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¿CÓMO ES QUE SE LLAMA?

Magda Liliana Plazas

 

A qué huele mi hogar

Huele a niebla de las serranías

que me abrazan,

cuna mecedora de mis sueños,

magia que juega entre los helechos,

los árboles y las flores silvestres.

El vuelo de las mariposas, libélulas,

colibríes y copetones arrulla mis días.

 

El Mohán

camina lento de una montaña a otra

y se detiene en las lagunas a conquistar

las niñas lindas de mi pueblo amado.

 

El parque,

espectador de manos tímidas

que se unían cerca de la fuente de agua

y, como testigos, las palomas de las promesas

de amor que el viento se llevó.

 

Por sus calles, el viento helado se cuela

pero se tibia con la calidez de la ruana de la abuela,

abuela que cuido,

abrazo con fortaleza y un amor infinito,

cabellos negros azabache luminosos al rayo del sol,

libros vivientes de historia.

 

Miles de recuerdos,

herencia de mi cielo azul.

 

Cumbre gélida de mis montañas,

nido de canciones tenues

que el aire lleva por sus verdes praderas,

es eco del campesino que cuida sus ganados,

manos rústicas que labran la tierra,

cultivos de mil colores…

 

Huele a libertad,

música vibrante,

aire limpio,

huele a verde,

hierbas aromáticas,

a sonrisas festivas,

miradas curiosas.

 

Huele a amasijos,

aguapanela con queso,

campanas resonantes, palpitantes

en la memoria.

 

Huele a mi cuna y nido.

Huele a hogar.

 

La fortaleza que me viste

No es el peso de la vida lo que más agota; es la costumbre de creer que siempre debemos poder con todo.

Me llaman fuerte.

Pero nadie se detiene a preguntarme cuánto pesa la fortaleza.

Nadie ha visto cómo mi almohada se empapa de pensamientos, ni las sábanas que cada noche abrazan el cansancio de mi alma.

Aprendí a esconder las lágrimas entre las horas del día, a vestirlas con una sonrisa y responder con un tímido:

«Estoy bien».

Nadie imagina que, bajo el agua de la ducha, el corazón deja de fingir. Allí las lágrimas caen libres, sin vergüenza, sin testigos, sin tener que pedir permiso.

Todos esperan de mí a la mujer que resuelve, la que sostiene, la que nunca se quiebra.

Y yo… he aprendido a sonreír mientras recojo los pedazos de mí misma.

Mi boca calla, pero mi cuerpo grita.

Los hombros sostienen más de lo que deberían. El pecho guarda palabras que nunca pronuncié. Y el alma… el alma hace mucho tiempo comenzó a pedir descanso.

Es abrumador sentir que todo depende de mis manos, olvidando que también soy humana.

Sin embargo, cada amanecer recojo mis fuerzas, aunque ya no queden muchas.

Salgo de nuevo.

El viento seca mis lágrimas, la luz acaricia mi rostro y la vida vuelve a pedirme que continúe.

Entonces camino…

No porque ya no duela.

No porque el peso desaparezca.

Camino porque aún creo que después de las noches más largas siempre existe un amanecer.

Y mientras todos siguen llamándome fuerte, solo deseo que algún día alguien también me pregunte:

«¿Cómo estás?»

Y me permita responder, sin miedo, sin culpa, sin sentir que decepciono a nadie:

«Hoy estoy agotada».

¿Cómo es que se llama?

Quizá el mundo tenga tanto miedo que ha olvidado cómo hablar de ese sentimiento que vuelve torpes los suspiros cuando, de forma incauta, escapan del pecho como mariposas.

Tiene miedo de crear lazos que unan un alma con otra; de contemplar el arcoíris después de la tormenta y descubrir, al final de sus colores, un tesoro llamado…

¿Cómo es que se llama?

¡Ah, sí!

Eso que acelera el corazón, que invita a cantar y hace que los pensamientos se pierdan imaginando un final feliz.

Tiene miedo de sentirse vivo, de aceptar que los atardeceres todavía poseen la extraña magia de recordarnos que aún somos capaces de asombrarnos.

Parece que pasó de moda hablar de aquello que nos hace soñar con un «para siempre», aunque deje cicatrices que nos recuerden lo vulnerables que somos.

Dicen que la poesía ya no debe vestirse de amor. Que ahora escribe con tinta de muerte, de odio, de ausencia y de heridas, porque el dolor, al parecer, tiene más lectores que la esperanza.

Qué tontos somos al esconder lo que sentimos por miedo a que una vieja herida vuelva a doler.

Olvidamos que fueron esas mismas heridas las que nos enseñaron a crecer.

Amor…

Creo que así le dicen a eso que escondemos, no porque haya dejado de existir, sino porque aún nos duele recordar que también sabe rompernos.

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