MARABI FUE EL NÚMERO TRECE

Nadim Marmolejo Sevilla

Era casi media noche cuando José Marabi se quedó por fin dormido después de luchar contra el desvelo que le impuso el calor. Quedó boca arriba, descubierto el torso, espernancadas las piernas y abiertos los brazos, exangüe, como naturaleza muerta. Había vuelto de la iglesia dispuesto a empacar sus cosas para irse del pueblo en la mañana, con el propósito fundamental de continuar en otro lado la batalla por el buen nombre de su hermano, víctima inocente de los que asierran la vida.

El cuarto olía a ranciedad. Era un espacio donde apenas cabían él y sus pocas pertenencias, un ventilador eléctrico, una cama de lona, un viejo televisor de antena y un pequeño escaparate de plástico ya encorvado debido a lo endeble de sus delgadas columnas de metal. Una casa con todas las comodidades ha sido siempre su sueño, pero el trabajo de un bibliotecario no logra otra comodidad que no sea la del espíritu. Por eso quería trabajar en otra cosa y estaba decidido a hacerlo en el nuevo destino que había decidido buscar.

Durante el día estuvo recorriendo el pueblo y realizó visitas de improviso a los amigos del alma y a los coterráneos que más estimaba, pero a ninguno le mencionó su partida. En todo caso, varios de ellos quedaron con la impresión de que estaba despidiéndose. Sólo el profesor Serpa se atrevió a expresarle su sospecha. José Marabi se sintió descubierto y no tuvo más remedio que revelarle su idea de marcharse y las razones que le asistían. Pero al profesor sólo pareció razonable la parte relacionada con su intención de buscar un trabajo diferente al actual que le permitiera mejorar sus ingresos y alcanzar la prosperidad económica que soñaba.

—Lo de tu hermano es mejor que lo dejes así —dijo el profesor. En la vida hay que aceptar la realidad.

Se refería a la hegemonía de la impunidad, al poder in crescendo de la corrupción, a la tiranía del soborno, a la doctrina de la justicia para los de ruana, al Estado profundo, al país de mierda que denuncian los grafitis. El mismo que José Marabi pudo percibir el día anterior en el palacio de justicia, al escuchar decir al secretario del despacho que lo atendía que la cantidad de dinero que le pedía era necesaria porque tenía que cuadrar a mucha gente para poder mover el asunto.

En el parque fraternizó con otros coterráneos preocupados por los rumores que llegaban de las veredas, que daban cuenta de la presencia en la periferia de los que asierran la vida, quienes le manifestaron su temor creciente de que en cualquier momento se aparecieran por el pueblo.

—Nosotros somos neutrales —les dijo. Lo de mi hermano fue una equivocación.

Nadie emitió opinión al respecto. Pero las miradas que se cruzaron los tres campesinos tras escucharle hizo pensar a José Marabi que ninguno de ellos creía que la muerte de su hermano fuera un error y el daño a su reputación de buen muchacho e incansable trabajador estaba hecho. Y lo hecho, hecho está, y una palabra suya no bastaría para sanarlo. Hacer lo que estaba pensando se tornó entonces en un propósito de vida.

A las once de la mañana determinó visitar a su primo hermano, propietario del billar de la plaza, al que no veía desde hacía seis meses pese a que su cuarto de alquiler estaba a escasas dos cuadras de distancia, para hacer las paces y quedar en bien. Se presentó ante él luego de esperar que pusiera a disposición de los chicos que acababan de llegar las mesas de buchácara que solicitaron para jugar y que repartiera las primeras cervezas. Al darse cuenta de su presencia y luego de repararlo de pies a cabeza, el primo puso cara de extrañeza y le dijo en tono irónico:

—Cuando el rico busca al pobre es porque algo necesita.

José Marabi, que iba ataviado con unas sandalias de cuero que parecían nuevas, igual que la bermuda de color verde biche que le llegaba hasta las rodillas y la camisa blanca desabotonada hasta la punta del esternón, supuso que la indirecta se debía a su vestimenta.

—Esta pinta es más vieja que Matusalén —dijo entonces.

José Marabi comprendió la desventaja que esa mala interpretación de las cosas significaba para su propósito de pedir más tiempo para pagar la deuda de juego que tenía pendiente con su primo. Eso que pensaba le daba fuerza para creer que no quería saldar su vieja cuenta y supo que su presencia había despertado a una culebra dormida que tendría que lidiar con suma cautela.

De todas maneras, se explayó en explicaciones para tratar de justificar la tardanza en pagarle, a lo que el primo ripostó:

—¿Si no viniste a pagarme, a qué viniste?

José Marabi no encontró ranura alguna para escapar de la necesidad de revelar también a su primo los planes en mente, en contra de la prudencia con la que había manejado el asunto hasta entonces. Luego de hacerlo, el primo lo miró directo a sus ojos y pudo verle el fuego que emanaba de ellos.

—Si tenemos una deuda, debemos encontrar una forma de pagarla —dijo el primo a continuación, sin saber que citaba textualmente a Mateo 5:23-24.

—Con el primer sueldo te pagaré —prometió José Marabi, ahora incómodo.

Y no esperó a que la conversación trascendiera, sino que se despidió a la carrera, arrepentido de haberle contado lo que pensaba hacer con su vida. En la vuelta de la esquina que da a la calle que lleva a la zona comercial, Marabi experimentó la sensación de estar siendo seguido por alguien, dio un giro sobre sus pies hasta quedar de frente a la persona que venía detrás suyo y se tranquilizó al reconocer al chico que anteayer había estado en su casa pidiendo prestada su pelota de fútbol para jugar en la cancha del parque central. Al verlo, vio el balón en las manos del muchacho y entendió la situación.

—Cuando la vuelvas a necesitar vas por ella a la casa —dijo José Marabi, al recibir la pelota.

En la hora del almuerzo, mientras cuchareaba la sopa de hueso del restaurante de la señora Nieves, vio arribar al lugar a las vendedoras de pescado empapadas de sudor, que daba cuenta del candente sol que habían soportado en su recorrido por las quemantes calles del pueblo. Al rato las observó encaramar sus trastos en un viejo campero de la marca Toyota que las aguardaba al frente del parque para llevarlas de vuelta a la vecina población de Mómil. Después de almorzar sintió la necesidad de irse a hacer la siesta a la que está acostumbrado.

Despertó pasadas las dos de la tarde y sufrió de manera momentánea un estado de atemporalidad que lo mantuvo indeciso de aceptar si la claridad que entraba por la ventana entreabierta era el albor de la tarde o el de la mañana. Y cuando supo a ciencia cierta que no eran ninguno de los dos, sino el mismo solazo que había antes de la siesta, agarró el libro que estaba sobre el viejo televisor, que le había prestado un día atrás el profesor Serpa por iniciativa propia para que conociera a Fourier, luego de oírle manifestar que no tenía idea de la existencia de aquel autor, pero más con la intensión sincera de desmoronar su indiferencia contumaz hacia la política. Luego de concluir la lectura, que le tomó tres horas exactas de la tarde, a José Marabi le quedó la sensación de haber descubierto algo nuevo y pensó que el falansterio es una idea maravillosa, incluso admirable, que podría ponerse en práctica en aquellas tierras.

—Lástima que haya gente aquí que no sabe vivir en comunidad  —musitó.

Luego alzó vuelo hacia la iglesia apenas escuchó las campanas que llamaban a misa de las seis, entusiasmado repentinamente por escuchar la palabra de Dios. La calle estaba sumida en una soledad sólo comparable con el olvido, pero a partir de la esquina del parque comenzó a aparecer gente por todos lados con rumbo hacia el templo. Cruzó la puerta arqueada y apenas hubo dado el primer paso adentro, se persignó. Había poca gente, casi todas mujeres. Se sentó en la primera banca que encontró libre del lado derecho del altar y permaneció en silencio hasta que llegó el momento de dar el saludo de la paz a sus vecinos de asiento de adelante. A la hora de comulgar observó que era el único hombre en la fila y a medida que iba avanzando iba pensando que las mujeres no sólo hacen todo en la casa, también rezan por todos.

Luego de recibir la ostia en su boca, el padre Villa le manifestó que sabía que se iba del pueblo y que estaba totalmente de acuerdo. José Marabi se sorprendió enormemente, pero el cura lo tranquilizó diciendo:

—Lo que haces por tu hermano está bien, pero no debes hacerlo solo. Fuera de aquí puedes buscar la ayuda de una ONG.

Antes de acostarse tuvo la inusual precaución de oponerle una silla y una tranca a la puerta de la calle. En silencio alistó la maleta después. Solo cupieron la ropa y unos cuantos libros que eligió para llevarse. Luego desactivó la función giratoria del ventilador eléctrico, que había puesto a trabajar desde que llegó sin que hubiera logrado todavía aplacar el fogaje reinante en la habitación, pero al cabo de hacerlo la energía eléctrica se interrumpió. A tientas buscó la cama, se tendió en ella a buscar el sueño que le reclamaba el cuerpo. Pero sólo pudo encontrarlo hasta después de las once y media que volvió la luz y puso de nuevo en funcionamiento al abanico eléctrico que esta vez pudo en poco tiempo espantar el calor que no lo dejaba dormir.

A la madrugada lo despertó de su sueño tranquilo y a una hora que no pudo precisar, un horrendo estrépito en la puerta. Casi enseguida se sintió que lo agarraban por los pies y los brazos unas manos tan fuertes y rugosas como las de los ordeñadores de vacas. De un tirón lo sacaron de su lecho y, como si fuera una hamaca, lo transportaron a toda carrera hacia la calle. Ante la dramática resistencia que ofreció, los pocos enseres de la habitación cayeron destrozados en el suelo, según alcanzó a notar antes que le vendaran los ojos. En su azoramiento creyó ver luego a su madre que corría hacia él, con los brazos extendidos, a brindarle el socorro que clamaba a todo pulmón, y por más que lo intentó nunca consiguió aferrarse a ellos. Aquella ilusión desapareció en el instante que sintió estrellarse contra su rostro el aire de la calle y al retomar el curso de la terrible realidad reconoció que el hecho de que su madre estuviera muerta les ahorraba a ambos la pesadumbre irresistible de verse mutuamente sufriendo.

La moderna camioneta de vidrios oscurecidos en la que fue embarcado salió del barrio sin que nadie viera para dónde. Los primeros habitantes que asomaron la cara por las ventanas de sus casas cuando dejaron de escuchar los espeluznantes gritos de José Marabi, se preguntaron entre sí hacia qué lado del pueblo se lo habían llevado sin nadie pudiera dar una dirección exacta, por obvias razones. Sólo después de que se oyeron a lo lejos los disparos que hicieron presumir su asesinato supieron la respuesta.

Poco a poco las esquinas del barrio se fueron llenando de curiosos que más tarde fueron los primeros en escuchar de los jornaleros que regresaban de ordeñar las vacas la noticia sobre la presencia de la policía en el cerro de las cuevas de San Antonio haciendo el levantamiento del cadáver de José Marabi.

—Fueron los que asierran la vida —dijo uno de los vaqueros. Dejaron su marca pintada en las piedras de la cueva.

—Con él ya van trece, señor —dijo uno del pueblo a uno de los agentes de la policía que pasó después por el barrio haciendo preguntas pendejas.

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