EL BUEN ARTE DE PORTARSE BIEN

Alejandro Rutto

La primera vez que me hablaron de las ventajas de portarse bien, como Dios manda, debió ser en los primeros años de vida, en la Universidad Doméstica en la que mis padres se alternaban por temporadas el cargo de rector, decano, profesor de ética, coordinación de buen ejemplo y “comité de persuasión instantánea”. Después me lo recalcaron en el colegio y un poco más tarde en la iglesia.

A todos ellos les creí y aún hoy conservo esas enseñanzas como un preciado tesoro digno de ser compartido con los amigos, discípulos y miembros más jóvenes de la familia. Sigo fiel a la creencia, digo, aunque la realidad, dura y tozuda ha intentado convencerme de lo contrario. Sucede, por ejemplo cuando a ciertos seres humanos de conducta deleznable les va bien, y a algunos amigos, a quienes puedo considerar como maravillosas personas, les ocurren cosas malas.

Malín y Benín, dos curiosos personajes que habitan en los profundos rincones de mi conciencia, me invitan con frecuencia a un interesante y prolongado debate sobre lo bueno y lo malo de la vida. Benín es intransigente al recomendarme que haga siempre las cosas bien y toma mi mano con brusquedad cuando estoy a punto de decirle “me gusta” a alguna mala propuesta del enemigo. Malín, por su parte, odia a Benín, lo califica de mojigato, anticuado y mal consejero.

—No le hagas caso —me dice—. Los tiempos han cambiado. Mira el carro en que anda Fulano y la casa en que vive Mengano… ¿Cuándo vas  a tener cosas como ellos si no me prestas atención?

Benín es implacable, mal humorado, regañón e insistente. Malín es diplomático, zalamero, endulzador de oídos.

Yo, aburrido por sus discusiones los mando a callar y a desaparecer de mi presencia; pero termino haciendo lo que me dice Benín y nunca me he arrepentido de hacerlo. Me falta solo encontrar la fórmula para silenciar a Malín, pero creo que no será posible mientras viva entre los seres humanos.

Dejemos por ahora a estos personajes tranquilos y volvamos a nuestro diálogo inicial sobre el interesante arte de portarse bien.  Ahora voy a actuar como un escribidor para transcribir a ustedes lo que en la infancia me dictaban los maestros del colegio y los profesores de altos estudios morales que cursé en la famosa Universidad Doméstica de la que les hablé antes.

En primer lugar portarse bien da una enorme tranquilidad de conciencia. Uno puede caminar, ir, regresar tranquilo sin el temor de que la vocecita interior reclame nada. Es bien sabido que quienes incurren en una acción contraria a sus valores recibirá tarde o temprano la reprimenda de su propio interior. “si usted se porta bien, hijo mío, estará en paz con usted mismo”, alcanzo a leer en el viejo cuaderno de la memoria.

Al portarnos bien podremos mirar a nuestros hijos a los ojos sin ruborizarnos y sin temor a que en algún momento nos pregunten: “Padre, ¿qué hay de cierto en eso que dicen de ti”?   Una conciencia limpia nos librará de ese y otros momentos embarazosos.

Al portarnos bien tendremos, además, un buen sueño. Nada de despertarnos a media noche acosados por el grave remordimiento causado por el recuerdo de una mala acción o una omisión. La calidad del sueño no depende tanto de la cama, la almohada y el colchó, como de tener buenos y tranquilos pensamientos y vivir libre de remordimientos.

Al portarnos bien tenemos la tranquilidad de que no tenemos nada que ocultar y la seguridad de que no tenemos deudas con las leyes de Dios y mucho menos con las leyes de los hombres.

Cuando nos portamos bien tenemos autoridad moral para aconsejar a nuestros hijos, para aconsejar a nuestros amigos y para compartir con los discípulos.

Todo lo anterior me permite vivir con tranquilidad y encontrarle respuesta a la difícil pregunta: ¿Por qué a los malos les va mejor que a los buenos?

Cuando usted piense en eso, le aconsejo mirar las cosas en perspectiva de largo plazo, pues en la extensión del tiempo, cada quien cosecha de lo que siembra. Además, los malos también tienen derecho a arrepentirse, a escuchar la voz de Benín y no la de Malín.

Cuando eso suceda, podremos encontrar la mejor de todas las recompensas de portarse bien: saber que cuando llegue la hora de viajar hacia el país de la eternidad podremos presentarnos con alegría a la presencia del Creador.  

¿Cómo le parecen estas pequeñas ventajas derivadas del arte de portarse bien?

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2 comentarios en «El buen arte de portarse bien»

  1. Completamente de acuerdo con usted, escritor. Nada más valioso que lo que trae consigo obrar de buena voluntad y guiado por preceptos éticos.
    Le envío un abrazo enorme desde México.

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