MEMORIA DE NIÑOS

Javier Quiñonez Quiroz

—Busquen la burra y la ensillan —nos decían mi papá o mi mamá, a mis hermanos y a mí cuando el campo nos esperaba para trabajar o divertirnos.

Entonces empezábamos a recorrer las calles buscándola, porque en esos años el pueblo era el potrero de vacas, burros, caballos, cerdos, gallinas y cuanto animal doméstico se pudiera criar. Hasta que los equinos se convirtieron en materia prima para los salchichones que colgaban en las tiendas y que se comían con limón por diez o veinte pesos, o cuando llegaron los paramilitares que prohibieron los animales en las calles y de un disparo acababan con la vida de los cerdos y, nadie se atrevía a decir que era el dueño, porque tenía que pagar una multa, además de perder su querido animalito.

En aquellos ochentas para los meses de junio o diciembre, llegaban de la capital del departamento mis primos y mis primas a pasar unos días en el pueblo, se bajaban en la casa de mi abuela, había bullicio, juegos, regaños y mucha alegría en la vivienda. Una estera de majagua servía para descansar del calor del día y jugar en la sala grande, donde mi abuelo Peyaye se sentaba a un lado de la puerta con un bastón hecho de un palo torcido como la cruz que sale en el programa televisivo El minuto de Dios. Mi abuela en el patio veía hervir la sopa y secarse el arroz en el fogón de leña que había hecho bajo los palos de mango.

Mis primas Carito, Pao y mi primo Hattien habían llegado esa mañana con el fin de jugar en mi casa o ir a bañarnos en la quebrada el Palmar, recoger tamacas, guama e mico y comer las frutas silvestres que encontráramos en el camino. Carito en esos momentos era una niña que pintaba las tortugas ninja en la tierra, tenía el pelo corto, cara de niño y unos ojos grandes que parecían asombrados siempre. Le gustaba montarse en la burra así no tuviera la angarilla puesta; era arriesgada, aún lo es. Pao era gordita le gustaba la fiesta, reír y tenía cierto grado de niña rebelde, un poco seria, sin embargo, disfrutaba los paseos porque eran una experiencia de estar y ser libres.

Mi primo Hattien quien vivía en el pueblo, era el menor de todos nosotros, con él jugábamos a fútbol en las tardes de sol señero o de lluvias que refrescaban los días. De piel negra y cabello liso que heredó de su mamá Tránsito, nos escapábamos a bañarnos a alguna quebrada o a jugar sin permiso y luego el regaño o el castigo. Una tarde que salimos para donde mi abuela a llevarlo, nos pusimos a jugar lanzándonos piedrecitas y pepas de almendro. No sé si yo o mi hermano Néstor fue el que lanzó una pepa de almendro que golpeó a mi primo en el párpado inferior causándole una herida y empezó a botar tanta sangre, que pensamos que le habíamos vaciado el ojo. Salimos corriendo llenos de miedo, mientras mi hermana Fanny, que también iba con nosotros, lo llevó hasta donde mi abuela. Al día siguiente bien temprano, cuando el sol empezaba a levantarse, mi abuela llegó a la casa y contó lo que habíamos hecho; como no sabíamos quién había sido el autor, a Néstor y a mí nos dieron un sobo con cáscara de ganado.

Volvamos a esa mañana cuando llegaron mis primas y mi primo; encontramos la burra cerca a la cancha de fútbol del barrio la Cruz. Realmente no la encontramos, la encontró Orlando, el tercer hijo de mi madre y el primero de mi padre. Por un lunar que tiene en la nariz, los compañeros del colegio lo apodaron frijolito. Él aparentaba ser menos alegre que nosotros, un poco serio, quizá por ser el mayor se le exigía que fuera ejemplo para los más pequeños. Llegó a la casa y empezamos la industria con nuestra burra gris, de orejas con pelos negros y buen andar hasta que se le daba por acostarse con la carga encima.

La ensillamos y ya apeados de lo que necesitábamos, cogimos camino, cruzando por el pueblo rumbo a la quebrada el Palmar. Ahuchábamos la jumento para que trotara mientras mi hermana y mis primas montada sobre el animal reían aferrándose fuerte para no dejarse caer y nosotros corriendo detrás. A veces la burra levantaba las patas traseras intentando patearnos.

Las sabanas de Curumaní en esos días de verano estaban amarillentas, las flores del higuerón caían lentamente con el viento sofocante. Sudados por el calor y el correr, paramos un momento en el cañito y nos echamos agua en la cara, vimos unos palos de guayabita sabanera que tenía frutos maduros, nos fuimos a cogerlos y comimos, nos habían dicho los mayores que si se comían demasiado podían producirnos diarrea, así que fuimos prudente en la ingesta de las guayabitas sabaneras.

Pronto llegamos a la quebrada y amarramos la burra donde podía comer mientras nosotros sumergidos en el agua jugando a ser felices y libres veíamos los árboles sobre nosotros, el canto de los pájaros se percibía en medio de nuestra risa. La gente pasaba y saludaba. Néstor era intrépido, le gustaba subirse a los árboles y bajar sus frutos, de pronto llegó con unas guamas e mico y nos dio a todos. Mis primas las comían con ganas, mi primo metido en el agua lanzaba las semillas al cielo. Las horas pasaron y el hambre dio el aviso de regresar.

Mojados con las chancletas en las manos empezamos el retorno, las niñas de nuevo montadas en la burra y los niños a pie, pateando todo lo que podían patear mientras hablaban cosas de niños. A la una de la tarde el infierno no era un mito, en el pueblo lo sentíamos en la piel al caminar por las calles hasta llegar a la casa. En ella estaba mi madre, una mujer de piel morena, cabellos cortos y una mirada de otros mundos. Nos tenía el almuerzo, sopa de pata con arroz y jugo de guayaba.

Los años pasaron, por lo menos eso dice el calendario, la quebrada ya tiene poca agua, los animales domésticos poco se ven por las calles. Mis primas Carito y Pao siguen yendo al pueblo ya sin la magia de la infancia, mi primo Hattien es ahora concejal aunque probó ser futbolista primero, mis hermanos trabajan y tienen hijos, mientras yo hago lo único que sé hacer: jugarle una broma al olvido. Por eso escribo para no morir y que los míos tampoco mueran.

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3 comentarios en «Memoria de niños»

  1. Javier, después de leerte, es una obligación decirte que tus letras me han tomado cautivo y no dudo en afirmar que leeré todo lo que rubriques con tu firma. Excelente, de verdad. Yo soy de Pailitas, vecinos, por cierto.

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