VÍCTOR CAICEDO

Adalberto Camargo

Le dije: ¿Me esperas?

Me dijo: Te espero.

Y no hablamos más ni una palabra.

Que los hombres machos pelean, no hablan.

Eduardo Murrotti

 

Cuenta ahora con ochenta y tres años y su andar es pausado, sus músculos a pesar de poder todavía dominar el peso de un hacha de doce libras, ya no tiene la firmeza de sus años mozos. Víctor Caicedo es un hombre bajito de estatura, moreno y de buen grueso, sin llegar a ser gordo. Cuando niño vivió en la Múcura, una vereda cerca de Caracolí. Allí se levantó al lado de su padre José Agustín (Tin) Marulanda. Desde muy joven fue bronquinoso, astuto y muy hábil para las peleas cuerpo a cuerpo, sobre todo cuando se embriagaba.

Aprendió a pelear a las trompadas como un profesional y montaba acaballo como lo haría cualquier vaquero del legendario Oeste. Osado e intrépido desde la infancia, vencía en cualquier juego a cuanto pelao se le pusiera al frente.

Víctor Caicedo perdió casi por completo su apellido siendo todavía un adolescente, aquel día en que su hermana Rosarito le propinara un paletazo en la nariz por atreverse a meter la mano en el caldero de dulce que ella cocinaba en el fogón del patio. Desde entonces todo el mundo lo llamó Víctor “El Ñato”. El apelativo en vez de molestarlo, más bien le agradó porque la nariz aplastada le daba un aspecto de hombre cruel y todopoderoso.

En la Múcura un Arwaco le había enseñado oraciones de magia negra y le había incrustado en la mano derecha una “Piedra de Ara”. Quién poseía esta piedra, no podría bañarse en aguas profundas porque perecería ahogado, ni golpear con toda su potencia a un rival en una contienda, porque era hombre muerto.

A Víctor le tocó por suerte vivir por aquellos tiempos en que la palabra y el honor del hombre valían más que el “doy fe” del Notario Manuel Esteban. El hombre era un caballero hasta en un compromiso de pelea. Se llegaba puntual a la cita, jamás se golpeaba al contendor mientras estuviera en el suelo, ni se mataba a un hombre desarmado y mucho menos por la espalda.

Las fiestas no eran tan frecuentes, solo existían las patronales, de carnavales y navidad. Las demás eran parrandas de fines de semana.

A una fiesta de carnaval organizada por Laura Cataño, Víctor llegó con un “temple mariposo” gritando:

—¡Mujeres esconda sus hijas quel “Toro Caicedo” está en la calle! ¡Ni tengo ni necesito y cuando necesito tengo!

Los que estaban acostumbrados a verlo y oír con sus gritos y refranes hacían caso omiso a sus adagios, pero un paisano de eso que se van para Venezuela tanto tiempo y al regresar ya no conocen al que queda, se molestó y le preguntó:

—Oiga amigo, ¿qué tanto jode usted con su cantaleteo?

—Yo no jodo con mi cantaleteo, yo jodo con mis puños —le contestó Víctor al tiempo que le lanzaba el primer golpe y se armó.

Los dos hombres iban y venían, de un lado para otro tumbando a su paso mesas y botellas. Las mujeres gritaban y corrían hacia la puerta buscando espacio más abiertos. En la calle alguien quitaba ¡Policía! ¡Policía! Llegaron los uniformados repartieron bolillazos a uno y a otro combatiente hasta llegar a someter primero a Víctor, a quien amarraron con los brazos a la espalda, mientras hacían otro tanto con su contrincante. Cuando lograron someterlo, Víctor ya estaba suelto y volvió a embestir a su enemigo sin respetar la presencia de la policía.  Estos volvieron a luchar con él, lo ataron nuevamente y nadie sabe cómo se soltaba otra vez. De nada valió el “Nudo Moreno” ni el “Nudo de puerco”.  Siete veces lo amarraron y otras tantas se soltó. La última vez que lo hizo, ya no atacó a su contendor, corrió a la calle y se perdió entre las sombras de la noche.

Víctor tenía por costumbre refugiarse la Múcura, esperando que pasara el tiempo y en el pueblo fueran las memorias olvidando los sucesos pasados. Pero la fama de Víctor “El Ñato” había traspasado los límites de Distracción y en los versos de troveros y juglares habíase extendido su renombre hasta las sabanas de Bolívar; por eso no fue extraño para nadie el día que llegó al pueblo un negro sabanero, con su color de ébano, su nariz añatada, su pelo ensortijado y sus músculos titánicos, solicitando por el paradero de “un tal Víctor Caicedo”, con el cual se quería “tropezá”. El negro se posó en la pensión San Antonio de Paula Ortiz, esperando la llegada de su desconocido rival. A Víctor le mandaron varias razones, pero él no se presentaba y ya la gente empezaba a dudar de su valentía. El negro, que nunca quiso dar su nombre, se impacientaba y decía:

— Ese nato es un hablador de miedda —y enseñando su blanca dentadura a través de su torcida sonrisa agregaba—. Lo voy a mandá a dodmí de un solo guaramacazo; ¡jup carajo, ese es pan comío!

Aquel día amaneció distinto. El sol resaltó el horizonte mañanero y se alzó incendiando el valle, sembrando de calor insoportable las calles polvorientas. Una brisa constante y pertinaz agitaba tenue la arenilla en los andenes y la empujaba hacia los aposentos de las casas como ocultando la vergüenza de la cobarde actitud de Víctor, al rehuir al desafío del negro ébano.

Las doce en punto; la aguja larga ocultó a la corta y cuando empezó a mostrar su rostro, porque la aguja larga siguió moviéndose lentamente, en la entrada del pueblo apareció como una exhalación, un caballo negro azabache transportando en su lomo Víctor.

—¡Aquí estoy si no me han visto! —gritó mientras se apeaba frente a la casa de Lucila Oñate y pedía una cerveza bien helada que sin descansar, la dejó rodar por su garganta.

La llegada de Víctor se difundió rápidamente. Empezaron los preparativos del combate. El desafiante debía escoger el lugar y la hora para el duelo. El negro ébano prefirió la plaza a las seis de la tarde por ser “un lugar grande para que cupiera bastante gente y una hora ideal para que el Sol no estorbara la pelea”.

Antes de la hora señalada, el lugar estaba lleno. Llegó el negro, era la norma; después llegó el juez escogido por el corregidor que ordenaba:

—¡Quítese los zapatos y la camisa y abran rueda!

Víctor mira a su oponente a los ojos y sintió un ligero temblor de rodillas, aquel negro “era de respeto”. El juez dio la señal con su pañuelo blanco. Los primeros golpes pasaron sin causar daño en ninguno de los dos. El negro se movía como un profesional del ring, firteaba bien los golpes y su estilo era parecido a de Bernardo Caraballo. Víctor en cambio es un peleador callejero, sin estilo pero de pegada endemoniada. ¡Paruá!, se oyó el golpe y de pronto sin que nadie lo entendiera, Víctor estaba en el suelo; un puñetazo en la mandíbula lo mandó a la lona.

—¡Prepárate Ñato que aún no te he golpeado! —fanfarroneó el negro.

Alrededor de Víctor se fue formando un suave remolino y de sus ojos saltaron chispas de colores. Se paró de un salto y como emergido de las entrañas de la tierra se oía un rugir de toro embravecido. Era él, Víctor, que bufaba iracundo mientras con sus pies escarbaba el suelo enfurecido. “A este negro lo mandaron a joderme”, pensó.

Concentró todo su poder mental en su mano derecha y buscó de nuevo a su enemigo. Los dos hombres jadeaban agotados y el sudor les hacía brillar los cuerpos y entrecerrar los ojos.

Víctor soltó su derecha, certera, precisa, demoledora y “ras”, cruzó el espacio y fue a estrellarse en la frente de negro, este blanqueó los ojos, dobló las rodillas y se fue de espaldas, cayendo sumido en un sueño que le duró toda la noche. Se despertó a la mañana siguiente y nadie supo jamás cuál fue su fin.

Víctor subió a la Múcura en busca de un descanso que no fue posible, pues al llegar a Caracolí se encontró con un nuevo desafío. Gaudioso Melo, un antiguo amigo suyo apodado “Cauchito”, había anunciado por todo el pueblo que andaba buscando a Víctor Caicedo para matarlo, porque él “le había pedido macho a su mujer”.

Cauchito era un hombre temible por sus maldades. La gente lo respetaba porque sabían de su sangre fría y su instinto asesino; nadie podía olvidar las veces que lo vieron asesinar con alevosía y premeditación, sobre todo a un viejo inválido solo por el hecho de ser padre de un muchacho que supuestamente lo ofendió un día y que nunca tuvo el valor de darle la cara.

Al viejo Tin Marulanda padre, de Víctor, le fueron diciendo que le avisara a su hijo que Cauchito lo andaba buscando con una rula que él llamaba “la corta brazo” y que con ella le iba a cortar los brazos a Víctor Caicedo, a lo que contestó:

—Bueno, pésame el decirlo, pero se va a entender con hombre.

Tres semanas duró Víctor en la Múcura, porque el viejo Tin no lo dejaba bajar a Distracción para evitar el mortal encuentro entre su hijo y Cauchito.

Aquel día la rebeldía de sus treinta años pudo más que el respeto por su padre y Víctor increpó al viejo Tin:

—Papá, uno tiene su día marcado y nadie se muere en la víspera sino cuando le llega la hora, hoy me mata Cauchito o yo lo mató a él, porque voy pa’ Distracción.

Ante tal decisión el viejo Tin no tuvo otra salida que aceptar la determinación de su hijo, a pesar de las constantes razones enviadas por Cauchito diciéndole a todo el que subí a la Múcura, que estaba esperando a Víctor para matarlo.

Eran las nueve de la mañana cuando Víctor ensilló su caballo, tomó la rula y la ciñó a su cintura, montó y cabalgó decidido a lo que fuera. “Qué puede traer que no le lleve”, dijo al recibir la bendición de su padre.

A todo el que encontraba en el camino le preguntaba si era cierto que Cauchito lo esperaba, le respondían qué era falso; después supo que hacían para que se confiará, porque en el fondo querían que los dos hombres más temidos de la región se enfrentarán. Víctor llegó a Caracolí y guindó la mochila y la rula frente a un árbol de la plaza y fue a bañarse al río; cuando venía de regreso vio, a Cauchito abierto en cruz esperando, Víctor corrió por un atajo, pues no quería un encuentro sin testigos porque después decían que él había provocado el pleito.

Cuando llegó al sitio donde tenía su mochila y su machete, Cauchito le puso la mano en el hombro y le dijo:

—Epa Víctor, te estoy buscando hace tiempo.

—Pues ya me encontraste —dijo al tiempo que agarraba por la cacha su machete.

—Tú le pediste macho a mi mujer y el macho de ella soy yo.

—Yo no le pedido macho a ella, pero como tú prefieres creerle, yo lo único que digo es que el macho mío soy yo mismo.

—Eso está bien, entonces camina —y trató de pasarle la mano por la cintura a Víctor y este lo evitó diciéndole:

—A mí no me abracé que yo no soy su mujé.

Y no hablaron más ni una palabra. La gente los seguía en silencio, cada quién sumido en sus propios pensamientos, pero nadie hacía nada por evitar la sanguinaria batalla. Era demasiado tarde para intentarlo. Llegaron a un cerrito en las afueras pueblo y Víctor le mandó un machetazo con la intención de aturdirlo y no tener que matarlo, pero Cauchito lo esquivó y desenfundó “la corta brazo”. Se envistieron como dos gladiadores de la antigua Roma, los machetes se encontraron en su cortante vuelo y el impacto hizo volar palomitas chispeantes, obligando a los presentes a cerrar los ojos, heridas las retinas por las relampagueantes luces de las rulas en combate.

El filo del machete de Víctor se deslizó por un costado del arma de Cachito y llegó a la diestra obligándolo a soltar el arma. Lleno de ira y dolor, intentó quitarle a Víctor la rula y este la haló fuertemente deslizándola por la mano de su contrincante, que sintió el frío del acero recorrer su médula espinal, como un corrientazo helado; el machete bailaba la danza de muerte. De la mano de Cauchito caída tanta sangre que en pocos segundos bañó todo su cuerpo de rojo, dándole un aspecto fantasmal.

Víctor le asestó un duro golpe en la cabeza hígado y Cauchito dobló las rodillas, se llevó ambas manos al vientre y fue entonces cuando José Mendoza Urrutia gritó:

—¡Víctor suelta el machete! —él obedeció—. Bueno, ahora peleen a puño que son dos hombres.

Se enfrentaron a golpes, iban al suelo, se paraban y volvían a caer; la titánica lucha parecía no tener final hasta que Cauchito tomó una piedra y la lanzó a Víctor, este se agachó y evitó el golpe, se acercó a Cauchito propinándole un puñetazo con todas sus fuerzas en nariz y boca; Cauchito ya vencido le ordenó a Víctor:

—¡Mátame!

—No, no voy a matarte, pero espero que no vuelvas a meterte conmigo.

La humillación era la peor ofensa que se le hacía un hombre; Cauchito quedó herido y desde entonces no hacía sino pregonar que dónde se viera con Víctor no volviera a nacer más paja, a lo qué Víctor contestaba:

—Entonces no van a nacer.

El viejo Tin en vista de las circunstancias, le compró un revólver calibre 38 largo a su hijo para que se defendiera de Cauchito, ya que este también se había armado. Pero un día se presentó a Caracolí la Policía de Riohacha buscando a Cauchito y fue preso acusado por uno de sus tanto crímenes y una vez fuera de la cárcel, le mandó a Víctor un consejo con su señora Josefa Mejía, diciéndole que dejará esa vida de violencia porque la cárcel era muy dura, al poco tiempo se supo que había sido asesinado en el Abra, un pueblito cercano de Riohacha.

La fama de valiente y el carácter aventurero de Víctor no lo dejaban quieto, por eso fue contratado por Chente Rodríguez, quién había sido fueteado por Chayito Gutiérrez un riohachero guapetón que, siendo corregidor de Distracción, se ponía al pueblo de ruana cada vez que se embriagada. Decía que él le pegaba a cualquier hombre de la Distracción y le cogía a su mujer. Cuando Chente le contó a Víctor, este contestó:

—Entonces encontró la horma de su zapato porque no ha nacido todavía el hombre que fueté a Víctor Caicedo.

Víctor tenía ya un motivo para enfrentar a Chayito, porque lo unía a Chente una sólida amistad, para colmo, Antonio Justino, un rico hacendado del pueblo, lo contrató para que le ajustara las cuentas al atrevido riohachero quien intentaba despojarlo de sus tierras.

—Qué suerte tengo —dijo Víctor—, estoy como el músico, me pagan por lo que me gusta hacer.

La oportunidad se presentó. Aquella tarde Chayito gritaba en esquina de Icha Reyna:

—Hoy fueteo al más guapito.

—Eso es conmigo—gritó Víctor desde la esquina de Betico Daza.

Chayito lo embistió con el caballo y le tiró un riendazo, Víctor paró el golpe con su mano izquierda y desenfundó con la derecha, Chayito partió a galope y Víctor lo persiguió haciéndole disparó hasta cuando cruzó la esquina de la calle de Mariana y siguió a todo galope por la carretera rumbo a Fonseca. Después se supo que no paro hasta llegar a Riohacha con el caballo reventado.

La suerte no iba a estar siempre protegiendo a Víctor Caicedo y aquella tarde de octubre le dio la espalda cuando en el Reparo, cerca de Caracolí, Pepe Mendoza en medio de una discusión de borrachos, desenfundó primero su arma y le metió cuatro tiros en el abdomen. La gente huyó despavorida dejándolo allí herido y desangrándose. Nadie se atrevía a recoger a aquel hombre por temor a Tim Marulanda, no fuera este a culpar de su muerte a quién lo recogiera. Allí pasó toda la noche bajo un torrencial aguacero hasta el día siguiente cuando llegó la noticia a Distracción, Adel Caicedo, su hermano, subió a buscarlo con un grupo de personas en un carro; pero Víctor lo habían ido a recoger unos familiares que también se enteraron tarde. El río no dio pase por las vías de Chorreras, entonces tuvieron que dar la vuelta por San Juan. Llegaron al hospital y de inmediato lo trasladaron Valledupar, donde Adel después de oír el dictamen médico, ordenó que la operaran a ganar o perder. Luego de una intervención en los intestinos, Víctor volvió a la vida.

Su conducta cambió, se dedicó a su mujer y a sus hijos. Tiró al río todas sus oraciones y aprendió a curar la picadura de culebra, la picada de Pito y a exorcizar a los espíritus malignos. El Víctor de hoy no es ni sombras del ayer.

A los cuarenta y cuatro años, volvió a caer gravemente enfermo. Sus intestinos presentaron adherencia a consecuencia de la operación de ese entonces. Hoy cuenta con ochenta y tres años, con cincuenta centímetros menos de intestino, el vaso extirpado y estas páginas que lo inmortalizaron como a otro de “Los Héroes de mi infancia”.

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