JOSÉ EL DURO

Adalberto Camargo Molina

Presioné el control remoto y al instante, antes de reflejarse en la pantalla ninguna imagen, se escuchó el grito: ¡superhéroes al ataque! Y aparecieron entonces Superman, Batman y Robin, Flash, Linterna verde, Acuamán y el Hombre Araña. Sonreí recordando a mis hijos cuando se peleaban, los mayores por ver a Tarzán, otros al Zorro o al Llanero Solitario y los demás niños llorando por Robocop, el Hombre Nuclear o al Exterminador II.

Ya ellos no se interesan por esa clase de entretenimientos y solo en ese momento me percato de todo el tiempo que ha pasado, tanto que ni siquiera lo calculo.

“Cómo cambian los tiempos” -pensé- los héroes de mi infancia fueron reales —Retrocedo los recuerdos y me veo allí, a pies descalzos, con la camisa desbotonada y mis pantalones cortos, con el trompo de corazón fino envuelto con su  cordón de cabecera de hamaca en la mano y el otro hecho de volador para aguantar los “majapolos”, en el bolsillo.

Estaba parado en medio de la calle que me vio crecer, frente a la casa de Delfina, tratando como todo el mundo de ver a José El Duro. La noticia de su llegada se había extendido por toda Distracción como reguero de pólvora y nadie quería perderse la oportunidad de ver de cerca al personaje inspirador de las más inverosímiles leyendas.

Donde Delfina se posaban o almorzaban visitantes ocasionales, porque ella era propietaria de una de las dos pensiones existentes en el pueblo y porque además era una señora hospitalaria y de exquisita sazón.

Recuerdo que era una tarde despejada con un sol de principio de abril, de brisa seca y recatada, más bien débil, dudosa, temerosa, tal vez intimidada por la presencia de José El Duro; él presagiaba tiroteo, disputa, riñas, heridos y hasta muerte. Era famoso, respetado, admirado, adinerado y deseado por las mujeres. Todos queríamos ser como él.

Terminó su comida, llamó a Delfina y canceló la cuenta. Algo debió comentarle ella respecto a nosotros porque nos miró, sonrió e hizo un gesto de: «No le pare bolas a esos muchachos”.

Se puso de pie, solo entonces pudimos calcular su estatura, uno setenta, ochenta kilos, grueso, no muy atlético, cabello negro, lacio, cara redonda, nariz corta, pobladas cejas, arqueada las pestañas, bajo las cuales pudimos observar unos ojos oscuros, semicerrado el izquierdo. Alguien explicó que los constantes combates le habían ocasionado tal manía.

Caminó lento, calculando cada paso y mirando de manera fugaz todo a su alrededor, nos parecía estar viendo al típico vaquero del lejano Oeste, allí a dos palmos de nuestras narices, llegó a la puerta miró casi imperceptible a uno y otro lado de la calle, tal como lo hacían los pistoleros en las películas, tuvimos la sensación de escuchar la música de suspenso antes del tiroteo acostumbrado en el cine de Juancho. Salió. No pasó nada y de nuestros comprimidos pechos escapó un ¡uuff! Aún no sé si fue de alivio o decepción.

Desató el caballo, un alazán de crin corta, piel brillante, bien cuidado y buena alzada. Saltó sobre este no sin antes ajustarse los zamarros y su pistola calibre 45, al cinto. Rozó con sus espuelas ligeramente los ijares de la bestia y emprendió un trote suave golpeando con sus herraduras rítmicas y acompasadas la calzada, buscando la salida del poblado. Lo vimos perderse en la convexidad de la esquina y nosotros sin dar crédito aún, seguimos con la mirada hasta el punto por donde había desaparecido el héroe que por un momento nos hizo olvidar nuestros juegos infantiles.

Al otro lado de la acera, un grupo de curiosos adultos, atraídos también por la presencia del cabalgante y legendario caballero, iniciaron la tertulia pueblerina referente a las fantásticas acciones de José El Duro.

–El año pasado, para las fiestas de la Candelaria, pasó por aquí más temprano que ahora, Iba en su caballo negro azabache —narra un hombre de contextura mediana, de hablar tosco, pero de fluido discurso, gruesos labios, pelo apretado, propio del hombre de raza negra.

Mientras continuaba con el relato, nosotros nos fuimos acercando cautelosos evitando ser notados para que no nos espantaran de la reunión con la concebida sentencia: “Los niños no pueden oír eso, ¡váyanse a jugar!”.

—Al ratico pasó un grupo de soldados a caballo persiguiéndolo, enseguida se oyeron unos disparos de fusil, José El Duro, espoleó su caballo y contestó el ataque y llegando a la Ceiba de la Acequia de Cobo, levantó un “polvorín” con su caballo y desapareció; los saldados desorientados lo buscaron por todas partes, sin embargo, continuaron hasta el Hornito a todo galope pero ni polvo de él, y decidieron regresar.

Alguien de los asistentes interrumpió al hombre para preguntarle:

— ¿Y por qué lo persigue la tropa?

—Porque ese man es un “verraco” y los “perratea” cada vez que le da su gana pasándoles el contrabando por las narices o aplicando la justicia por su cuenta. José El Duro es quien maneja el contrabando de toda la península de La Guajira y provee de mercancía a los pueblos del Cesar.

—Pero eso no interesa ahora, sigue contando lo que pasó después de haber desaparecido en el Ceibote —orillándolo a retomar la historia.

 

—Ese mismo día —siguió el narrador —, se presentó en chorreras un remolino en la plaza alrededor de la cruz que está allí enterrada, se oía un tropel de caballos al galope. La gente se fue asomando, tímida, cautelosamente. El silencio fue colmando la plaza, la polvareda fue extinguiéndose y entonces de entre la densa nube de polvo surgió el caballo alazán cargando sobre su lomo al intrépido José El Duro. Ya para entonces la plaza estaba atiborrada de gente y él, sabiéndose el centro de todas las miradas, dirigió sus pasos a casa de su compadre Nicudemo, quien lo  recibió como siempre, orgulloso de ser visitado por tan célebre personaje. Departieron una cerveza, se contaron mutuamente sus andanzas y cuando el sol comenzó a declinar se estrecharon en un abrazo de despedida y José El Duro volvió a cabalgar a su alazán, dejando atrás aquel pueblito ribereño de calles cortas y desaliñadas, de historia incierta y edad indefinida, en donde según cuentan se libró una de las más cruentas batallas de los españoles con las tropas libertadoras. Con el sol de frente, sofocante y enceguecedor cabalgaba el cansado alazán en el polvoriento, duro y calichoso suelo. Bajando al arroyo de «La boca de la rosa», José El Duro escuchó el trepidar del hierro contra las rocas y el rugir de un motor de muchos caballos de fuerza. Apuró el paso y se encontró de pronto a la potente máquina «embistiendo» de frente a la mole de piedra, como si se tratase de un toro enfrentado en franca lid con su torero. Sonrió torcido y su ojo izquierdo, apenas abierto unas milésimas, era una paradoja ante el ojo derecho que parecía desorbitadamente abierto, más seguro que motivado por la idea que acababa de cruzar por su cabeza.

— ¡Hey, amigo! ¿Qué está haciendo? —gritó José.

El hombre no escuchó y continuó con su faena, entonces sonaron dos disparos que retumbaron en la montaña y haciendo eco en el cerro produjeron un aullido espeluznante. El buldózer aplacó su run-run y el jadeo de su máquina pesada, lo que permitió escuchar la voz del conductor.

— ¿Qué pasa señor? Preguntó el maquinista.

— ¿Qué está haciendo?

—Ya ve usted, arreglando el camino.

—Pues yo necesito de ese aparato para abrir más vías allá arriba así que prenda y dele, que yo lo sigo y voy indicando lo que hay que hacer.

 

El buldocero comenzó a explicarle que eso no se podía, pero José El Duro se identificó y entonces, el hombre sabiendo de quién se trataba no objetó y emprendió la marcha. Seis meses duró el secuestro. Durante todo ese tiempo, José construyó cuanto camino creyó necesario; la hazaña se extendió por toda la región y cuando las autoridades se enteraron de lo sucedido, trataron de llegar hasta él, no lo lograron, porque fueron tantos los caminos construidos que se perdían como en un laberinto y fue imposible ubicar su paradero.

Solo José El Duro conocía la madeja de sus caminos, por eso los contrabandistas de Valledupar hicieron alianza con él para transportar clandestinamente mercancías provenientes de Maicao y café desde el Cesar a la Guajira. Una flota de camiones salía periódicamente desde La Loma, cargados de este valioso grano; entraban a Valledupar y se encaletaban en las fincas de los Vergara, los Gneccos o los Gonzáles, para luego sacar la carga vía Hurtado, allí pasaba la caravana frente a la sirena que sin entender nada sonreía a los choferes que conducían apresurados la valiosa mercancía. Era una travesía que podía durar una jornada o varias, todo dependía de las circunstancias. A veces los “trances” con la ley no funcionaban según lo convenido. Los camiones tenían que estar en óptimas condiciones puesto que transitar por esos pueblos y veredas no era nada fácil. Pasaban por los Corazones, Río Seco, Patillal y salían a Curazao en la Junta; cruzaban el arroyo y emprendían por la vía que conduce a Corral de Piedra y de allí a Zambrano, luego por una estrecha y complicada trocha salían al Hornito, pasaban por Distracción y enrumbaban hacia pulgar para después «reventar» al puente Guajiro y carretera a carretera llegar a Barrancas, Cuestecitas, Carraipía y finalmente a Maicao, de donde se emprendía el camino de regreso; hacían el mismo recorrido hacia Valledupar, pero cargados con electrodomésticos fabricados en Japón, Taiwán, Filipinas o Corea.

José el Duro había esperado en Maicao los camiones con el valioso matute y decidió regresar con los artículos de contrabando rumbo a Valledupar y él mismo se brindó para ir de “mosca” a la vanguardia de la caravana.

 

El Willis donde viajaba, avanzaba unos sesenta kilómetros por hora, pues el camino no daba para más velocidad; de pronto el conductor aplicó los frenos y la inercia por poco hace que José golpeara con su frente la guantera del Jeep.

 

— ¡La guardia! —gritó el conductor. —Y no tenemos tiempo para avisarle a los camiones.

—Tranquilo, hay que negociar con ellos —dijo José.

—Hola José EI Duro —dijo el jefe de los guardas. —Por fin se cumplieron mis deseos de tenerte frente a mí.

 

Por el tono con que lo dijo, José El Duro, se dio cuenta que aquel representante de la ley era uno de esos bravucones que deseaba enfrentarlo para ganar fama y respeto a costa suya. El corazón inició su acostumbrado palpitar desaforado, la sangre se calentó en sus venas, sus músculos se tensionaron y su ojo izquierdo comenzó a empequeñecerse presagiando la inminente balacera.

— ¿Se quedó sin lengua? —preguntó el jefe.

—No señor, aquí la tengo en la boca, yo solo la uso para lo indispensable porque tanto hablar desgasta las ideas y los hombres como usted y yo necesitamos las ideas bien claras para llegar a rápidos acuerdos.

Los camiones habían ido llegando uno a uno. Los hombres de José sigilosamente fueron preparando sus armas porque él estaba dándole vueltas a una brizna de paja de a india, señal inequívoca que iba a haber batalla.

—Yo no negocio con contrabandistas y esos camiones hasta aquí llegan.

—Pues de malas jefe porque yo paso estos camiones así sea por encima de su cadáver.

Dicho esto, las armas volaron buscando las manos de sus portadores y de uno y otro lado las balas hablaban el lenguaje de la muerte. José y el jefe de los guardias se disparaban de frente, de pronto este desorbitó los ojos y echó a correr monte a monte; sus hombres hicieron lo mismo. Heridos y sangrantes abandonaron a refriega y hasta cuando ya pudieron hablar, todos coincidieron en que habían visto a José El Duro transformarse en diablo. Llegaron jadeantes a Cuestecitas y allí por telégrafo el jefe se comunicó con la policía de Barrancas. José había encaletado la mercancía en la finca La Cruz y los camiones salieron uno a uno vacíos. Ya vendrían por la carga cuando  “bajara la marea”’.  El jeep también quedó encaletado y José viajaba solo en la carrocería de uno de los camiones.

 

A la altura de Puente Negro, en Hatonuevo, encontraron un retén militar, le hicieron alto al camión y pidieron una requisa.

—Hasta aquí llegamos —le dijo el chofer a su ayudante. —Van a descubrir a José es ya.

 

Los soldados subieron al camión y para sorpresa del chofer solo encontraron un gajo de guineo manzano. Los soldados hambrientos, como siempre, comieron allí mismo y se metieron al bolsillo otros tantos y bajaron. El camión siguió al no encontrar nada anormal.  Allí dentro quedó el vástago de guineo. Llegando a Fonseca los muchachos oyeron desde la carrocería a José que les gritaba:

—Paren en un almacén y cómprenme ropa que estos hijos de puta me dejaron en pelotas.

Los que escuchaban al narrador soltaron la carcajada y fueron desintegrando la reunión. Y ahora que lo recuerdo, ese mismo día que contaba sus historias este narrador tal vez no supo que José el Duro al llegar al  Carreto, el pueblo donde vivía, encontró la noticia de la muerte de su hermano Antonio, su mano derecha en los negocios; en una balacera defendiendo una de sus caletas, un compañero en el cruce de balas lo había matado sin proponérselo.

— ¿Quién lo hizo? —preguntó llorando.

— Fue el Conejo patrón, pero sin culpa.

—Con o sin culpa, la cabeza del Conejo me la como yo con o sin coco.

Desde ese día El Duro, no tuvo más oficio que buscar al Conejo por montes y veredas, por pueblos y caseríos; parecía como si la vida se le hubiera ido con la de su hermano. Abandonó los negocios, descuidó la finca, se cayó su imperio y hasta dijeron que perdió sus poderes porque dizque era Antonio quien lo protegía, porque era el que verdaderamente sabía los secretos.

 

Varios años llevaba en la incansable búsqueda cuando un día le dijeron que el Conejo había sido internado gravemente enfermo en el hospital Nuestra Señora de los Remedios de Riohacha, que tal vez no se salvaba. José estuvo pendiente y cuando se enteró que al Conejo lo dejaban ir para que muriera en su casa, fue a esperarlo a la salida del hospital. Lo vio venir hacia él. Ya era un cadáver, la piel pegada a los huesos; parecía desecado, sus ojos vidriosos. Ya no caminaba, arrastraba los pies como si fueran de plomo. Vio a José esperándolo y sus ojos tuvieron un destello de alegría, de gratitud; sabía que aquel hombre por fin iba a poder cumplir con su venganza y él podría entonces descansar en paz. Un disparo, uno solo, la bala había matado a un cadáver. Aquellas dos muertes también habían matado a José. Se volvió huraño, taciturno. Se le oía decir con frecuencia:

—Me van a matar muy pronto y va a ser un «pelao».

 

Y aquel día, no recuerdo de qué mes, José llegó a la farmacia del doctor Marengo en San Juan a comprar unas medicinas auto recetadas y cuando el médico iba por el pedido, entró un joven de unos dieciocho años y disparó en varias ocasiones a José El Duro, quien por primera vez era herido. Allí murió la creencia de que no le “entraba el plomo”. Allí murió el hombre y nació la leyenda, pero aún hoy lo sigo recordando como a uno de “los héroes de mi infancia”.

 

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2 comentarios en «José El Duro»

  1. Maestro Camargo, me mantuvo cautiva la historia de El Duro, ¡qué gran pillo y sinvergüenza resultó ser! ¿Y cuándo contará algunas aventuras con las muchas mujeres que se derretían por él? Me gustaría. Quedo pendiente de sus próximas publicaciones.
    ¡Felicitaciones!
    Saludos desde México. 🇲🇽

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