LA HORA DEL BAÑO

Eneldo Deluquez Brito

Una suave brisa acarició su cara. La tenue luz del sol molestó sus ojos. Se sentía fastidiado a pesar del prolongado descanso. Pensó en los años, estos habían hecho su trabajo. Desde el fondo de la casa se escuchaba la algarabía de los niños. Era lo mismo todas las mañanas. Intentó frotar sus ojos con las manos, pero este movimiento le produjo un fuerte dolor. Se maldijo. Caminó hacia el baño, al entrar, miró detenidamente cada uno de los objetos, luego fijó su mirada en el inodoro; cerró sus ojos, suspiró y volvió a maldecir por su suerte.

Sentado en el inodoro, pensaba en lo miserable que era su existencia; este estaba más limpio que él. Dos años atrás la vida marchaba bien. Llegó la jubilación, sus días empezaron a ser iguales que las noches. De pronto se presentó la dificultad para agarrar, acompañada de un hormigueo en las manos. Sus dedos se fueron deformando, la intervención de los médicos fue inútil; la artritis se había apoderado de sus extremidades.

El papel higiénico estaba justo en frente. Lo observaba como un enemigo al acecho. De repente esa tos, esa misma tos que lo acompañaba desde la muerte de su esposa; que es una manifestación de la inconformidad por lo que sucede a su alrededor.

—Madre, el baño está ocupado.

Aún sentado escuchó la voz de su nieta, levantó su mirada. Contó cinco cepillos de dientes. Notó que con él en la casa vivían seis personas. Llegó el momento de levantarse, se puso frente al espejo y miró sus dientes que se tornaban amarillos. Así debía estar su trasero en este momento, pensó. La tos volvió. Sentía entumecidas las manos y luego un calambre vino a acompañarlo. No soportó más y rompió en llanto junto con la tos.

—Cuando tu abuelo salga del baño procura limpiar todo, que luego pienso ir a tomar un baño —dijo la madre.

Frente al espejo y después del fuerte calambre, las cosas volvieron a la normalidad. De pronto la tos. Tomó aire, se tranquilizó e intentó agarrar el papel higiénico. Sus manos empezaron a temblar, luego le temblaba el cuerpo. Con mucho esfuerzo pudo enrollar una cantidad de papel que le pareció suficiente. Trató de pasárselo por el trasero, pero lo hizo sin firmeza, lo único que logró fue esparcir restos de papel por el piso y sus manos quedaron sucias de sus miserias.

 —Madre, ve al baño y dile a mi abuelo que se apure. A esta situación hay que buscarle solución.

—Hija, ten un poco de paciencia, tu padre dijo que esta semana buscaría una salida.

 —Madre a mi no me importa si lo va a solucionar esta semana, solo me interesa que mi abuelo salga ya del baño, lo demás es problema de ustedes.

Al escuchar las palabras de la nieta, la tos volvió y esta vez más fuerte. Intentó ponerse las manos sobre la boca y recordó que las tenía sucias. En el fondo del baño vio el frasco de jabón líquido, pero este estaba vacío. Al lado estaba una barra de jabón, se sintió retado. Fue hasta el lavamanos y presionó el grifo. Desde que empezó, la enfermedad su hijo había cambiado toda la grifería para que se le hiciera todo más fácil. Tapó la salida del agua del lavamanos, este se fue llenando; como pudo tomó el jabón y lo dejó caer en el lavamanos. El asunto estaba resuelto, era sólo esperar a que el jabón se desgastara en el agua, luego metería las manos y de esta manera se asearía.

 —Si mi abuelo no sale pronto, yo misma lo sacaré. Lleva una hora ahí dentro. ¿Qué tanto hace ese viejo?

 —Recuerda que tu abuelo tiene esa discapacidad.

Por el piso del baño corría agua jabonosa que se iba fundiendo con el papel. El viejo se miró al espejo, sonrió. No se sentía tan inútil; deseaba que su nieta lo viniera a sacar del baño para demostrarle sus habilidades, a pesar de su enfermedad, porque él no era un discapacitado como decía la esposa de su hijo. Su hijo y su familia vivían de su caridad. El agua jabonosa mojó sus pies y los tapetes del baño. Después de su acto heroico, el olor fétido invadió su nariz. Fue cuando recordó que, a pesar de todo lo que había hecho, el trasero todavía lo tenía sucio.

 —Padre, menos mal llegas. Mi abuelo lleva toda la mañana en el baño. Siempre es lo mismo, ¡qué se cree!

 —Hija, no te preocupes, hoy es el último día que sucede eso.

—¿Vas a construir otro baño?

—No.  Lo voy a enviar a un hogar geriátrico donde le limpien el trasero. Además, así no tenemos que soportar su presencia.

Mirando fijamente sus miserias, que aún reposaban en el inodoro, vio cómo se dibujaba la cara de su hijo; la tos lo atacó de nuevo. Se miró las manos, las lágrimas bajaban por sus mejillas, ya no podía secarlas. El entumecimiento pronto se convirtió en calambre, no podía abrir sus manos, esta vez tosió a voluntad. Golpeo el inodoro y no sintió ningún dolor. Escupió sobre sus miserias. Decidió que no se iba a bañar, ya no tenía ningún sentido. Abrió todos los grifos del baño. Se sentó en el piso. Empezó a cantar una vieja canción que le cantaba su madre cuando niño. Escuchó que saludaban a varias personas. ellas preguntaron dónde está el anciano:

— Está en el baño —contestó el hijo.

La tos se sintió esta vez quebrantada. Ya no tenía fuerzas. Decidió quedarse para siempre en el baño.

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