oscureció el mundo. Desde entonces, su vida era el filo de las madrugadas. Las máquinas de la panadería amasaban, pero él apartaba parte del bollo y apretaba las manos sobre la pasta sedosa, con fuerza, con bronca, para calmarse. Todos los días repetía ese simbólico asesinato y luego, cuando sentía calambres en los dedos, fabricaba los pequeños y deliciosos cañoncitos que lo habían hecho famoso en el barrio.
Harina y soledad… rabia.
Su hermana dormía en su casa, con un marido borracho y golpeador como su padre, sin ningún título y con cuatro hijos maleducados; se había embarazado a los quince, poco después de la fastuosa fiesta que montara su padre y donde se luciera la altísima torta que él le preparara mientras las lágrimas le daban sal a su noche.
Su padre se había muerto sin enterarse, simplemente no despertó de una borrachera.
Su dulce hermanita pidió su parte del negocio mientras estaban frente al féretro abierto. Él firmó papeles, documentos y contratos, se endeudó en el banco y tardó ocho años en ser el único propietario de una empresa que odiaba y que iba a tragárselo. Sí, porque se llevó hasta su nombre. Para todos era Juan Panadero… la cruz iba por dentro, una cruz amasada mil veces y con olor a pan recién horneado.
Día con día y horneada tras horneada, una monótona rutina que solo sostenía el odio. Los fines de semana solía hacer pasteles de bodas y cumpleaños, bellamente decorados con un sentimiento ambiguo, pues tenía plena conciencia de que nunca haría uno para él.
La atención al público la había dejado en manos de dos empleados, Víctor y Elisa. Ambos se habían criado con él y eran de total confianza, lo que le permitía irse a dormir cuando salían del horno los últimos productos del día.
Su constancia era, en realidad, una manera de mantener su odio contenido. Si dejara que los demás lo viesen como realmente era, huirían espantados.
Una rutina hipnótica que le permitía seguir. No había mujeres en su vida; le echaba la culpa a esos horarios raros, aunque, en realidad, era que no deseaba que lo lastimaran más. Ya era bastante el peso que cargaba. Tampoco había alcohol: la imagen permanente de su padre lo hacía totalmente abstemio. Tenía el convencimiento de que era gris, o transparente, que la gente no lo veía. Solo era pan sin rostro.
Todo igual hasta que le reclamó al del almacén el pago de su deuda. La respuesta lo dejó atónito: el hombre le dijo que no le debía nada y, cuando insistió, le mostró los recibos. Pidió disculpas y no dijo nada; solo se sentó esa madrugada a revisar los papeles de la panadería, los recibos de caja, las entregas…
Las diferencias de dinero eran inmensas. Sus dos amigos le habían estado robando los últimos dos años. Lo que comenzara con pequeñas sumas se había ido incrementando y ahora tenía valores negativos cada día. Se le quemó el pan. El olor le ardió en el cerebro, en el alma. No podía creer que su destino fuera tan oscuro. Que todos los seres que lo rodeaban lo traicionaran, lo hirieran, le mintieran, lo consideraran una basura…
Pensó en varias formas de venganza. Incluso en meterlos en el horno y dejarlos asarse allí. Pero no era un asesino, así que los esperó a la mañana y, con voz calmada, les dijo que se fueran. Ellos lo amenazaron con un juicio; él mostró las pruebas de los robos. Se fueron gritando insultos, pero descartando buscar abogados, sobre todo después de que él amenazara con ir a la policía.
El último lazo estaba roto. El local quedó silencioso. No levantó las persianas. Ese día el barrio no tendría pan. Tampoco esa semana.
La gente se preocupó cuando un fuerte olor comenzó a salir de la cerrada panadería. La policía forzó la entrada. Para asombro de todos, encontraron en el piso, cuidadosamente acomodado, un montón de panes y pasteles ya verdes de moho que formaban una gran cruz. Nada más se supo del panadero. La leyenda se hizo carne en toda la clientela y se extendió rápidamente por la ciudad.
La hermana reclamó el local, pero la ley era muy clara respecto a los desaparecidos: si no había cuerpo, no había muerto… no había herencia. Su marido se metió a la fuerza, pero después de una noche salió espantado, jurando que había visto cosas horribles.
Así fue como la historia tomó cuerpo y quedó impresa en la memoria popular. Muchos juraban que al amanecer se sentía el olor a pan recién horneado. Que durante las noches se veían luces que cambiaban de lugar. La panadería embrujada se transformó en un lugar para mostrar a los turistas y asustar a pequeños rebeldes…
Juan Cruz estaba muy lejos. En otro mundo, un lugar fuera del plano de su angustia, donde la maldición de su nombre no lo alcanzaba. Un sitio sin nombres ni personas. No le importaba averiguar dónde era. Lo que sí lo hacía feliz es que allí no había cruces… ni pan.