ABOGADOS EN APRIETOS

Mi versión de una historia que me contaron, pero no conozco su dueño.

Joel Peñuela

El caso no revestía gran dificultad para el juez, los miembros del jurado y los dos abogados.  A todas luces era previsible que el caso terminaría con la absolución del acusado, pero debían darle trámite al proceso para cumplir con los requerimientos del aparato legal.

Para los testigos y el acusado que serían llamados al estrado, así como para los asistentes, el tener que comparecer en este juicio público era una oportunidad para salir del aburrimiento cotidiano de Matachangua, un pequeño pueblo incrustado en los Andes Bolivianos a cientos de kilómetros de distancia de la capital.

Después de la presentación del juez y demás intervinientes, el llamado al orden y las recomendaciones de rigor, el fiscal presentó a doña Amelia su primera testigo: Una mujer octogenaria de andar lento que rápidamente sacudió su brazo para impedir que el guarda la ayudara a subir al estrado, después de fusilarlo con una mirada de disgusto y arquear ambas cejas.

—¡Yo sola me puedo! —le dijo por encima de sus lentes gruesos—, mejor hágase a un lado, ¡y no estorbe!

No pocas risitas se escucharon por toda la sala, hasta el mismo juez agachó su cabeza en un acto de decoro. 

Después que le tomaran el juramento a la testigo, el fiscal comenzó su alegato.

—Señora Saavedra, ¿sabe usted quién soy?

—¡Por supuesto! —respondió la testigo; hizo una corta pausa, se acomodó en la silla y prosiguió—: sí, ¡claro que lo conozco, doctor Ochoa! Lo conozco desde que usted era un niño y francamente le digo que resultó ser una gran decepción para sus padres. Siempre miente, cree saber de todo, es muy prepotente, abusivo, engaña a su esposa y lo peor de todo: Manipula a las personas.

Doña Amelia hizo otra pausa, tomó aire y continuó:

—Además, usted se cree el mejor de todos cuando en realidad no es nadie —doña Amelia hizo una tercera pausa, clavó sus negros ojos en Ochoa y concluyó—: Claro está que sé quién es usted, ¡sí que lo sé!

Ochoa miró a todos lados, agachó la cabeza, se aclaró la garganta, miró su reloj, luego de sacar su pañuelo y secarse la frente de un sudor inexistente, levantó los ojos y sin saber exactamente por qué, apuntando hacia donde estaba el acusado con su abogado, le preguntó a la testigo:

—¿Conoce usted al abogado defensor?

—Por supuesto —dijo la testigo mirando directamente hacia donde estaba Loaiza.

Mientras doña Amelia tomaba aire de nuevo, toda la sala hizo un silencio de muerte.

—También conozco al doctor Loaiza desde que era un niño. Es flojo, medio marica y tiene un problema con la bebida, no puede tener una relación normal con nadie y es el peor procurador del Estado, sin mencionar que engañó a su esposa con tres mujerzuelas distintas, ¡una de ellas era la esposa suya! ¿Lo recuerda? —sin inmutarse siquiera, hizo una corta pausa y continuó—:  claro que lo conozco, su mamá tampoco está orgullosa de él.

Loaiza apretó los dientes y agachó la cabeza. El Juez miró a la anciana del estrado, pero ella ya lo estaba mirando fijo y movía la cabeza como si afirmara algo.

—¡Vengan ahora mismo los dos abogados! —Resopló el juez imperativo.

El juez se inclinó hacia los dos abogados como si fuera a decirles algún secreto.

—Si alguno de ustedes dos, par de imbéciles, le pregunta a esta vieja que si me conoce, yo mismo lo dejo sin bolas, cuando salgamos de este recinto.

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2 comentarios en «Abogados en aprietos»

  1. Una historia jocosa, contada de manera escueta. Es la base para un relato literario donde el autor aproveche los matices, los claroscuros que ofrece la situación planteada para desplegar figuras literarias que ahonden más en el perfil de los personajes.
    Saludos al autor.

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