MADAME

Diego Fernando Gutiérrez

Acariciando el picaporte, pensando en la ruta que destinó el ombligo del tiempo, ansiar el ocio de alguna luz de la mañana; ver llegar la hora estipulada, darle juicio y descalabro, hasta que por fin girar el picaporte. Fue un día gris que hizo una locura avasallarme el corazón. Cuando alguien tiene cuentas pendientes, bien puede consagrarse un asesino. Ese impulso de Raskólnikov que hizo hervir y crispar el lóbulo frontal, puede saber que el dolor es compartido y llega la resignación: la culpa. Y este es un caso en que ser un asesino es el sueño justo para los desesperados y para quiénes no sostienen una exigua muestra de expectativa. Allí estaba yo, dejándome llevar por la suspensiva sombra del zaguán, estructurando la leve muerte: una visita inesperada, el diálogo, la tranquilidad y un estilete bien envainado; eso me llevaría a un adiós inconsciente. Conozcan el final del último día de las voces de desamparo. Sí, que se precipiten todos los sistemas del cuerpo, alguno de ellos en cuyo caso, debe servir para dilatar la angustia. Aún baila la zozobra y nada de dinero, ese miedo de invocar a la mujer por quién se incoa este relato, pues tengo toda la obligación de confesar que no es para nada fácil esta amarga tarea. Mientras dejaba mi hogar, pensaba que después del acto, vida no he de tener, joven he de morir y tristeza en mi alma ha de sobrar. Déjenme recordarles que trecho por trecho se consolida una terrible y justificable experiencia, de vivir y contarla. Después de lo ocurrido, quizá en cenizas quedaron hechas las palabras, cenizas para luego verme sobre el papel en busca de ellas en lo más simplificado posible. Hecho bien el trabajo, de ser cómplice de sus gritos, testigo de la penetración en su abdomen y autor de expulsar toda su sangre demasiado merlot. Por consiguiente y sin más motivos, salí de su casa, creo algo sobresaltado, caminé tanto que acabé sobre el pedazo de codo que forma el único puente de esta ciudad. ¡Por Dios, qué había terminado de hacer! El dolor me ganó, cosa que brotaron sin ninguna resistencia mis vastas lágrimas, sólidas, descendían con un peso muy craso. Los días pasaron y había mucho por escribir, una carta, que redacte justo al frente de su tumba en una tarde sirimiri decía lo siguiente:

Madame, puedo anunciarte justo en este instante, para sentir tu aroma, ese intangible cuerpo que solo pasea su aroma. El cementerio ya abrió y tengo en mis evocaciones la contrita despedida. Sabes que me estalla el huracán que llevo en mis arterias, cuando sé, a doble lupa, que ya jamás los espejos juzgaran tu cuerpo. Y moriré bajo la lluvia de esta tarde cuando haga de las tétricas canciones un lugar oscuro para fluctuar, caer y destrozar los espejos que con tanta precisión delimitaban tu piel. Así dejaré que el diluvio me sumerja en sus peores infiernos, en los inhóspitos lugares donde tu alma no me lleve el cielo y no me recuerde ni una sola y bastarda imagen de tu abdomen, ensopado en sangre, donde una noche querías que extraiga los suculentos dolores. Me duele porque la tumba puede morbosearte entera y cubrirte, así como mi flácido lecho nunca te colmo en tus frenéticos deseos.

¡Cómo cae la lluvia en esta tarde!, ¡cómo se va la vida en esta agua dulce que deteriora mi cara! Y quizá, si la vida se alarga, a grandes rasgos, pronto me cederán la vejez, pronto tendré que ver el sol aparecer; pronto será mucho y nada, abrir y cerrar los ojos, cruzar la esquina, despertar con el pecado del tiempo en la espalda, y moriré, moriré y tendré el anhelo de ver tus párpados añejados a los míos, te veré con la belleza de la juventud toda inherente, que nunca, ni por el hambre de los gusanos, la podrán derretir.

Ya del otro lado, ver que la memoria recicla desechos ínfimos, vamos en retroceso, martirizándonos del vapuleo endógeno que consumen las faltas del otro, eso que tantas veces uno quiere colonizar territorios que no tenemos ni el mínimo derecho de poner un pie; unos labios, puertas prohibidas para cruzar, el umbral nos repudia toda vista de nuestra presencia. Ahí cuando se sumerge de un amor fragmentado, la cosa es trágica, si bien la madurez no está dada a este recurso, porque aquí es el amor una coartada para después el reproche y la potestad, no más que una avenencia que otra cosa. El amor, esa aberración o ilusión de la existencia, le es concedida a la avidez del niño, nada importa como puede verse uno en el cortejo, no importa que tan zarrapastroso puedan estar los trapos viejos, los pantaloncillos cortos y remendados, llenos de barro, junto con las manos revestidas de la tierra exultante en la que juega el niño. Los niños como crean y creen el amor a tan pocos suministros, sin dotes, ni nada a que sepan qué futuro tener, ni a que clase corresponder.

Así me sentí en esos días posteriores a cuando mis manos ultimaron, accidentalmente, a la Madame. Les advierto que mi obsesión hizo emerger de mí, la monstruosidad con la que pocos seres han actuado; recuerdo el Corazón Delator de aquel que mató a su padre por la tentación de un ojo de buitre, toda muerte está justificada y la de ella no es la excepción, si la ame, si tanto la ame, ¿por qué mis manos se alteraron?, ¿por qué la psique tomó mis manos para tremenda atrocidad? Aun aconteciendo esa tarde de mezcolanza con la lluvia, me encontraba contándole mi luto a la escultura de todo el bordaje del obrero que representa una parte de este sur: “hombre justo”, le dije, “¿no puedes donarme un poco de tu fuerza?, llevo tiempo cargando la culpa que me designó la vida. Acabo de darle muerte. Nada significó tal vileza, que con ímpetu, me hace ahora estallar del arrepentimiento, ¡oh crueles sentidos!, por qué son susceptibles al dominio. Heroica imagen, inmortal ante los transeúntes, aquí me quedaré, alertando alrededor la putrefacción que circula prófugo por la ciudad, aquí me quedaré, recostado en tus pies, grata escultura, para recibir con calma las sirenas que condenen mi delito, mi delito de amar”. A los meses se hizo todo en mi contra, y hoy soy un desdichado prisionero, me la pasé en la única ventanilla de la celda, buscando en el cielo un pedacito de alas de la Madame, pero en una noche me di cuenta que no era posible, pues ya hace tiempo que me levanto en fuertes sollozos para suplicarle a su presencia onírica, que dejara de atormentarme, llevo años de no poder evitar el letargo y vivo allí mi eterna condena.

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1 comentario en «Madame»

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