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SOL

Ana Esther Riaño

 

Luces inclemente

cuando el día

acerca sus imponentes pasos,

es entonces,

cuando al despedir la aurora,

alivias el frío abrazador e imploras,

el regreso impaciente

del ingrato ausente

que un día,

sin querer se marchó.

 

Y mis brazos

cansados de esperar,

se han congelado

en la calentura

de tus refulgentes rayos.

 

Y mis inmóviles

y agrietados labios,

aunque vivos,

no responden,

siguen pronunciando

tu amado y olvidado nombre.

 

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