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DELIRIO

Limedis Castillo

La señora Magali tendría unos cincuenta años de edad. Era una hembra casi perfecta, pensaba yo entonces. Lo que más me perturbaba de ella era la piel, de un blanco casi alucinante, como la piel de las libanesas que antes venían de la ciudad del contrabando a bañarse en el mar. Alguna vez, un poco en secreto, oí decir que era diabética.  Poca atención me mereció aquello, frente al cuerpo que en la blancura se moldeaba. Lástima la juventud y la timidez de aquellos días; no fui capaz de insinuarle siquiera las emociones que en mí se despertaban.  A otros compañeros les ocurría igual, pero yo fui el último en llegar a su pensión y el primero en irme de allí.  Reconozco que soy tímido, todavía, y casi no hablo. Por eso me gusta la literatura y por eso me he perdido de cosas maravillosas. Pero he podido escribir, para que regresen.

Llegaba a la pensión al anochecer. Todo el día en la Universidad, hablando de teoría del lenguaje, introducción a la hermenéutica, gramática del discurso y, la más temible, introducción a los géneros literarios con el profesor Lisímaco Valverde, me extenuaban. Aquella asignatura era de lo peor, pues el profe Lisímaco parece que había estudiado en una universidad estatal y se creía poeta; sexagenario desaliñado, obeso y con ínfulas de intelectual, padecía halitosis. Eso era lo que decían las muchachas del segundo semestre.

Yo comía lo que ofrecían en la pensión que, por lo general, era comida para diabéticos; día tras día, pasta con vegetales, tortillas con atún y cebolla, ensalada con pollo. Me bañaba, veía el noticiero y a dormir. Los fines de semana me iba al Canadá Drink, un café donde me reunía con amigos a los que, por aquella época, les interesaba la poesía y las prostitutas, y volvía el domingo bien entrada la noche. Escasamente podía ver a la señora Magali.

Habiendo trascurrido mis primeros tres meses, largos, ya estábamos casi terminado semestre, un miércoles, estaba en clase con el profesor Ortega y me sobrevino una fiebre súbita, de seguro era un resfriado, y tuve que ir al dispensario, con la quijada tiritando y los brazos paralizados; me aconsejaron que mejor me fuera a casa.

Primera vez en tres meses que volvía a casa a esa hora. Eran las nueve de la mañana. Transpiraba a chorros y dejaba la estela de humedad a mi paso. Doña Magali estaba íngrima; su hija en el colegio y los pensionados todos en la universidad. Me abrió la puerta. Me sonrió. Muchacho, ¿qué tienes?, me dijo.  Me puso la mano en la frente e identificó la fiebre que me abrasaba.  Me llevó a mi habitación como un desvalido, me quitó los zapatos y los calcetines y me ordenó quedarme quito en un tono vehemente. Sé lo que tienes y tengo la cura para eso. Al rato, volvió con una infusión de panela, limón y jengibre, y una pastilla que no atiné a saber de qué era, pero tenía la forma de un triángulo verde.

Me la tomé confiado y, en instantes, desapareció la fiebre. Magali se quedó allí; me miraba, a ratos palpaba mi frente o me tomaba las manos. La mirada de ella era escrutadora y me ponía como en el vacío. Todavía no hemos terminado el tratamiento, afirmó, y fue a algún lugar no dijo a qué; al rato volvió, se sentó a mi lado en la cama y empezó a hablarme de su vida.

Su marido es propietario y chofer de un bus de turismo, que viajando para el interior del país. Casi ni viene a visitarle. Ahora, hace dos años que no viene y ella se siente sola. (Me hacía pensar en Greta, en ese noviazgo casi inexistente).

Magali se levantó de la cama, dio un giro sobre sus pies y exhaló todo su aroma sobre mi agitada respiración, al tiempo que me preguntaba: ¿será que estoy muy vieja o muy fea?, ¿tú qué dices? Pero fue, más bien, una pregunta retórica. Antes que me atreviera a decir algo, por suerte, fue a su habitación y de allí trajo un álbum para enseñármelo. Había fotografías de ella en vestido de baño en la playa, en el paseo del río. Me mostraba y en su rostro iba creciendo una risita de adolescente que, a veces, dejaba caer sobre mi convalecencia. ¡Necesito un hombre!, me susurró enérgica. ¡Estoy viva! Yo caí en una especie de pánico ante su confesión. Aquellas palabras me petrificaron.

Se quedó mirándome. Sus labios y los míos casi se rosaban; aliento de canela y fuego aromaba la habitación. De súbito, la fiebre volvió por mí. Todo era confuso. Tú nunca me dices nada, eres indiferente; los otros, hasta me asedian.

Metió la mano en mi camisa y me acarició el pecho. Yo con mis diecisiete años, me puse rígido, estupefacto; siempre la deseé, pero no esperaba que las cosas se dieran, y menos así. Estaba erecto, lo confieso. Creo que fue la pastilla. Ella buscó abajo. Algo duro y movedizo la devolvió a su ser y plenitud. Me desvestía con maestría, sin afán. Yo era ya un incendio. Ella se reía de ver mi gesto de incrédulo.

Llevaba siete meses en la pensión sin pagar arriendo. La fiebre no cedía. La señora Magali ha sido una arrendataria condescendiente, entendía yo en los momentos en que la fiebre de aquellos días me daba una tregua y me permitía ir al tedio de la universidad. Yo la veía tierna, afectuosa, deseada. Una noche, la fiebre me la trajo más erótica y más animada, brincaba como una adolescente, eran unos saltitos de venado que no olvidaría ningún hombre que la viera en ese trance. Me quitó la ropa, yo no dije ni mu. Se puso encima de mis diecisiete años y me sentí crujir. Le vi los ojos dilatados, desorbitados, casi azules. Sentí que ella era feliz por esos ojos de huérfana, por esas envestidas de su cuerpo, dispuesto a la muerte. Balbuceaba, me ofrecía una pastilla con forma de triángulo verde y algo decía de siete meses de arriendo o creo que eso entendí; ahora el recuerdo es más vago.

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7 comentarios en «Delirio»

  1. Me ha encantado tu cuento por múltiples razones que voy a compartir.

    El título no puede ser más acertado. Has esculpido de modo magistral no solo el delirio juvenil sino el otro que es muchas veces invisible, el maduro. La diferencia entre ambos la has clavado, la valentía de dar o no el paso. Me ha encantado la observación de “una hembra CASI perfecta”, desde luego si se sufre de delirios así uno está propenso a buscar defectos para curarse de la locura, como la mención pueril de la diabetes; y lo de “pensaba yo entonces”, que aclaras justo con el final, cuando ella alcanza esta perfección y se despoja del “casi”. El final “ahora el recuerdo es vago”, desmemoria que se ciñe solamente al recuerdo de las palabras te remata del todo, confirma la pasión desmedida vivida en aquellos instantes.

    El antagonismo entre la cotidianidad tediosa y la pasión secreta que vas desliendo lentamente hasta acabar fundiendo del todo en el punto álgido de “Me puso la mano en la frente e identificó la fiebre que me abrasaba” es estremecedor. Las palabras de ella con su doble sentido, una delicia. La pastilla de triángulo verde a mí me ha hecho pensar en la infidelidad, es siempre un triángulo vicioso, verde esperanza para algunos de sus integrantes, y negro para otros.

    Dejas que el lector se empape de la pasión antes incluso de que haya tomado forma tangible: quijada tirizando, brazos paralizados, transpirar a chorros, estela de humedad…

    El contraste entre lo que se le exige a una mujer entradita en años para disfrutar de estos momentos de “intimidad compartida”( mantenerse bella y en forma, moverse con la elegancia necesaria, tener labia) en contraposición al profesor, hombre de conocimiento pero desde luego aburrido y dejado, el apunte de la halitosis y “eso era lo que decían las muchachas del segundo trimestre” deja claro que si no se cuida es porque no lo necesita. Tiene el poder del puesto que le permite tener las jovencitas que desee, entendemos por el poder del chantaje para aprobar o no la asignatura inaguantable. (Me he reído de la asignatura que impartía “Introducción a los géneros literarios” desde luego no creo que fuera muy bueno a la hora de poner en práctica unos cuantos géneros en la intimidad no “tan deseada” aunque sí compartida por necesidad.)

    Podría decir más pero lo dejo aquí.

    Un saludo cordial!

    Te seguiré leyendo!!

  2. Acercamiento sutil a la palabra que ruedas de esencia Caribe como es el calor, así se vea traducido en fiebre.. Descripción húmeda de mujer ardorosa que aunque la hagas ver como interiorana, se muestra caribeña… Enhorabuena, Expedicionario de la palabra

  3. Me gustó la técnica narrativa, retomas algo que ya tenía tu trabajo y que se disipaba, por momentos, en otros relatos. me pareció tedioso e innecesariamente alargado el fragmento de las signaturas vistas en la U. Aunque sí comparto con Veli la observación sobre el simbolismo del profesor y su halitosis. Saludos pa mi gente que te acompaña.

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